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martes, 9 de febrero de 2016

El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza

Nueva (ya quinta) entrega del detective loco de Mendoza, y en mi opinión la mejor con diferencia de la que podríamos llamar la «segunda época» de la saga. Las dos primeras entregas, El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, aparecieron a finales de los 70, comienzos de los 80. Con ellas Mendoza se salió, escribiendo dos de las novelas más cómicas que nunca he leído. Los misterios que definen sus argumentos son en realidad sendos macguffins con los que justificar un retrato social en clave de humor de la Barcelona de la época. Las siguientes novelas, La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida, se demoraron veinte y treinta años respectivamente. Otra época, otra ciudad, otra gente, y las novelas habían perdido el fuelle inicial.

miércoles, 24 de junio de 2015

Tres vidas de santos, de Eduardo Mendoza

Lo grande de los maestros es que, cuando menos te lo esperas, van y te sorprenden. Y Mendoza es uno de ellos. Uno indiscutible. Desde que leí Riña de gatos no había conseguido leer nada de él que estuviese a la altura. Probé con la cuarta entrega del detective innombrado, con el Pomponio Flato, y con El último trayecto de Horacio Dos. Ninguna está mal, pero son obras menores. Ya sabéis, están muy bien escritas, es una delicia leerlas, pero les falta el punto de brillantez que tiene en otras obras. Y mira tú por donde me lo voy a encontrar donde menos lo esperaba: en esta recopilación de tres relatos de tres épocas distintas que no fueron pensados para concurrir en un mismo volumen, pero que por las razones que sean han acabado juntos en uno.

lunes, 13 de enero de 2014

El último trayecto de Horacio Dos, de Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza tiene dos facetas: una seria y otra cómica. En aquélla ha demostrado ser un novelista genial, uno de los mejores en nuestra lengua, pero curiosamente, según avanza su edad, parece irse decantando más por está. Incluso los libros que, como Riña de gatos, no deberían, por su temática, ser humorísticos, lo son (y mucho). ¿Será que ha decidido que la realidad es tan absurda y ridícula que sólo tiene sentido acercarse a ella a través del esperpento? No lo sé; ahí lo dejo para los críticos sesudos. En todo caso, esta novela se alinea con las del detective innombrado (el de la cripta embrujada y demás), con Sin noticias de Gurb o con El asombroso viaje de Pomponio Flato. Y quizá sea la más absurda de todas, porque ni pretende ser una crítica (el Gurb lo es, y con muy mala leche) ni hace ninguna concesión al realismo (real o imaginado). Se podría decir que es de «ciencia ficción» si La guía del autoestopista galáctico (a la que recuerda mucho) se considera ciencia ficción; pero puestos a buscar referencias, su planteamiento me recuerda a Los viajes de Gulliver y también le encuentro conexiones con Ciberíada.

martes, 31 de diciembre de 2013

Gloria, de Eduardo Mendoza

Así como los buenos ciclistas dan la última pedalada detrás de la línea de meta, así planto yo éste, mi último post del año, el mismo día de Nochevieja. Y lo que traigo es un texto poco usual, en primer lugar porque es una obra de teatro, género que escasea en este blog; en segundo lugar, porque es de Eduardo Mendoza, un gran novelista que, sin embargo, no se ha prodigado en otros géneros (junto con otra anterior, Restauración, son sus únicas dos piezas teatrales); en tercer lugar porque no es una obra fácil de encontrar (hasta ahora), y en cuarto lugar, porque la lengua original de esta obra es el catalán, y no el castellano, la lengua habitual de la literatura mendoziana.

sábado, 19 de mayo de 2012

El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza

Cuarta entrega de la saga del detective loco (cuyo nombre sigue siendo un enigma) que protagonizó El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras. Quienes hayáis leído esas novelas ya sabréis de qué va esta: un misterio más o menos absurdo es resuelto por nuestro protagonista de una manera rocambolesca creando infinidad de situaciones grotescas y ridículas e interaccionando con personajes pintorescos, extraídos normalmente de entre lo más tirado de la sociedad. Esa descripción se ajusta a cualquiera de las cuatro entregas. Lo que diferencia a las dos primeras de las dos últimas es el paso del tiempo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Riña de Gatos - Madrid 1936, de Eduardo Mendoza

¡Buenísima! En mi opinión, lo mejor que ha escrito Mendoza desde La verdad sobre el caso Savolta (a excepción, quizá, de La ciudad de los prodigios). En el invierno de 1936 un inglés experto en la pintura del Siglo de Oro español, y sobre todo en Velázquez, viaja desde Londres a Madrid para peritar unos cuadros que un noble español quiere vender para sacar a su familia de España. Tan trivial argumento conduce a un complicado enredo en el que queda retratado todo el Madrid de ese tan señalado año. Por la novela circulan desde Azaña a Franco, desde Alcalá-Zamora hasta José Antonio Primo de Rivera. Algunos aparecen brevemente, otros tienen más protagonismo, pero todos dibujan personajes interesantes. Y es que ese es el primer pilar de toda gran novela: sus personajes, que deben ser, no ya creíbles, sino profundos, complejos, capaces de desatar en el lector simpatía o rechazo. El segundo pilar son algunas escenas memorables, esas que, tiempo después de haber leído la novela y cuando uno ya sólo puede referir sucintamente la trama, aún se recuerdan con claridad meridiana. Pensad en cualquier novela que os haya gustado y recordaréis muy vivamente una o dos escenas, a pesar de que ya no podáis contar su argumento. Bueno, pues esta novela asegura estas dos bazas, y lo hace con mucha solvencia. No en vano Mendoza es hoy día uno de los mejores escritores en castellano, pese a ser catalán (de hecho, uno de los detalles simpáticos del libro es la soltura con la que quien podría arrogarse el título de cronista de Barcelona habla de Madrid). Y qué voy a decir de cómo está escrita... Para muestra un botón. Os dejo (y con ello termino) el párrafo con el que comienza el capítulo 28 (tranquilos, no desvela absolutamente nada de la trama):
      Al otro extremo del arco inconmensurable que la separa del pueblo llano — y aún más de la subespecie del proletariado urbano, su enemigo natural —, preside el comportamiento de la rancia aristocracia una filosofía adaptativa no más profunda ni mejor trenzada, pero tan eficaz como la tosca deontología que rige el de su contraparte. Tan marcada como ésta por las circunstancias de su nacimiento, pesa sobre la nobleza una servidumbre ineludible que le impide reflexionar sobre su conducta, sobre sí misma y sobre el mundo, si las tres cosas no son una sola. Pero si pudiera reflexionar, tampoco podría cambiar ni las ideas recibidas ni su forma de vida. Con abnegación ha de sacrificar sus mejores cualidades en el altar: la irracionalidad, el inmovilismo y la incuria, que la han puesto y la mantienen donde está, y cultivar con férrea disciplina unos defectos que afianzan su posición en la medida en que es su posición lo que le permite cultivarlos. Indómita sin dueño y caprichosa sin elección, la irresponsabilidad que preside sus actos la hace vivir sumida en la indecisión: sus iniciativas no conducen a nada, sus pensamientos desembocan sin remedio en la frivolidad y sus pasiones, exoneradas de consecuencias, se reducen a vicios.