martes, 16 de diciembre de 2014

Los perros del Paraíso, de Abel Posse

Dice Carlos Fuentes que Europa no descubrió América sino que la inventó. Nunca he leído un comentario que revele con más claidad el espíritu de aquella época. A la fascinación de un mundo nuevo, tan diferente del conocido, tan extremo en clima, flora, fauna, tan marciano en la cultura de sus indígenas (extrema a su vez), se le unió el ansia de encontrar un Paraíso en la Tierra. Así lo reflejan tanto las crónicas de las conquistas como los espejismos que las impulsaron (Eldorado, las fuentes de la juventud...). A poco que uno se descuide, las hazañas de los conquistadores se ajustan más al canon del mito que al relato de hechos verídicos.

Semejante disposición de ánimo hacia aquel periodo de la Historia resulta terreno abonado para la ficción, y ha dado lugar, no sólo a infinidad de novelas y relatos, sino incluso a una actitud hacia la literatura, que ha roto los límites de la realidad mezclándola con la fantasía y el mito (el llamado «realismo mágico» no es sino la más evidente de sus manifestaciones). La novela de Abel Posse encaja perfectamente en este esquema. Posse reescribe la historia del descubrimiento de América en clave mitológica. En el relato, la sensualidad reprimida durante tantos siglos por una Iglesia medieval estalla con una fuerza incontenible y desencadena en los europeos un ansia irrefrenable de encontrar el Paraíso. Colón es el Elegido, la persona que nace predestinada a culminar la empresa, y los Reyes Católicos son como dos Arcángeles enviados a hacerla posible; dos Arcángeles —todo hay que decirlo— que follan sin medida, con una pasión que casa muy mal con su católico apodo. Porque esa es la quintaesencia de la primera parte del relato: el sexo.

A partir de que Colón abandona Canarias en ruta hacia América el relato se vuelve simbólico. Durante la travesía se cruzan con las sombras de travesías futuras: el Queen Mary, el Mayflower, las futuras expediciones del propio Colón, la nave de Magallanes... Cuando llegan a Guananí Colón cree haber descubierto el Edén bíblico y fuerza a todos a recuperar la inocencia perdida. Pero la naturaleza de los europeos, forjada durante siglos de dura lucha por la supervivencia, se acaba imponiendo y el Paraíso acaba convertido en el infierno que en realidad fue.

¿Me ha gustado? Pues francamente no. La novela tiene (para mí) tres defectos. En primer lugar es barroca en exceso. No sólo lo es, como se ve, el tema —o el tratamiento que Posse hace de él—, es también la forma, excesiva, recargada, demasiado poética... No me gusta lo barroco ni cuando lo escribo yo (especialmente entonces). No pude con ni con Carpentier ni con Lezama Lima por ese motivo.

En segundo lugar la novela tiene «recao»: el paraíso americano transformado en infierno por la insaciable sed de riquezas de los europeos; los inocentes indios esclavizados por la avaricia de los conquistadores; los males de Europa trasladados al Edén. No es que sea de los que se empeñan en negar o suavizar el genocidio que siguió a la conquista; no me cabe duda de que el genocidio exisitió, porque así son las conquistas siempre y quien crea otra cosa es un ingenuo. Pero me chirría el mensaje de culpabilidad heredada que transmite. Es como la versión 2.0 del puto estigma judeo-cristiano del pecado original. Y me lo creo aún menos cuando el intento de culpabilización viene de la mano de los más probables descendientes de los genocidas.

El último defecto —no desligado de los dos anteriores— es para mí el peor: la novela ha envejecido mal. Se escribió en los '80, cuando todo este rollo estaba más de moda, cuando se estaba inventando el mito del indigenismo y el tema de la novela sonaba actual, incluso original. Leída en 2014... huele. ¡Una pena porque la versión porno de la corte católica con que empieza la novela prometía!

Pero no me hagáis caso: a la novela le dieron el Rómulo Gallegos en el '87, así que está claro que no he entendido nada.