miércoles, 30 de septiembre de 2015

Magnitud imaginaria, de Stanisław Lem

Como prometí en la reseña de Vacío perfecto, aquí está el segundo volumen de la Biblioteca del Siglo XXI, una saga que Lem proyectó y que recoge colecciones de sus prólogos y reseñas de libros imaginarios. Se conoce que al acabar Vacío perfecto Lem quedó tan satisfecho con el invento que decidió seguir explorando sus posibilidades, para gran satisfacción de sus incondicionales —entre los que me cuento. Este volumen recopila  cuatro prólogos a obras inexistentes, y si tuviera que calificar la obra de forma global, diría que no es tan brillante como Vacío perfecto, donde la variedad de temas, la sutileza de las reflexiones y la cantidad de registros distintos es mayor, pero aun así Magnitud imaginaria tiene pasajes realmente memorables.

Siendo tan pocos los capítulos puedo hablar algo de su contenido. El primero, «Necrobias», prologa un supuesto catálogo de placas de rayos X pornográficas. Lem aprovecha tan bizarro planteamiento para hacer una reflexión sobre el arte y su pérdida de norte.

La «Erúntica», el segundo prólogo, habla de la obra de un biólogo que enseña a colonias bacterias a hablar inglés —formando símbolos en morse— mediante un sofisticado proceso de selección (la sólida formación científica de Lem te hace llegar a pensar que tal cosa podría realizarse), y cuando lo consigue descubre que las bacterias predicen el futuro. No hay mística: se trata de que las bacterias incorporan todas sus percepciones del medio y las traducen a frases que hablan de cosas que van a suceder. Así nace la «erúntica», una variante científica de la futurología. (Por cierto que las bacterias tienen unos nombres muy graciosos, como E. coli eloquentissima o Gulliveria —el autor se llama Gulliver— coli prophetissima).

El tercer prólogo, «Historia de la literatura bítica», es para mí el mejor. En él habla de las fases de la literatura creada por ordenadores inteligentes. Lo más fascinante es cómo la progresión de este arte pasa de imitar la literatura humana a generar una clase de literatura que no sólo resulta incomprensible para el ser humano, sino que jamás podrá llegar a serlo. Es muy curiosa la forma en que Lem imagina cómo conciben las máquinas la literatura, como un constructo puramente geométrico, y cómo tal cosa las lleva, por ejemplo, a escribir una novela inédita de Dostoyevsky (en la versión geométrica de la obra de este autor aparece un defecto; reparar ese defecto se traduce, en lenguaje humano, en la escritura de dicha novela). A partir de ahí la cosa echa a rodar: las máquinas han generado un lenguaje propio en el que elaborar el arte, y los resultados del mismo acaban por ser absolutamente incomprensibles por los humanos. Como se puede ver, se trata de uno de los temas recurrentes de Lem: concebir la posibilidad de inteligencias completamente alejadas —hasta la incomprensión— de la humana. Tiene experiencia en el tema, así que Lem se sale en este capítulo.

El último prólogo, «La Extelopedia Vestrand», es un puro divertimento, un relato con un sentido del humor muy friqui. Los editores de enciclopedias se dan cuenta de que sus obras nacen obsoletas. En el tiempo que lleva escribirlas, editarlas e imprimirlas muchos de sus artículos dejan de ser válidos. Así que la editorial Vestrand decide crear una enciclopedia donde sus artículos son predictivos. El prólogo está escrito en tono de panfleto publicitario, y las descripciones de las virtudes de la Extelopedia, de los métodos probabilísticos que emplean para hacer las predicciones, y de las contradicciones en que acaban cayendo —y de cómo tratan de venderlas como ventajas de la obra— es delirante. Termina el capítulo con una muestra de algunos artículos que remata de forma soberbia el disparate.

Nunca dejará de sorprenderme la prodigiosa imaginación que tenía Lem.