sábado, 17 de noviembre de 2012

Hacia los confines del mundo, de Harry Thompson

Hacia los confines del mundo es el insulso título con que algún preclaro editor ha decidido rebautizar en castellano esta única novela de Harry Thompson titulada This thing of darkness. Es un retítulo en la línea de Aterriza como puedas (Airplane!), La semilla del diablo (Rosemary's baby) o Dos tontos muy tontos (Dumb & Dumber), que manifiestan la sensibilidad artística de un coleccionista de discos de gasolinera. Más adelante explicaré lo que a mí me sugiere el verdadero título, una metáfora desafortunadamente lost in translation.

Todo el mundo conoce el Beagle, ese barco planero que partió de Barnet Pool, Devenport, el 27 de diciembre de 1831, en una misión de dos años cuyo cometido era cartografiar las costas de las Malvinas, Tierra de Fuego y Chile, y que regresó a Inglaterra cinco años más tarde tras haber dado la vuelta al mundo. Y la razón por la que todo el mundo lo conoce no es por los magníficos mapas que proporcionó al Almirantazgo inglés (mapas que se han estado usando hasta la llegada de la fotografía por satélite), sino porque a bordo de ese barco viajaba como naturalista un joven aspirante a clérigo llamado Charles Darwin, que a su regreso, y como consecuencia de ese viaje, se había transformado en el artífice intelectual de la teoría más revolucionaria que ha producido la ciencia.

De las posibilidades que este viaje ofrece como relato de aventuras ya fue consciente el propio Darwin, quien relató sus peripecias y sus pensamientos a lo largo de esos cinco años en su famoso Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo. De manera que cuando uno se hace con esta novela lo que inmediatamente piensa es que tiene en la mano una dramatización de la gran aventura de Darwin. Pues nada más lejos de la realidad. El relato es la historia del capitán del barco: Robert FitzRoy. Y con este golpe de efecto, de resultas de un “ligero” desplazamiento del foco, la narración de una de las grandes epopeyas del pensamiento humano —doblemente épica por haber tenido lugar durante un largo periplo alrededor del planeta—, la crónica de un éxito, se convierte en todo lo contrario. La novela es el relato de un fracaso, y FitzRoy desempeña el papel del antihéroe.

La novela no puede empezar mejor. El 1 de agosto de 1828, en el Puerto del Hambre, en la Patagonia, mientras contempla los quehaceres de la tripulación  al atardecer desde lo alto de un acantilado, con el frío calándolo hasta los huesos, Pringle Stokes, capitán del Beagle, se pega un tiro que le causa la muerte tras unos días de dolorosa agonía. Así es como Robert FitzRoy, el joven más brillante con que cuenta el Almirantazgo, es nombrado capitán del bergantín. Y su primera misión es terminar la labor que su predecesor ha dejado inacabada: cartografiar la Tierra de Fuego. Todo está a su favor —excepto la dureza de la misión, como ha dejado claro el fallecido Stokes—, y contra viento y marea (literalmente) consigue culminar la misión con éxito. Esto le vale los elogios de todos sus superiores. Pero FitzRoy es un perfeccionista con un férreo sentido del deber, y sabe que aún falta mucho que cartografiar para disponer de unos mapas que permitan una navegación fiable por aquellas peligrosas costas, así que propone un segundo viaje para terminar de hacerlo. En ese viaje quiere llevar a un naturalista, no solo para que le alivie su soledad, sino para ayudarle en uno de sus proyectos científicos más queridos: encontrar las pruebas del Diluvio Universal. Y así es como Darwin acaba a bordo del Beagle en este su segundo viaje.

En un primer encuentro los dos personajes se caen bien, pero en no tardando mucho sus diferencias empiezan a aflorar. Son dos caracteres antagonistas. Aunque en principio Darwin se manifiesta un creyente convencido que abomina de las excéntricas ideas sobre la transmutación de especies de su abuelo Erasmus, poco a poco se va dando cuenta, por un lado, de que el relato  geológico aceptado es inconsistente con lo que él observa, y por otro, de que hay unas relaciones sorprendentes entre especies distintas separadas por barreras geográficas. Y lentamente su pensamiento evolucionista se va forjando, para desesperación de FitzRoy, cuya fe permanece incólume. Pero hay más. Lo que se dirime en sus enfrentamientos no es solo una cuestión científica. FitzRoy es de familia aristocrática, creyente convencido y defensor del orden social. Pero también está convencido de que no hay diferencias entre los seres humanos, de que tanto hombres civilizados como salvajes tienen alma, y por tanto son iguales ante Dios. Darwin, por contra, representa la clase social que presiona contra el status quo. Es de familia burguesa, una clase enriquecida gracias a los hallazgos tecnológicos de la Revolución Industrial, defensora del progreso y deseosa de quitar de enmedio a la obsoleta aristocracia. Así que sus diferentes concepciones del mundo se enfrentan a todos los niveles. El cuestionamiento que hace Darwin de la inmutabilidad de las especies que defiende la Biblia es, en otro plano, el cuestionamiento del orden social de origen feudal. La lucha por la supervivencia, la supervivencia de los más aptos, tiene una lectura social que la burguesía hace suya para defender su causa. En cierto modo, el gran éxito del Origen de las Especies, cuya primera edición se había agotado al mediodía del primer día de su publicación, se explica en parte porque la burguesía adoptó ese libro, no como un tratado científico, sino como un doctrinario que justificaba sus aspiraciones y que ponía en tela de juicio la validez de los principios que sostenían el antiguo régimen. Y que justificaba también, dicho sea de paso, que el hombre civilizado acabara exterminando a los inferiores salvajes como resultado de un progreso imparable que no es más que una ineludible ley natural.

