Hete aquí que un título llamativo me ha hecho descubrir la que promete ser una gran narradora. Y no lo digo porque no lo sea ya (he sabido que ha ganado dos veces el Booker), sino porque yo no la conocía (lo que no es sorprendente porque han empezado a traducirla hace poco). Mantel es más una autora de novelas que de relatos, de los que tan solo tiene dos recopilaciones —y esta es la única traducida—, por lo que tal vez no reflejen fielmente sus capacidades. Aun así, he de decir que los relatos son muy buenos. No es que sean grandes historias (no lo son), ni que tengan giros sorprendentes (no los tienen), ni siquiera poseen la ironía inglesa que a mí me sugirió el título, pero todos te atrapan, porque están escritos con el pulso narrativo de un maestro (maestra en este caso).
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domingo, 17 de abril de 2016
sábado, 30 de enero de 2016
Siete casas vacías, de Samanta Schweblin
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José Cuesta
Leer un cuento de Samanta Schweblin no es como entrar en el mar desde la playa, poco a poco; más bien te obliga a coger aire y a zambullirte de golpe en mar abierto. Sin preámbulos. Sin resolución. Si el cuento debe transmitir una emoción, Schweblin ha decidido que todo lo demás sobra, y te pone de sopetón en el epicentro del desasosiego. Porque, sobre todo, es desasosiego lo que transmiten sus cuentos. Entras en la historia sin saber nada y todo es inquietante. Por comentarios al vuelo aquí y allá reconstruyes la situación, sumergido en pleno conflicto. Y cuando tu mente espera y desea un desenlace, el cuento acaba. Si el objetivo es transmitir la emoción, lo demás sobra. No hace falta planteamiento, dado que está implícito en el desarrollo, y no hace falta desenlace, porque fuera este el que fuera, la esencia del cuento está narrada. Añade tú el que quieras. El cuento no va a cambiar por el desenlace. ¿Cabe mayor economía de medios?
jueves, 29 de octubre de 2015
Cuentos breves y extraordinarios, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
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José Cuesta
Ando últimamente un tanto obsesionado con los relatos breves. He leído unas cuantas recopilaciones de ellos y, buscando, buscando, acabé encontrando esta de... ¡nada menos que Borges y Bioy Casares! Soy fan extremo de Borges (como ya he mencionado alguna vez). Quiero decir que me dan ganas de darle una patada en la boca a quien se atreve a proferir cosas como «Borges está sobrevalorado» o alguna otra gilipollez por el estilo. Pero dicho esto, y como lo cortés no quita lo valiente, admito que Borges era muy proclive a la pedantería, rasgo de su carácter que se exacervaba cuando se juntaba con su coleguita Bioy Casares (de quien no tengo demasiado buena opinión: me da la sensación de que Borges manifestaba una profunda admiración por escritores mediocres; quizá otra manifestación más de su pedantería...).
domingo, 13 de septiembre de 2015
El sistema periódico, de Primo Levi
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José Cuesta
Creo que fue el título lo primero que me llamó la atención de este libro, aunque la decisión de leerlo estuvo más motivada por la buena crítica que tiene, por los comentarios sobre su originalidad y porque Primo Levi es uno de los grandes autores italianos —y yo tengo cierta debilidad por gli autori. Tenía cierta prevención: Primo Levi estuvo en Auschwitz, y con el Holocausto me pasa como con la Guerra Civil: que ya me resulta cansino. El horror de la experiencia y la compasión por las víctimas nadie las cuestiona (nadie que puede llamarse humano), pero tanta película, tanto documental, tanta novela sobre el tema... a mí me han llegado a saturar. Ya sólo leo sobre esos temas muy dosificadamente y si preveo algún enfoque original. Y este libro parecía entrar en esa categoría.
