jueves, 25 de diciembre de 2014

Invernáculo, de Brian W. Aldiss

Este es un libro cuyo argumento prometía. En un futuro muy remoto la Tierra ha sincronizado su rotación con su traslación, con lo que tiene una cara siempre iluminada y otra cara siempre en la oscuridad. Además, el Sol, a punto de convertirse en gigante roja, ha aumentado su radiación hasta niveles letales. Ese mundo extremo está dominado por los únicos seres a quienes el exceso de radiación beneficia: las plantas. La cara luminosa se ha convertido en una densa jungla llena de toda clase de entes vegetales, en cuya umbría habitan los muy disminuidos animales y seres humanos, ahora presas fáciles de sus verdes depredadores. Durante una buena parte del libro Aldiss se dedica a explorar este extraño ecosistema. No diría yo que es un modelo de rigor científico, pero pasando por alto algún exceso el resultado es bastante interesante. Con la tecnología actual, se podría hacer una buena película sobre esta idea.


Aldiss es el conocido autor de la trilogía Heliconia, cuyo argumento también se sostiene sobre una ecología peculiar, en aquel caso motivada porque el planeta en cuestión orbita alrededor de una estrella que, a su vez, describe una excéntrica elipse alrededor de otra estrella mayor. De los tres libros sólo leí el primero: Primavera, pero me bastó para entender que el protagonista de las novelas es el ecosistema, y no los personajes que pululan, de los que lo mejor que puede decirse es que son anodinos. No puedo decir que no me gustara la novela, porque el mundo que describe también es interesante. Además, en aquel caso una serie de mitos describen, sin que nadie lo perciba, el singular ciclo vital del planeta, y la manera en que los humanos van desentrañando esos mitos está bien. Aun así, la falta de empatía con los personajes hizo que nunca acabara de animarme a continuar la trilogía (como sí hizo Renato, que fue quien la reseñó).

Invernáculo sigue el mismo tipo esquema. Tampoco aquí los personajes tienen interés alguno, y cuando digo esto quiero decir que te da igual que vivan o mueran; total, son intercambiables. El problema de esta novela, dejando a un lado los detalles científicos que chirrían aquí y allá, es que en un momento dado varios personajes inician un viaje (no intencionado) al lado oscuro (cuando uno de ellos es parasitado por un hongo inteligente...), y allí la novela entra en una fase mística que parece el resultado de una sobredosis de LSD y música de Pink Floyd (quizá algo de eso hay: la novela es del '62), que carece por completo de interés y que no lleva la novela a ninguna parte. Así que, sobrepasado un tercio de ella más o menos, lo que queda es, en la práctica (y salvo algún que otro hallazgo ecológico) prescindible. Resultado: un coñazo. Poca chicha que justifique la lectura y otra potencial buena idea que se va por el desagüe de la falta de norte narrativo. Pese a todo la novela ganó el premio Hugo (¡cómo se abusaba de las “drojas” en los sesenta...!).