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martes, 16 de diciembre de 2014

Los perros del Paraíso, de Abel Posse

Dice Carlos Fuentes que Europa no descubrió América sino que la inventó. Nunca he leído un comentario que revele con más claidad el espíritu de aquella época. A la fascinación de un mundo nuevo, tan diferente del conocido, tan extremo en clima, flora, fauna, tan marciano en la cultura de sus indígenas (extrema a su vez), se le unió el ansia de encontrar un Paraíso en la Tierra. Así lo reflejan tanto las crónicas de las conquistas como los espejismos que las impulsaron (Eldorado, las fuentes de la juventud...). A poco que uno se descuide, las hazañas de los conquistadores se ajustan más al canon del mito que al relato de hechos verídicos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El vano ayer, de Isaac Rosa

¿Cómo se puede escribir hoy una novela sobre el franquismo sin caer en tópicos trillados? ¿Cómo puede un autor, especialmente un autor joven, un «hijo de la Transición», indagar en una de las etapas más oscuras de nuestra historia reciente, una etapa de la que se ha escrito hasta la saciedad y en la que, sin embargo, no se ha profundizado lo suficiente, anegada, como está, de historias que recurren al patetismo, de narraciones nostálgicas, incluso de comedias épicas de lucha antifascista? ¿Cómo narrar las atrocidades del tardofranquismo sin que la novela quede arrumbada en la enorme pila de «novelas del franquismo»?

domingo, 26 de agosto de 2012

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia

El premio Rómulo Gallegos es un prestigioso galardón que han recibido escritores como Mario Vargas Llosa, por La casa verde (1967), Gabriel García Márquez, por Cien años de soledad (1972), Carlos Fuentes, por Terra nostra (1977), Javier Marías, por Mañana en la batalla piensa en mí (1995), o Roberto Bolaño, por Los detectives salvajes (1999). Por la calidad de los autores y de las obras premiadas no cabe duda de que se trata de un premio importante que hay que tomarse en serio.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Terra Nostra, de Carlos Fuentes

"Increíble el primer animal que soñó con otro animal. Monstruoso el primer vertebrado que logró incorporarse sobre dos pies y así esparció el terror entre las bestias normales que aún se arrastraban, con alegre y natural cercanía, por el fango creador. Asombrosos el primer telefonazo, el primer hervor, la primera canción y el primer taparrabos."

Así comienza esta monumental novela de Carlos Fuentes (casi 800 páginas de letra menuda; un dolor de brazos, porque no hay versión electrónica), sin duda una de las más extrañas y fascinantes que he leído nunca. ¿De qué trata? ¡Buff! Difícil pregunta. Lo más superficial que se puede decir de ella es que es una novela sobre la España de Felipe II y la conquista de América. Porque, en realidad, es y no es eso. De hecho, me atrevería a afirmar que no hay un solo suceso histórico real en la novela. A ver cómo empiezo a explicarlo (porque, a decir verdad, yo no la he entendido bien, y por las críticas que he leído y las tesis que se han escrito sobre ella, nadie la ha entendido realmente). A lo largo de la Historia ha habido momentos en que la humanidad ha llegado a un punto crítico. Ocurre cuando el mundo como se concibe, las escalas de valores, las ideas, el orden social... chocan con una realidad que ha ido cambiando lenta pero inexorablemente, como consecuencia de fuerzas sociales internas (yo diría evolutivas). Como resultado de esos conflictos surge un nuevo orden, una nueva etapa histórica, que se desarrolla de acuerdo a nuevos valores hasta el siguiente punto crítico. Si hubiera que destacar uno de esos puntos como aquél en el que la transformación resultó más brutal, más dramática, tal vez sería el paso de la Edad Media a la Moderna. Un mundo oscuro, supersticioso, opresivo, controlado por la religión y los monarcas investidos de poderes que emanan directamente de Dios, es derrotado por una corriente de humanismo, que se ha ido gestando en las ciudades, al abrigo de una burguesía que ha ido prosperando a la sombra de los prejuicios religiosos. Y si hubo un lugar en el mundo donde ese conflicto alcanzó su punto más álgido, ese lugar fue España. Porque no olvidemos que nuestro país fue el último baluarte del catolicismo (una desgracia que aún nos lastra) y la transición a la modernidad coincidió con la conquista de América y la llegada del oro y la plata de las Indias, un balón de oxígeno que mantuvo en pie de guerra a los viejos poderes durante aún dos siglos. Y por añadidura, la España que conquistó América fue la Vieja España, la beata, cazurra y bestial España de los Reyes Católicos y los Austrias. Y las consecuencias de este hecho aún perduran. Esto es exactamente de lo que va la novela. Creo que Carlos Fuentes entiende que ese momento y este lugar fueron "EL" Punto Crítico (con mayúsculas) de toda la Historia, y la novela es una compleja, elaborada y magistral reflexión sobre este hecho. Podría haber escrito un sesudo y erudito ensayo, como hubiera hecho un historiador, pero siendo, como es, un gran novelista (quizá el más grande en nuestra lengua que hay hoy vivo), optó por escribir Terra Nostra.

