sábado, 6 de diciembre de 2014

La música del silencio, de Patrick Rothfuss

¿Debe un escritor publicar todo lo que escribe? Nunca he escrito literatura, pero sí muchos artículos científicos. Si se parecen en algo los dos procesos, entonces la respuesta es NO. La imagen transmitida por el cine hasta la saciedad del escritor que se sienta ante una máquina de escribir con una pila de papel blanco a su izquierda, que introduce una hoja en la máquina y teclea el título, y que introduce la siguiente y empieza a teclear diciendo en voz alta «Capítulo 1. Mike se despertó en el suelo aún dolorido del golpe...», y que tras un fundido a negro se le vuelve a ver tecleando «F I N», sacando la hoja y apilándola en un grueso montón, bien cuadrado, a su derecha, para a continuación estirarse con cara de satisfacción, esa imagen, digo, es una soberbia gilipollez. El proceso de escritura (desde luego de un artículo científico, pero también, estoy seguro, de una novela o un relato... de esta entrada de blog incluso) es mucho más tortuoso. Ni siquiera se empieza por el principio necesariamente, y por supuesto las correcciones, reescrituras y reorganizaciones completas del texto son constantes. Y algo más: mucho de lo que se escribe no sirve para enviarse a publicar. Desde luego yo he escrito mucho más de lo que he publicado. Casi continuamente me hago notas de las ideas que voy teniendo, notas muy elaboradas, muchas de ellas muy interesantes —que podrían publicarse incluso—, pero cuyo único fin es ayudarme a pensar y organizar mis ideas. Con mucha frecuencia poco o nada de ellas va a parar a un artículo y acaba en prensa.

Me extrañaría que fuese distinto cuando se escribe una novela. De hecho, una vez le oí a Vargas Llosa hablar de la novela que estaba escribiendo (La fiesta del chivo; un novelón, por cierto) y decía que ya había acabado de escribirla, y que ahora le quedaba reducirla a una cuarta o quinta parte para convertir lo que había escrito en la novela que finalmente se publicó. Así que el volumen de lo que no publicó superaba con creces la novela. Algo parecido he oído de otros escritores, así que deduzco que es lo normal.

Patrick Rothfuss es el autor de una trilogía de género fantastico aún inacabada: La crónica del asesino de reyes, cuyas dos primeras partes (El nombre del viento y El temor de un hombre sabio) se han comentado aquí. El relato que ahora reseño es un spin-off de esta historia. Narra siete días en la vida de un personaje secundario, Auri, una chica un poco rara que vive en los sótanos de la universidad y que, según se da a entender, tanto en las novelas como en este relato, tiene un gran poder sobre la magia (aunque esto sólo se sugiere pero nunca se ha mostrado de manera explícita).

Entiendo perfectamente la necesidad del autor de escribir el relato, porque es evidente en él que necesitaba reflexionar sobre el papel de esta chica en la historia. En las novelas interacciona esporádicamente con el protagonista y sabemos que lleva una vida paralela, que tan sólo intuimos. Creo que es muy sensato por su parte desarrollar el personaje escribiendo sobre él. Lo que cuestiono es la necesidad de publicarlo. Creo que no responde más que a un interés comercial: Rothfuss es ahora un escritor de éxito y sus editores saben que cualquier parida que escriba se va a vender como rosquillas. Como por otro lado hace ya algún tiempo de su última novela y, como le ocurre a George R. R. Martin, la siguiente no tiene aún visos de ver la luz en un futuro inmediato, posiblemente la publicación de este relato tenga, por su parte, la finalidad de relajar un poco la presión editorial. Imagino que un escritor bien pagado tiene ciertas servidumbres. Pero el relato es simple y llanamente un coñazo. Son las notas personales para explorar el personaje, maqueadas un poco para darles forma de pesudorelato. Pero carecen por completo de interés. Es más: creo que su publicación es contraproducente porque en literatura, con frecuencia es mucho mejor sugerir que explicar (Cortázar se hartó de decirlo y de practicarlo en sus relatos): a veces una elipsis vale más que mil palabras. Rothfuss es tan plenamente consciente de esto que digo que se justifica dos veces en el libro: en el prólogo y en la nota final del autor. Y ya sabéis: excusatio non petita...

En definitiva: no sólo no recomiendo el libro sino que me arrepiento de haberlo leído. Por la pérdida de tiempo y por el exceso de información.