domingo, 21 de octubre de 2012

La bañera de Arquímedes, de Sven Ortoli y Nicolas Witkowski

La bañera de Arquímedes es una colección de 22 pequeños ensayos sacrílegos. Sus autores, los físicos y periodistas S. Ortoli y N. Witkowski, nos invitan a fisgonear el panteón de la ciencia con actitud irreverente, sin el más mínimo respeto por lo “sagrado”.

La ciencia, como toda actividad humana de semejantes dimensiones, posee su propia mitología, incluso su mística religiosa. Muchos científicos entienden su labor como la búsqueda del Santo Grial y se vuelcan en cuerpo y alma. Desprecian, por banal, cualquier actividad que no sea la gran empresa del conocimiento que es la ciencia. Así que, para mantener alta la moral de la tropa y asegurar la adhesión incondicional de nuevos aprendices de brujo se cuentan leyendas, se fijan lugares de culto y se adoran santos. Ortoli y Witkowski contrarrestan esta corriente con sentido del humor y preguntas irreverentes, como la de aquel niño, que al visitar el milagroso manantial de Lourdes, le preguntó al guarda: “Oiga, señor: ¿cuántos litros tiene la cisterna?”.

Las vidas ejemplares se forjan a partir la admiración sin medida de algunos historiadores de la ciencia, la imaginación entusiasta de los propios científicos al referirse a sus santos o las declaraciones de los santos mismos. En esta mitología, todos los gustos y tendencias tienen cabida, de modo que cada uno pueda escoger, a conveniencia, sus héroes. Por ejemplo, al respecto de los relámpagos de genio que sienten los grandes creadores, tenemos desde el estilo bíblico del matemático LaurentSchwartz: “Todas las noches creía haberlo conseguido, pero al rayar el nuevo día descubría de nuevo el error de los resultados que había obtenido en la víspera. Al séptimo día, finalmente, las murallas se derrumbaron”; al estilo hippye de Roland Moreno, el inventor de la tarjeta de crédito: “Tuve la idea una mañana al despertar, cuando encendía un porrete”.

Los autores analizan en sus ensayos, desde el sacrílego punto de vista del marketing y la iconografía, el éxito de términos como “Big-Bang” o la ecuación E=mc2 , el “¡Eureka!” de Arquímedes o la popularidad en nuestros tiempos de Leonardo da Vinci. Nos desmitifican algunos mitos clásicos como el de la manzana de Newton, el sueño de la serpiente de Kekulé o la tabla de los elementos químicos de Mendeleïev. O nos recuerdan cómo la ciencia también es injusta con algunos personajes de abnegación loable, como fue el caso de Bernard Palissy en su empresa por fabricar la cerámica.

Otros ensayos están dedicados más a una temática que a un personaje. Abordan el movimiento continuo, el mito de Frankenstein, el eslabón perdido, los agujeros negros, los premios Nobel, el lugar de Dios en la ciencia, el progreso científico y sus responsabilidades sociales o las seudociencias representadas por el número áureo de Matila Ghyka y los ovnis.

Un capítulo que me resulta especialmente sabroso, por cuestiones profesionales, es el dedicado a la mariposa de Lorenz. El caos determinista ha sido uno de los grandes hitos científicos del siglo XX. Lorenz tropezó literalmente con él mientras simulaba con ordenadores un modelo climático extremadamente simple. Detectó por una casualidad, que si cambiaba ligerísimamente las cantidades iniciales en uno de sus experimentos numéricos, los resultados variaban enormemente. Es lo que se conoce técnicamente como sensibilidad a las condiciones iniciales de las ecuaciones. Poco después de su descubrimiento, en 1972, Lorenz fue invitado a dar  una conferencia que tituló: ¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil desencadenar un tornado en Texas? Como dicen los autores del libro: “más que desencadenar un tornado, lo que desencadenó la mariposa brasileña fue una tormenta mediática. Confirmando, una vez más, que más vale una buen imagen que un montón de ecuaciones”. Desde ese momento el aleteo de la mariposa se convirtió en un ejercicio aéreo obligado de cualquier proyecto con algún asomo divulgativo. En la película Havana, Robert Redford nos explica cómo una libélula en el mar de China puede provocar un huracán en el Caribe. Y en Parque Jurásico, Jeff Goldblum suelta una majadería semejante con una mariposa china provocando una tormenta en New York. Lo destacable de este mito científico respecto a otros es su reciente parto. De modo que a los autores les ha sido relativamente fácil documentar su nacimiento y evolución. Como nos cuentan, la idea original no fue de Lorenz, que gustaba más de emplear una gaviota que una mariposa, sino de Philip Merilees, el organizador de la conferencia a la que hicimos referencia. Gran parte de la buena acogida del término tuvo como responsable al éxito editorial de Gleick con su libro La teoría del Caos. Gleick titula uno de sus capítulos El efecto mariposa. Desde ese momento la mariposa voló por su cuenta. Ortoli y Witkowski recogen en una tabla unas cuarenta referencias en la literatura científica, donde aparecen el hábitat de la mariposa, el lugar donde se produce la catástrofe climática y la referencia bibliográfica del relato. A partir de aquí hacen una reflexión crítica sobre la americanización (“estadounidensización” sería más correcto pero es menos pronunciable) actual de la ciencia y la pérdida de perspectiva histórica, que no tiene desperdicio.

El libro finaliza con un alegato a favor del regreso de las grandes discusiones científicas, que tiempos ha eran materia de debate entre los ciudadanos y ocupaban páginas importantes en los periódicos. La ciencia es ahora propiedad de un reducido grupo de especialistas y sus contenidos son cada vez más inaprensibles para el lego. Y como advierte Lévy-Strauss: si los conocimientos desbordan a la imaginación, se nos empuja de nuevo al pensamiento mítico. No es extraño, entonces, que asistamos a un paradójico auge de las seudociencias y al gobierno del PP por mayoría absoluta y minoría neuronal.