Decía —y sorprenderá— que no hay un solo hecho histórico en toda la novela. La razón es que Carlos Fuentes ha rehusado escribir una novela histórica al uso, que desmenuce la psicología y la sociedad de aquella época de conflicto, y ha preferido una opción mucho más difícil: ha construido un mito. Y hay que ser muy grande para poder hacer eso y que salga bien. Esa es la primera impresión que transmite Terra Nostra: ¿¡cómo se puede escribir una novela así!? El protagonista de la novela, un mexicano manco que hace de hombre anuncio en París, se despierta en una ciudad en la que están ocurriendo todo tipo de prodigios: el Sena hierve; la Torre Eiffel se ha convertido en una gran jaula de aves; peregrinos que se flagelan circulan en procesión por la ciudad; masas de hombres están siendo enviados a unos hornos crematorios que esparcen su olor a carne quemada, y todas las mujeres, incluidas viejas y niñas, están pariendo a la vez a orillas del Sena. La fábula empieza cuando el protagonista se encuentra con una chica que pinta dibujos en el suelo en uno de los puentes del río y que le asegura que tienen una cita concertada desde hace siglos. En un momento dado él cae a las aguas del Sena y ella le arroja una botella verde lacrada que lleva un pergamino dentro, como si se tratase de un salvavidas.

En el capítulo siguiente hemos sido transportados a una corte española cuyo Señor tiene toda la pinta de ser Felipe II, y su palacio El Escorial. Pero en realidad no lo es. O sí lo es, pero a ratos. Porque aquí los personajes no mantienen la identidad, sino que son metapersonajes que encarnan a la vez varias figuras históricas. El Señor es Felipe II, pero a veces es su abuelo, Felipe el Hermoso (sí, sí, lo que oís) y a veces su bisnieto Carlos II. En realidad es una encarnación de los Austrias al completo. Representa el viejo mundo, el antiguo orden, el culto a la muerte, el catolicismo fanático, el poder absoluto. Tiene un valido que representa a todos los validos, antiguos señores venidos a menos, sin escrúpulos, que arriban al poder trepando a cualquier precio. Pero también es el conquistador, es Hernán Cortés, es el esclavizador de los indios.

Dos personajes claves más son una mujer llamada Celestina, que a veces es una bruja-alcahueta y a veces una muchacha con deseos de vivir libre. Su característica principal es que antes de morir transmite su memoria a otras mujeres, que se convierten así en ella misma, de manera que su memoria es total y eterna. Es, como se descubre más tarde, la chica del puente del Sena. Como los demás personajes, Celestina adopta multitud de identidades, siendo también una reina-diosa azteca, una gitana y algún que otro personaje mítico (como Isis, si no recuerdo mal). El otro personaje es un monje con espíritu humanista que se enfrenta al poder y se alía con Celestina.

A todo esto el protagonista aparece de pronto inmerso en este pasado, como un náufrago en la orilla de la playa, pero convertido en tres personas, identificados por llevar una cruz tatuada en la espalda y tener seis dedos en los pies. El tres es un número importante en la novela; a él se alude multitud de veces: se cita la Cábala ("Uno es la raíz de todo. Dos es la negación de uno. Tres es la síntesis de uno y dos. Los contiene a ambos. Los equilibra. Anuncia la pluralidad que le sigue."); se alude a mitos antiguos en que aparecen tríos (Osiris, Isis, Seth); se habla de las tres religiones (judíos, moros y cristianos); también la novela consta de tres partes (El Viejo Mundo, El Nuevo Mundo y El Otro Mundo); el protagonista se convierte en tres personajes. Incidentalmente, es uno de estos tres personajes, el que llamarán en la novela el Peregrino, el que descubre (en un sueño) el Nuevo Mundo y narra el conflicto que se produce al interaccionar con él al Señor y a los otros personajes principales.