miércoles, 24 de junio de 2015
Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza
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José Cuesta
Lo grande de los maestros es que, cuando menos te lo esperas, van y te sorprenden. Y Mendoza es uno de ellos. Uno indiscutible. Desde que leí Riña de gatos no había conseguido leer nada de él que estuviese a la altura. Probé con la cuarta entrega del detective innombrado, con el Pomponio Flato, y con El último trayecto de Horacio Dos. Ninguna está mal, pero son obras menores. Ya sabéis, están muy bien escritas, es una delicia leerlas, pero les falta el punto de brillantez que tiene en otras obras. Y mira tú por donde me lo voy a encontrar donde menos lo esperaba: en esta recopilación de tres relatos de tres épocas distintas que no fueron pensados para concurrir en un mismo volumen, pero que por las razones que sean han acabado juntos en uno.
lunes, 11 de mayo de 2015
Hic sunt dracones: Cuentos imposibles, de Tim Pratt
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José Cuesta
Algunos recordaréis la serie que se emitió en España a mediados de los 90 bajo el título Más allá del límite (Rumbo a lo desconocido en Latinoamérica). Se trataba de un remake de la serie The Outer Limits, que triunfó en los 60 en los Estados Unidos y de la que en los 90 hicieron siete nuevas temporadas. Eran historias de ciencia ficción, pero de una ciencia ficción «al límite de la realidad». Seguían siempre un esquema más o menos similar: en nuestro mundo se producía algún fenómeno que transgredía la realidad, y la historia se construía a partir del modo en que los personajes lidiaban con esa anomalía. Los episodios normalmente terminaba sin que se explicara la anomalía; las historias no tenían personajes profundos, y los finales solían ser sorprendentes, inquietantes o impactantes. Eran entretenimiento en lata, un chicle mental, la versión modernade los cuentos de la abuela... Y estaban bien.
sábado, 14 de marzo de 2015
El contador de historias, de Rabih Alameddine
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José Cuesta
Que la del entretenimiento esté entre las diez industrias que más dinero mueven a escala mundial (la mitad de las cuales son ilegales) sólo significa una cosa: nos gustan las historias. Nos gusta contarlas y nos gusta que nos las cuenten. Vemos cine, series, leemos libros, oímos cuentos cuando somos pequeños, contamos anécdotas en reuniones, contamos verdades y mentiras, indagamos en ruinas y cavamos la tierra para intentar rescatar historias del pasado, que luego reconstruimos, adornamos y contamos en libros, charlas, películas... Conocemos historias que proceden de la antigüedad: de Roma, de Egipto, de Mesopotamia... La guerra de Troya, la epopeya de Gilgamesh, la historia del diluvio y las demás historias de la Biblia están entre las más antiguas que nos han llegado en palabras, e incluso conocemos historias aún más antiguas que las palabras escritas, dibujadas con bisontes y caballos en las paredes de Altamira. Hasta los cráneos, los huesos y las piedras nos cuentan historias. Desde que el primer Homo sapiens se puso de pie en África (y seguramente antes) nos pasamos la vida contando y oyendo historias. Nuestra propia existencia la definimos a base de historias: nuestra infancia, nuestros amores, nuestras hazañas... Contar historias es posiblemente la actividad que mejor define al ser humano.
sábado, 22 de noviembre de 2014
El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera
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José Cuesta
Habré leído tres o cuatro novelas de Kundera (recuerdo La insoportable levedad del ser y La inmortalidad, pero mi memoria no da para acordarme de las otras) y todas me han gustado mucho (incluso las que no recuerdo). Siempre me ha parecido un escritor original, de esos que gusta leer porque su manera de narrar te embauca, no importa lo que cuente. Por eso me animé con este libro de relatos, y por eso me ha sorprendido lo decepcionante que me ha resultado.