Este es el conflicto que recoge la novela y al que se ve enfrentado FitzRoy. Por otro lado, llevado por sus rígidos principios, su inalterable sentido del deber y su deseo de lograr el bien común, FitzRoy va encadenando decisiones que le van perjudicando cada vez más. A última hora el Parlamento decide suspender la misión del Beagle y él, moviendo contactos que llegan hasta el rey, consigue forzarla ganándose peligrosos enemigos. Durante el viaje decide comprar varios barcos que le ayuden con su misión. Los sufraga con su patrimonio, confiando en que el Almirantazgo le devuelva el dinero. Como era de esperar, sus enemigos consiguen que el Parlamento lo acuse de haber actuado arbitrariamente y no le devuelva una sola libra. En las Malvinas se ve obligado a enfrentarse a una banda de asesinos argentinos a quienes acaba liquidando. Pero Inglaterra mantiene relaciones difíciles con la naciente Argentina y su actuación se interpreta como una injerencia en las relaciones diplomáticas.

Así que a su regreso a Inglaterra cinco años después, habiendo cumplido con éxito una difícilísima misión, FitzRoy se enfrenta al descrédito y a la ruina económica. A tal punto llega su desgracia que le prohíben volver a capitanear otro barco durante el resto de su vida. Pero el golpe definitivo a su orgullo es presenciar cómo Darwin, a quien ya está abiertamente enfrentado por sus opuestas posturas ideológicas, es recibido y aclamado por la multitud a su llegada a Inglaterra como un personaje famoso. Su precaria amistad ya no resiste este último golpe. A partir de ese momento su trato será correcto pero hostil, y FitzRoy termina militando en las filas de los mayores detractores de la teoría de la evolución.

El resto de la vida de FitzRoy es una denodada entrega al servicio público recompensada con un rosario de fracasos. Y ello sin que jamás le abandone el sentimiento de culpa de haber creado un monstruo. No se arrepiente de nada de lo que ha hecho porque sabe que, pese a haberlo llevado a la desgracia, con ello ha beneficiado a otra gente. No se arrepiente de nada, excepto de haber elegido a Darwin como naturalista del Beagle. Ver cómo la teoría de la evolución cosecha adeptos día a día y ver cómo la religión sucumbe al enfrentamiento con ella, es algo que lo corroe; pero a la vez es una culpa con la que tiene que vivir. Así es como yo interpreto el sentido del título: «This thing of darkness I acknowledge mine» es la frase con la que Prospero se resigna a aceptar la paternidad de Caliban, un ser maligno, en La tormenta, de Shakespeare.

El último golpe que recibe FitzRoy, el definitivo, es el desmantelamiento del servicio meteorológico que le ha costado años montar. FitzRoy es pionero en la predicción del tiempo en una época en que se creía que el tiempo era voluntad de Dios. Fruto de sus observaciones durante sus viajes, FitzRoy se percata de que las corrientes de aire frío y caliente son decisivas en la formación y rumbo de las tormentas, y descubre la utilidad del barómetro para preverlas. Consigue, invirtiendo esfuerzo, dinero y contactos, montar una infraestructura de medidores distribuida por toda Europa y Norteamérica, cuyas mediciones recibe a traves de una red telegráfica y con cuyos resultados elabora mapas de corrientes atmosféricas que le permiten hacer predicciones del tiempo con dos días de antelación. Pero de nuevo sus enemigos políticos acaban con ella, paradójicamente al mismo tiempo que el resto del mundo comprende la utilidad de dichas predicciones.

Arruinado, fracasado, viviendo en un mundo que se antoja extraño, incomprensible y hostil, Robert FitzRoy se suicida el 30 de abril de 1865 cerrando con ello un tétrico ciclo con su predecesor en el Beagle.

Hay que reconocer que esta es una magnífica novela. Si tuviera que destacar algún mérito por encima de los demás, diría que el retrato psicológico de sus protagonistas es brillante. Y para mí ese es el ingrediente fundamental. El rigor histórico es también impresionante. Al final del libro el autor cuenta en un epílogo las poquísimas desviaciones que ha introducido respecto a los hechos documentados, y el capítulo de bibliografía que cierra la novela es abrumador. Desde luego, el autor se ha leído todo lo que se ha escrito sobre los dos personajes fundamentales, todo lo que ellos escribieron, y una buena dosis de ensayos y tratados de navegación, meteorología, evolución y demás. Es claramente la obra de una vida. (Y por una ironía del destino lo es a la fuerza porque Harry Thompson murió de cáncer al poco de publicarla).

En la forma es un novelón, en la tradición clásica del realismo del XIX, con narrador omnisciente y, como no podía ser de otro modo, con bastantes dosis de relato de aventuras en buena parte del libro. Y buen discípulo de esa tradición, Thompson capta magníficamente el conflicto al que me he referido, en los distintos planos en que tiene lugar: el enfrentamiento de FitzRoy con Darwin, el choque ideológico del antiguo régimen con la burguesía (la Revolución Francesa está reciente) y las turbulencias sociales. Y sin embargo la novela cuenta con ese punto de modernidad de haber elegido contar una historia en forma complentaria: nos cuenta la historia de Darwin y la teoría de la evolución, claro, pero no directamente sino desde el punto de vista de su antagonista. Es como en la película Amadeus, donde la vida y la figura de Mozart es descrita por la persona que más lo odia.

A la novela, desde luego, le sobran páginas (¡tiene más de 900!), pero como decía Torrente Ballester, a toda gran novela le sobran por lo menos cien páginas.