sábado, 7 de septiembre de 2013

El loro de Flaubert, de Julian Barnes

Leí este libro por primera vez hace muchos años. Recuerdo (recordaba) nítidamente dos cosas de él: que me encantó, y que cuando terminé no sabía decir de qué iba el libro, más allá de que hablaba de Flaubert. Bueno, de Flaubert... y de todo en realidad. Porque eso era lo genial del libro. Bajo la máscara de un ensayo sobre la figura del famoso novelista francés se escondía algo que era y no era eso.

Este verano, buscando algo algo interesante que leer, volvió a pasar por mis manos y me dije que era momento de releerlo y de hacerse una idea más concreta de lo que trata el libro, porque cada vez que lo mencionaba en una conversación o se lo recomendaba a alguien, lo único que podía decir era «es muy bueno, léetelo», pero no sabía explicar por qué.

Si no entendí el libro en la primera lectura —hace lo menos veinte años— es porque pertenece a un género (si se le puede llamar así) muy atípico. Junto a Bartleby y compañía, HHhH, Vacío perfecto (de Stanisław Lem), algunos cuentos de Borges y presumiblemente otros libros que desconozco, forma parte de lo que podríamos llamar, de forma muy genérica —y por el puro afán clasificatorio— metaliteratura, o ensayo-ficción, o yoquesé. Pero dejémoslo ahí...

El libro es genial por muchas razones, y no sé si voy a ser capaz de transmitirlas correctamente sin reescribir aquí el libro. Por supuesto, el libro habla de Flaubert, pero como ya apunta el título, el acercamiento a Flaubert no es de frente. El loro del título aparece en un relato titulado Un corazón sencillo, que narra la historia de una sirvienta llamada (con mucha mala hostia) Félicité, quien sobrelleva su desgraciada vida gracias a Loulou, un loro que la acompaña. Tan importante es este loro para ella que en su lecho de muerte llega a ver en él la encarnación del Espíritu Santo. Para escribir el relato Flaubert pidió un loro disecado a un museo, y lo tuvo en su mesa hasta que lo terminó. Harto de verlo, lo acabó arrumbando en un armario. El loro de Flaubert comienza cuando el narrador de la historia, un médico inglés llamado Geoffrey Braithwaite —alter ego de Julian Barnes—, apasionado de Flaubert, descubre que en la residencia del escritor en Croisset (Normandía) hay un segundo loro que se exhibe como el auténtico Loulou.

El loro es, a la vez, leitmotif del relato y una metáfora del escritor. Capítulo tras capítulo va desgranando aspectos de la obra, la vida y la personalidad de Flaubert a la vez que nos habla de lo divino y lo humano: de animales, de trenes, de la travesía en ferry por el Canal de la Mancha, de la visión inglesa de los franceses, de la visión francesa de los ingleses, del amor, del sexo, de la muerte, de la traición... El libro intercala hechos, hipótesis, puntos de vista y pura y simple ficción, y lo hace empleando todo tipo de recursos: subrrelatos dentro de la “novela” (si es que se la puede llamar así), cronologías, listas, bestiarios, pseudoexámenes, supuestos diálogos con los críticos... Por las páginas del libro circulan animales, trenes, críticos, la vida del narrador, la amante de Flaubert, etc., etc. Y todo con una ironía, un sarcasmo y un cinismo como sólo puede exhibir un inglés. Al mismo tiempo que descubrimos a Flaubert y su mundo descubrimos al narrador y su propia historia, cuya vida y pensamientos nos llegan camuflados de ensayo literario.

Soy consciente de que lo que describo parece un pastiche, y en cierto modo lo es, pero las heterogéneas piezas de este puzzle están tan perfectamente imbricadas que el libro tiene una coherencia pasmosa. Es muy ameno y muy divertido de leer. Tanto que se lee del tirón. Pero la sensación que deja es de que se necesitan varias lecturas para apreciar tanto el impresionante despliegue de recursos que hace Barnes como las sutiles relaciones entre todos los planos del relato.

El libro acaba como empieza: con el loro. Y de nuevo éste se vuelve metáfora. La búsqueda del loro auténtico experimenta un giro inesperado —toda una reflexión sobre la forma en que la realidad se burla de nuestros intentos por aprehenderla.

El que un libro que te gustó mucho no te defraude en la segunda lectura, e incluso enriquezca tu experiencia anterior, es señal como ninguna otra de que estás ante una obra maestra. He leído más libros de Barnes, y algunos muy buenos (destaco Una historia del mundo en diez capítulos y medio), pero sin duda en este se salió.