Se trata de una recopilación de relatos, de una extensión media, todos ellos más o menos catalogables como «historias de amor» (amor, amistad, sexo...). Supongo que de algún modo son ridículas, pero no queda claro si éstas, en particular, lo son, o si el mensaje es que, en realidad, toda historia de amor es, en alguna medida, ridícula.
viernes, 24 de octubre de 2014
La Oveja Negra y demás fábulas, de Augusto Monterroso
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José Cuesta
Había una vez un Búho que quería ser escritor, y para aprender decidió leer todo lo que caía en sus manos. Un día, leyendo un libro aburrido, empezó a dar cabezadas pero, para su sorpresa, eso no le impidió enterarse del contenido. Así descubrió que a todos los libros les sobraban muchas palabras. Entonces decidió que él no las desperdiciaría y escribió un libro de fábulas sobre los demás animales. A los otros Búhos les gustaron tanto y alabaron tanto su libro que se hizo muy famoso y recibió un montón de premios. Y al final de su vida comprobó que, aunque había escrito de todo, su obra cabía en un bolsillo.
Y cuando murió, el Dinosaurio seguía estando allí.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Los arácnidos, de Félix J. Palma
Publicado por
José Cuesta
Por fin he conseguido leer este volumen de relatos de Félix J. Palma, el cuarto en orden cronológico, y el que precede a su última entrega, El menor espectáculo del mundo, con la que yo descubrí la faceta cuentística de este autor. Se publicó en 2003 y fue premiado en el Certamen Iberoamericano de relatos Cortes de Cádiz de ese año. Pese a ello, está decatalogado y es imposible encontrarlo en ninguna librería —de ahí el «por fin»—, aunque algunos de los relatos contenidos en este libro se pueden encontrar por la web (el caso de Los desprendidos, Morir en tu bañera y otras lamentables casualidades o del que da título al libro), otro par de ellos han aparecido por separado en formato electrónico y otros forman parte de recopilaciones temáticas de relatos de varios autores. Pero el poder de internet es grande y ahora el libro ha salido para siempre del ostracismo al que había quedado condenado.
domingo, 31 de agosto de 2014
Mañana todavía, editado por Ricard Ruiz Garzón
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José Cuesta
Una «distopía» es como una antiutopía, un hipotético futuro chungo con el que se pretende ilustrar algún aspecto negativo del presente. Viene del griego «dis-» (malo) y «-topos» (lugar), y aunque aún es un barbarismo anglosajón, es una palabra que está a punto de entrar en el DRAE. Cuento esto por si algún lector es como yo, que había oído la palabra pero no sabía exactamente qué significaba (aunque lo intuía).
domingo, 29 de junio de 2014
Oceánico, de Greg Egan
Publicado por
José Cuesta
Greg Egan es un autor de ciencia ficción no demasiado conocido. Yo lo descubrí hace años con su novela Ciudad Permutación, aunque ya no recuerdo por qué razón decidí leerla o quién me la recomendó. Egan es matemático e informático, y un escritor de ciencia ficción «dura», es decir, de aquella que plantea cuestiones científicas de manera solvente —evitando saltos al hiperespacio, teleportaciones y otras «habilidades» similares, frecuentes en la literatura del género. Para mi disgusto, tiene debilidad por la física de altas energías y toda su parafernalia metafísica; pero al mismo tiempo, es capaz de plantear cuestiones filosóficas de calado. Así ocurría en Ciudad Permutación, y fue el aspecto de la novela que más me gustó. Sin embargo, como novela, Ciudad Permutación hacía aguas por diversas razones, entre ellas la falta de una trama sólida y la inconsistencia de sus personajes.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Mi vida querida, de Alice Munro
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jgaleano

La mayoría de las veces que anuncian el premio Nobel de literatura me quedo a cuadros. Probablemente es que me tengo a mí mismo como mejor lector de lo que soy, una imperdonable falta de humildad. En un porcentaje altísimo de ocasiones me ocurre que anuncian el Nobel de literatura y no me suena ni remotamente el autor premiado. Este año me pasó exactamente esto con la premiada Alice Munro.