La novela es totalmente simbólica. Nada es lo que parece, todo tiene significados ocultos. Los hechos forman un complicado rompecabezas muy difícil de armar. Todo lo que percibes de la novela (al menos, ese es mi caso) lo intuyes más que lo comprendes. Es como escuchar una sinfonía que te habla en un lenguaje, el de la música, que transmite sensaciones pero no te habla con palabras. En la novela confluye todo: pasado, presente y futuro; los hechos reales y los mitos; Dios y Quetzalcoátl; la Biblia y la Cábala; la mística y el sexo más depravado; la Historia y la Literatura. Esta última, de hecho, es muy importante. Ya he mencionado a Celestina, que encarna ocasionalmente su papel de vieja trotaconventos, pero también aparece el Cronista, un personaje que acaba destinado a galeras y luchando en una batalla contra los turcos en un lejano golfo de Asia Menor y al que las heridas dejan manco. Este personaje que, por cierto, en plena batalla lanza una botella verde lacrada al mar donde están escritos los primeros párrafos de La metamorfosis de Kafka. Aparece Don Quijote; aparecen Don Juan, Doña Inés y el Comendador, personajes metamorfoseados a partir de otros. Algún capítulo comienza emulando a las claras el comienzo de Cien años de soledad... Y al final también está el Cronista último: el autor.

En resumen: un mes después de sacarla de la biblioteca me encuentro abrumado por la novela. No sé si he leído una obra maestra (la novela cumbre de la literatura hispana del siglo XX, como la califican muchos sin dudarlo, entre ellos Volpi) o los delirios de un loco. Lo que sí sé es que, de haber leído una crítica como la que acabo de escribir habría dicho, seguramente, ¡vade retro! Y sin embargo no he podido dejarla en ningún momento: es hipnótica. Como he dicho antes, creo que Carlos Fuentes es uno de los grandes; de los muy grandes. Escribir esto y escribirlo así es imposible para cualquier otra persona. Terra Nostra es el Ulises de la lengua castellana; el 2001 de la literatura hispana.

viernes, 19 de agosto de 2011

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño

Acabo de leer una obra maestra.

Llevaba tiempo rondando a Bolaño, pero no me acababa de atrever con él. Había cosas a su alrededor que me echaban para atrás. Por un lado, la forma tan explosiva en que irrumpió en el mercado, una vez muerto (lo cual huele mal, con perdón); por otro, su obra más famosa, 2666, es una obra inacabada (lo que recuerda a lo que pasó con Eyes wide shut), y finalmente, en un vistazo diagonal no parecía un autor fácil. Y en efecto, no lo es. Pero eso es porque es uno de los grandes, de los que aún hoy son capaces de inventar nuevas formas de escribir novelas. Ahí es nada.

Decidí empezar por Los detectives salvajes porque  es, al parecer, su primer gran éxito y es una novela acabada (a priori me dan miedo las obras inacabas; creo que sólo las puedes apreciar si ya tienes cierta familiaridad con el autor). Además, me la había recomendado Yuri, que suele ser fiable en lo tocante a lecturas. Confieso que no reconocí lo que tenía entre manos hasta bien metido en la novela, y de hecho estuve a punto de dejarla al acabar la primera parte, sorprendido de estar leyendo lo que parecía una pieza más del sobado género "putas, yonquis y maricones" que ha consagrado nuestro amado cine. Pero inexplicablemente seguí y me alegro de haberlo hecho.

Contar de qué va la novela no es fácil. En principio es la historia de un pequeño grupo de poetas radicales (en sus poemas y en su actitud hacia el establishment; en una ocasión planean raptar a Octavio Paz sólo por joder) de mediados de los 70 que siguen una tendencia que denominan realismo visceral (o real visceralismo, término en que se acaba transformando a lo largo de la novela). El grupo dura muy poco y apenas queda memoria de él, y la novela sigue los avatares de sus integrantes (en el fondo una panda de "colgaos" que se buscan la vida, con mayor, menor o nulo éxito) hasta 1996. Pero la novela es mucho más compleja, y este resumen apenas dice nada de ella.

