domingo, 9 de marzo de 2014

El arte de matar dragones, de Ignacio del Valle

Asistimos a una verdadera burbuja de las historias policiacas. Desde los tiempos de Agatha Christie y Conan Doyle, es un género que no ha parado de ganar adeptos; pero de unos años para acá, lo ha ido permeando todo, infiltrándose en otros géneros, invadiendo películas y series televisivas. Se han probado todo tipo de fórmulas, variantes múltiples de Sherlock Holmes o de Miss Marple, detectives neuróticos, con Asperger, videntes... El nombre de la rosa, abrió la puerta a detectives medievales, del Imperio Romano, de la Alemania Nazi... Y, por supuesto, se han explorado todas las nacionalidades: detectives griegos, carabinieri, la inundación de los nórdicos, los patrios picoletos, cubanos (para un post futuro) y, últimamente (el signo de los tiempos), también detectives chinos. Pues cuando parecía que ya todo estaba explorado, he aquí el primer volumen de otra saga detectivesca peculiar: la de Arturo Andrade, un teniente del servicio secreto franquista al término de la Guerra Civil. ¡Toma ya!

¿Qué me ha hecho leer esta novela en la que confluyen no pocos tópicos de nuestro imaginario colectivo? Pues como ocurre con frencuencia, varias casualidades. Una, que me gustó el título y el de la segunda entrega (El tiempo de los emperadores extraños); otra, el morbo de tan explosiva combinación, y por último, que mi asesora en esta parcela literaria y devoradora asidua del género (Lurdes), a quien se lo pasé en plan «prueba del algodón», me dijo que le había gustado mucho.

Para mi grata sorpresa, no se trata de un simple best-seller de crímenes (de intriga, para ser exacto, porque, aunque hay muertos, el caso va de encontrar un cuadro), sino de una novela compleja. El escenario tan peculiar; la ambigüedad del personaje de Andrade, nominalmente franquista pero con un pasado oscuro y unos actos que contradicen su militancia; la ambientación de la novela, en un Madrid que muestra todas las huellas que le ha dejado la reciente guerra; la obsesión que el cuadro genera en el protagonista, y hasta la longitud inusual del libro, convierten el relato en algo más (mucho más) que una novela de detectives.

Arturo Andrade es un teniente de la policía secreta, con fama de hábil resolvedor de casos difíciles, a quien se le encarga la búsqueda de El arte de matar dragones, una tabla renacentista que representa el mito del caballero que combate al dragón para rescatar a la princesa, y que desapareció en el traslado de las obras del Museo del Prado a Francia que llevaron a cabo las tropas republicanas para poner los cuadros a resguardo de los rebeldes. El encargo es una «razón de estado» y viene directamente de Serrano Suñer, el Cuñadísimo.

Pero la pintura en cuestión remueve en Andrade viejos fantasmas que le llevan a obsesionarse con el tema del caballero y el dragón, una obsesión que se agrava cuando el destino pone en su camino a la princesa: una puta adolescente de la que queda profundamente enamorado. Poco a poco, el relato de intriga va dejando paso al combate personal que sostiene Andrade con su dragón personal, por el amor imposible de su princesa, quien, por supuesto, no tiene ningún interés en ser rescatada de su lucrativa vida. En el sorprendente final del libro su conflicto hace crisis a la vez que se desvela el verdadero misterio que se oculta la desaparición de la tabla.

Todo un alarde de buen hacer, esta novela: personajes muy bien trabajados, una trama que mantiene el interés y está bien dosificada, un conflicto personal que lucha en interés con la historia principal... En resumen, una buena novela, atípica en el género, recomendable tanto para asiduos como para esporádicos (yo), e incluso para quienes no gustan particularmente del género. La saga va por su tercer volumen; ahora, yo os aseguro que tras el final de esta os va a sorprender que haya siquiera una segunda parte...