domingo, 28 de octubre de 2012

La medida de la realidad, de Alfred W. Crosby

Alfred W. Crosby es un historiador del que ya he hablado en este blog. La obsesión de su vida, que confiesa en el prefacio de esta obra, es buscar la explicación al asombroso éxito del imperialismo europeo. En él nos dice de Imperialismo ecológico, su otro ensayo sobre el tema:
[...] mientras interpretaba mi papel de determinista biológico me importunaba la impresión de que los europeos obtenían resultados muy buenos, incomparables, enviando barcos que cruzaban los océanos con destinos determinados de antemano a los que llegaban dotados de un armamento superior [...]; de que eran más eficientes que nadie en la tarea de administrar sociedades anónimas e imperios cuya extensión y nivel de actividad no tenían precedentes; de que eran, en general, mucho más eficaces de lo que deberían haber sido, al menos al juzgarlos de acuerdo con sus propios precedentes y los de otros.
Y en efecto, aunque en Imperialismo ecológico argumenta de forma muy convincente acerca de la gran ventaja evolutiva que confería a los europeos su cohorte de animales, plantas y parásitos en las invasiones de tierras similares a Europa allende los mares, uno no puede evitar pensar si no se están subestimando demasiado las ventajas tecnológicas con que éstos contaban. Pero como el propio Crosby dice, la respuesta simple de que la ciencia y tecnología europeas eran superiores no se sostiene bien con el hecho de que las invasiones más importantes se produjeron antes de que la revolución científica hubiera siquiera empezado. La tesis de este libro es que no fueron la ciencia y la tecnología las que proporcionaron la ventaja, sino unos hábitos de pensamiento que llevaban gestándose desde la mitad del siglo XIV —los mismos que en última instancia causaron la revolución científica— y que los hacían especialmente hábiles en cuestiones administrativas y organizativas: los europeos pasaron de una concepción cualitativa del mundo a pensar en él en términos cuantitativos. Y esta revolución cultural, este cambio de mentalidad, no vino de la mano de hombres de ciencia, sino de artistas, artesanos, cartógrafos, burócratas, empresarios, banqueros y todo el resto de gente que “al pensar en la realidad, empleaba términos cuantitativos con mayor constancia que cualquier otro miembro de su especie.”

El libro se divide en dos partes. En la primera relata lo que denomina “el modelo venerable”, es decir, la concepción del mundo que existía a comienzos de la Baja Edad Media en Europa. Resulta la parte más difícil de entender, porque somos herederos de ese cambio de mentalidad que se describe en el libro y no concebimos otra forma de tratar con la realidad que no sea en términos cuantitativos. Y lo más peculiar del modelo venerable es la total ausencia de cuantificación. No se cuantificaba nada, ni tiempo, ni espacio, ni siquiera bienes comerciales —o al menos no en la forma precisa en que lo hacemos ahora—. La realidad estaba subyugada al pensamiento religioso hasta el punto de que nadie ponía en duda nada que estuviese en la Biblia, ni siquiera cuando la realidad insistía en contradecirla. Por ejemplo, nadie cuestionaba que Jerusalén era el centro del mundo, y todos los mapas de la época así lo reflejan. Ni siquiera los relatos de Marco Polo de las inmensas tierras al este de la ciudad sagrada hicieron a los cartógrafos alterar el dibujo de sus mapas. También dice la Biblia que el día y la noche tienen doce horas cada uno («¿No son doce las horas del día?» pregunta retóricamente Jesús en Juan 9:9), y así se dividían el día y la noche en la Edad Media, ya fuera invierno o verano. Las horas, por tanto eran flexibles. En realidad la llegada de una hora la marcaba el toque de campanas, y eso dependía bastante del estado de ánimo del monje encargado de la tarea. La hora nona, por ejemplo, sonaba al comienzo de la Edad Media sobre las tres de la tarde, pero como era la hora de comer de los monjes en los días de ayuno, fue retrocediendo poco a poco hasta llegar, en el siglo XII, a colocarse a mediodía —y este es, posiblemente, el origen de la palabra inglesa noon con que se designa este momento del día—. Las unidades de peso y medida eran “a bulto” y variaban de una región a otra. Pero eso no parecía perturbar a nadie, y nadie entendía en aquella época que las diferencias podrían dar lugar a un más que provechoso negocio.