El siguiente paso es leerme algo del autor premiado, o al menos intentarlo. La mayoría de las veces lo que leo no me gusta. Incluso si es un autor que me gusta mucho, como Vargas Llosa, se encargan de sacar un libro malo pero que probablemente venda mucho al haber sido premiado (véase la entrada de este blog sobre El sueño del celta). A pesar de mi anterior experiencia, decidí leerme el último libro de la escritora canadiense, Mi vida querida.
domingo, 1 de diciembre de 2013
El gran cambiazo, de Roald Dahl
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José Cuesta
Es posible que Roald Dahl sea hoy más conocido por su literatura infantil que por sus relatos para adultos, pero su contribución en este aspecto es bastante más abundante y, desde luego, muy original. Dahl es uno de esos autores de cuentos que buscan entretener por encima de todo. Hace años, Televisión Española repuso una serie antigua que se titulaba Alfred Hitchcock presenta. Eran historias cortas que conectaban bien con el mundo de Hitchcock: tenían algo de intriga, suspense, sorpresa y una buena dosis de humor negro. Episodios famosos de aquella serie fueron el de la señora que mata a su marido con una pierna de cordero congelada y luego se la da a cenar a la policía (y de la que luego Almodóvar hizo una versión castiza, con un hueso de jamón y un caldo, en Qué he hecho yo para merecer esto), u otra en la que un tipo se apuesta un dedo de la mano y que luego Tarantino elaboró en Four rooms. Pues bien, tanto esas como otras que aparecían en aquella serie estaban basadas en relatos de Roald Dahl (las dos mencionadas, en concreto, aparecen en la muy recomendable recopilación Relatos de lo inesperado).
domingo, 24 de noviembre de 2013
Cuentos completos I: Aquí yace el wub, de Philip K. Dick
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José Cuesta
Me parece que «Cuentos completos» es un título a evitar en prácticamente cualquier autor, en especial si la selección ha sido hecha por algún editor que siente reverencia o debilidad por la obra de ese autor. Si exceptuamos los de Cortázar, publicados por Alianza, que él mismo clasificó atendiendo a una metaestructura temática de los relatos, los editores tienden a ser exhaustivos y los «Cuentos completos» tienen más vocación de completos que de ninguna otra cosa. Así que suele ocurrir en estos casos que, o bien te tragas truños espectaculares, o bien te pegas una tragantada que terminas empachado (y aquí incluyo también la colección de Cortázar). Tal vez no sean para leerlos de cabo a rabo, pero yo no sé hacerlo de otra manera, y además me falta el criterio para decidir cuáles leo y cuáles me salto. Yo preferiría selecciones de los relatos, o bien realizadas por el propio autor (en muchos casos, los propios libros de relatos que publicó en vida, que responden, al menos, a una determinada época creativa), o bien compiladas por alguien que tenga un cierto criterio que discrimine el grano de la paja (Borges y Bioy Casares tienen colecciones de relatos fantásticos muy buenas). Además, las selecciones dosifican la longitud del libro y evitan la posterior necesidad de purgantes.
viernes, 19 de abril de 2013
Obras completas (y otros relatos), de Augusto Monterroso
Publicado por
José Cuesta
Hoy traigo un clásico, Augusto Monterroso, del que yo no había leído nada. Bueno, nada no, lo que todos: el que durante mucho tiempo fue considerado el relato más corto en lengua castellana y que forma parte de este libro: El dinosaurio, cuyo texto íntegro es: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.» Grande, para ser tan pequeño. Tiene de todo: tensión, giro de guión, suspense, final abierto... Más aún: si sabes —como yo he averiguado hace poco— que en México se llama “dinosaurios” a los políticos del PRI (el Partido Revolucionario Institucional, olé el oxímoron), el cuento tiene hasta crítica política. ¿Se puede contar más en siete palabras? (Tiene su punto el microrrelato. Circula por ahí una antología. Igual me animo.)