Para empezar, en buena medida se trata de una autobiografía. Los dos protagonistas, los creadores del grupo de realvisceralistas, son dos personajes que parecen vivir por y para la poesía, y subsistir a base de trapichear: Ulises Lima y Arturo Belano. La analogía de Belano con Bolaño y el hecho de que, como éste, aquél es también un chileno afincado en el DF, ya sugieren el carácter autobiográfico. Además, indagando luego he leído que Ulises Lima era Mario Santiago, el mejor amigo de Bolaño en el DF, y que otros personajes de la novela tienen una contrapartida real. Algunos incluso (el caso de Monsiváis o de Octavio Paz) aparecen con su propio nombre. Y en efecto, la novela es, en gran medida, una autobiografía, con todas las salvedades que conlleva el hecho de que, en última instancia, es una obra de ficción (quiero decir que muy probablemente hay hechos alterados, inventados o atribuidos a otra gente, y que a las claras el final de la novela es ficción, por ejemplo). Parece que incluso el realismo visceral existió realmente, como una rama desgajada del surrealismo denominada infrarrelismo, en cuyas filas militó Bolaño. Buena parte del contenido de la novela gira en torno a la poesía, los poetas (en especial los mexicanos), el arte y la literatura. Los personajes alaban y critican autores y tendencias, en tonos agresivos, sarcásticos, elogiosos, cómicos... y me da que mucha de la crítica y la alabanza reflejan las opiniones de Bolaño. Memorable el capítulo en que un personaje clasifica a los poetas en maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Yo no conozco ni la cuarta parte de los autores que menciona, pero a aquéllos que conozco el calificativo les va (me refiero a su estilo, con quién follaban es cosa de ellos). Incluyo una cita para que os hagáis una idea:
"Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas."
Yo no soy capaz de hacer una crítica de la obra de Bolaño que mejore la que ya hizo Jorge Volpi en Mentiras contagiosas (obra que ya comenté en este blog), así que me limitaré a hablar del aspecto que para mí hace de esta novela una obra maestra (y en el que Volpi no entra): su construcción formal. Vayamos a ello. Hay dos formas básicas de escribir una novela: en tercera persona, adoptando el punto de vista clásico del realismo del lector omnisciente o el del protagonista, o en primera persona, que a menudo es la voz del protagonista, pero a veces cuenta la historia un personaje secundario. Incluso hay casos más originales (como Juego de tronos) en que el relato está en tercera persona, pero se adopta el punto de vista de diversos personajes, lo que da un interesante juego de perspectivas. Pero esta novela inventa una técnica que va mucho más allá: aquí la historia la cuentan multitud de personajes, algunos secundarios y otros absolutamente casuales, pero es que además la cuentan sin contarla; es decir, lo que cuentan es su propia historia, sólo que esta historia involucra a los protagonistas (a veces no más que circunstancialmente) y así sabemos de ellos sin que en realidad nadie nos esté contando nada. Las historias particulares tienen interés en sí mismas, nos hablan del DF, de México, del mundo, de las glorias y las miserias humanas, del arte, de la poesía, nos cuentan cosas divertidas, nos hablan con nostalgia, con dolor, con miedo, con vergüenza, relatan amores, traiciones... Cada personaje que interviene, aunque no aparezca más que esa vez, habla con voz propia. Y a medida que nos hablan de ellos vamos reconstruyendo la historia de nuestros protagonistas. Como si de un sistema complejo se tratara, nuestra historia, el hilo conductor de la novela, emerge de un montón historias individuales que en apariencia nada (o muy poco) tienen que ver con ella. La novela es el coro, no las voces individuales, aunque cada voz cante su propia melodía. El resultado es espectacular. El más difícil todavía es la división de la novela en tres partes: la central es el 80% de la novela y donde transcurre este relato coral. La primera y la tercera son como dos paréntesis que acotan el relato, ambos fragmentos extraídos del diario de uno de los personajes más prescindibles de la historia, un chaval de 17 años, estudiante de derecho, que se une a este grupo de pirados y descubre con ellos la poesía, el sexo, la aventura y la muerte, y del que todo el mundo parece haberse olvidado por completo. El primero de esos fragmentos de diario sitúa la novela en contexto; el último es su colofón. Curiosamente ambos fragmentos ocurren entre 1975 y 1976, mientras que, como he dicho, el relato sigue la vida de los realvisceralistas a lo largo de 20 años. Estos juegos temporales son otro de los elementos fundamentales de esta novela, pero de eso habla Volpi mejor que yo.

Una novela imprescindible.

lunes, 30 de agosto de 2010

Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías

No había leído nunca nada de Javier Marías y "le tenía ganas". Cogí este de la biblioteca y la verdad es que me ha sorprendido gratamente. Las primeras 100 páginas son magistrales, luego se diluye un poco pero acaba bien (como narrador es impresionante y como dialogista un poco flojo, por lo que la parte central que es más "dialigante" pierde un pici). En resumen me ha gustado muchísimo (tanto que he leído ya otros 3 de libros del mismo autor, que aparecerán próximamente en este blog:-D ).

El argumento es sencillo. Un tipo se cita con una mujer a la casi no conoce (casada con el marido de viaje y con un niño de 2 años). Se citan en la casa de ella y cuando se van al dormitorio (tras haberse encargado el niño) ella se muere repentinamente. No destripo nada porque esto lo cuenta en la primera página!!!