Pero en medio de este mundo empiezan a suceder pequeños cambios que lentamente erosionan esta forma de pensar. Indudablemente, la difusión de los libros es uno de esos cambios. Pero va mucho más de lo obvio. Si uno se fija en un códice medieval compilado a mano podrá comprobar que la estructuración de las palabras es frases es muy distinta de la actual. Para empezar, no hay signos de puntuación y en muchos casos ni siquiera se separan las palabras. Esto responde al hecho de que la lectura se hacía entonces en voz alta, porque, como ya he comentado en otra parte de este blog, el propósito de estos libros era el de ser memorizados. Eran a la lectura de entonces lo que una partitura es ahora a la intepretación de un músico en un concierto: una simple guía para no perderse. Pero la aparición de las universidades y la necesidad de estudiar una buena cantidad de estos libros introduce dos novedades: la primera, la lectura silenciosa (¡sí, sí, como lo oís!, al parecer San Agustín menciona el hecho de que su  maestro era capaz de leer sin mover los labios, cosa que le tenía maravillado); la segunda, mucho más importante, la estructuración de los textos y los índices de contenidos. Puede parecer un invento trivial dividir el texto en capítulos, secciones, párrafos, etc., y elaborar con ellos un índice, pero son la diferencia entre el día y la noche a la hora de buscar algo en un montón de libros. En terminología moderna, los escolásticos inventaron el Google de la época. Con ello el conocimiento empezó a expandirse a un ritmo sin precedentes, que la llegada de la imprenta no hizo sino acelerar.

Por otro lado, en este mundo elástico aparece el reloj, y su invento es celebrado en todas partes con la adquisición de estos aparatos que empiezan a dividir el día de una forma rígida, como si el tiempo fluyese a un ritmo constante y no de la forma “blanda” con que lo hacía hasta entonces. El cambio en la manera de entender el tiempo que produjo el reloj fue tan radical que, entre otras cosas, disparó una revolución en la música. Dividir el tiempo en cuantos discretos fue la clave para la polifonía y, a partir de ella, para la notación musical y para toda la riquieza artística que se basa en ella y que ha hecho de la música occidental lo que es hoy.

Y al tiempo que el reloj se inmiscuyen en occidente los números arábigos y la nueva forma de calcular con ellos, de la mano de los empresarios comerciales que necesitaban administrar sus fortunas. Y con los números surgen las matemáticas, primero ligadas a problemas prácticos, pero luego cada vez más asociadas a una forma platónica de concebir el mundo. Y de la mano de las matemáticas, concretamente de la geometría, se introduce en pintura la perspectiva, y con ella el espacio pasa a ser cuantificado de la misma forma que lo está el tiempo, en cuantos discretos. El hallazgo es de tal magnitud que no solo se ve por primera vez la tercera dimensión en los cuadros del siglo XIV y XV, sino que a partir de Piero della Francesca se pueden incluso medir distancias en esa tercera dimensión.

La guinda a la revolución en la cuantificación del tiempo y del espacio que produjeron la música y la pintura es la aparición de la contabilidad, y con ella la capacidad de llevar adelante negocios complejos y dilatados en el tiempo. Como dice Crosby, los libros de contabilidad permitieron por primera vez a los mercarderes saber si sus negocios eran rentables o ruinosos. Y no es un disparate si uno piensa que un mercader de paño italiano, por ejemplo, tenía que comprar lana en Castilla, transportarla a alguna ciudad italiana, trabajarla e hilarla, tejerla en paño, teñirlo y confeccionar telas, y por fin llevarla a vender a distintos puertos del Mediterráneo. Y en todo este proceso se producían intercambios monetarios importantes dilatados en un espacio de quizá años. No hay cabeza humana capaz de llevar un negocio así de memoria.

Para finales del siglo XVI todos estos cambios habían obrado su efecto y tenían su fruto en la revolución científica, la heredera natural de la cuantificación del mundo. Pero para entonces el mundo europeo ya hacía tiempo que se había vuelto complejo y sofisticado, como consecuencia de una capacidad administrativa sin precedentes. Capacidad que había permitido a los europeos embarcarse en empresas de conquista y colonización a largo plazo, transportando tropas y pertrechos miles de kilómetros, y fundando colonias que replicaban la complejidad administrativa del viejo continente.

Y todo ello, por supuesto, con la ayuda de sus parásitos...