domingo, 7 de abril de 2013
El vigilante de la salamandra, de Félix J. Palma
Publicado por
José Cuesta
Este es un autor del que he hablado en varias ocasiones en este blog. De hecho, con una novela suya (El mapa del tiempo) echó a andar hace casi tres años. De cómo escribe ya he dicho cuanto había que decir en todas esas entradas. De que me gusta no cabe duda a estas alturas, dado que este es el quinto libro suyo que comento en este blog. Sólo recordaré aquí que es, fundamentalmente, un autor de cuentos. Tiene mucha imaginación y una gran habilidad para mezclar realidad y fantasía, elementos ambos que van de coña para escribirlos. Es más: sus novelas, o bien parecen cuentos largos, o bien (como El mapa del tiempo) son varios relatos entrelazados, pero en realidad independientes. A mi juicio, uno de sus libros más logrados (aparte de la mencionada novela, que lo lanzó como autor de éxito) es, precisamente, un libro de relatos: El menor espectáculo del mundo. Tiene en él cuentos memorables. El libro que traigo hoy es, también, un libro de cuentos.
sábado, 27 de octubre de 2012
Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin
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José Cuesta
Samanta Schweblin es una escritora argentina. Escribe cuentos, y este libro es una recopilación de algunos de ellos. Supe de él por Un libro al día, donde lo calificaban como “muy recomendable”. Así que lo saqué de la biblioteca.
El libro es muy corto: unas 200 páginas, y contiene 18 relatos. En general, son relatos muy cortos. Y raros también. Con un estilo totalmente realista, con una narración casi cinematográfica, los relatos nos cuentan historias desconcertantes, imposibles, surrealistas. Algunos tienen un simbolismo muy claro; otros, en cambio, te dejan perplejo. En ninguno de ellos se resuelve nada. El tono siempre es oscuro, inquietante.
sábado, 6 de octubre de 2012
Sefarad, de Antonio Muñoz Molina
Publicado por
José Cuesta
Es difícil clasificar este libro. A primera vista es una colección de relatos, pero aunque son historias distintas, comparten demasiadas cosas como para considerar Sefarad un libro de relatos. La edición de bolsillo subtitula el libro Una novela de novelas, un tópico que se ha usado hasta la náusea para referirse a este libro, aunque como todo tópico, algo tiene de cierto. La cohesión de los relatos es tan grande que podría, en efecto, hablarse de una novela (de hecho, esa es más bien la sensación que te queda al acabarlo); lo de que cada relato dé para una novela o constituya por sí solo el esbozo de una novela lo dejo a la elaboración de aquellos que se han inventado o se han adscrito al subtítulo. Por otro lado, la construcción tampoco es completamente original, porque ya se ha utilizado en otras novelas, como Vida y destino, de Vasili Grossman —con la que, de hecho, comparte mucho más. Si acaso, en Sefarad la estructura de mosaico es mucho más importante que en la novela de Grossman.
jueves, 28 de junio de 2012
Bartleby, el escribiente, de Herman Melville
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José Cuesta
Interesante y curioso cuento del autor de Moby Dick. Un abogado de Nueva York que tiene un despacho dedicado a la redacción de documentos legales y que cuenta con dos escribientes para ello, decide contratar un tercero porque tiene sobrecarga de trabajo. A la oferta se presenta un tipo un tanto anodino llamado Bartleby, a quien le da el puesto. Al principio todo va bien, y Bartleby, aunque poco sociable, hace su trabajo; pero cuando, terminada la redacción de su primer documento, el abogado lo llama para cotejarlo y revisarlo, Bartleby responde “preferiría no hacerlo”. Ni el estupor del jefe, ni sus peticiones de explicaciones, ni sus amenazas doblegan a Bartleby quien, tras explicarle que “preferiría no dar” las explicaciones que éste le pide para justificar su comportamiento, se sienta en su mesa y continúa con su quehacer. A partir de aquí la situación se vuelve más y más absurda. En contra de toda razón, el abogado no lo echa, en parte porque le da lástima, pero Bartleby se va haciendo fuerte, no solo en su postura, sino en la oficina: un día el abogado descubre que vive en ella. Bartleby deja incluso de trabajar porque “preferiría no hacerlo”. Y si absurda es la postura de Bartleby, más lo es la del abogado que, lejos de hacer lo que la lógica aconsejaría en este caso, va adoptando decisiones más y más grotescas con el fin de deshacerse de Bartleby.
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