martes, 25 de marzo de 2014

Herejes, de Leonardo Padura

HEREJE. «(Del prov. eretge). 1. com. Persona que niega alguno de los dogmas establecidos por una religión. | 2. Persona que disiente o se aparta de la línea oficial de opinión seguida por una institución, una organización, una academia, etc. […]. | coloq. Cuba. Dicho de una situación: [Estar hereje] Estar muy difícil, especialmente en el aspecto político o económico.
Si he conocido a Leonardo Padura ha sido por Yuri, que se ha leído todas sus novelas. Padura es un escritor cubano, afincado en un pueblito cerca de La Habana, que se dio a conocer a través de una saga de novela negra (cinco o seis) protagonizada por un policía cubano llamado Mario Conde (nada que ver con el famoso banquero-delincuente, y perdón por la redundancia). Mario Conde es también el protagonista de esta novela, que nada tiene de negra. De hecho, cuando la novela arranca, ya hace diez años que Conde, «el conde», no ejerce, sino que se dedica a la compraventa de libros raros con un coleguita suyo, el Palomo, un personaje. Pero al conde lo busca, al comenzar la novela, el descendiente de un judío que vivió en La Habana hasta que emigró a Miami, poco antes de la llegada de Castro; y lo busca porque quiere que averigüe de su padre y de su relación con un cuadro ligado a su familia, que desapareció en los años 30 en La Habana y acaba de reaparecer en una subasta de Londres. El cuadro no es cualquier cosa: es un auténtico Rembrandt, un retrato de Cristo, cuya peculiaridad es aparecer representado con la cara de un judío joven. La cosa no es baladí, porque en el siglo XVII, un judío que posara para un cuadro, y para colmo prestando su rostro al Mesías de los cristianos, era una de las peores herejías concebibles entre la judería de la época.

De esto va el libro: de herejes; de tres herejes, en la segunda acepción de la palabra, que vivieron en tres épocas distintas y cuyos destinos quedaron ligados por ese cuadro; más el propio Conde, que «anda de lo más hereje» arrastrando su medio siglo por el triste panorama de La Habana actual.

La primera es la historia del padre del pintor que contrata a Conde para indagar sobre el cuadro; la historia de un niño judío, sacado por sus padres a tiempo de la Polonia de comienzo de los 30 y enviado a La Habana, donde se encuentra su tío, que tiene que ver cómo a sus padres y a su hermana pequeña —que viajan con el cuadro— se les niega el desembarco en la isla —y más tarde en Estados Unidos y en Canadá— y tienen que regresar a Polonia para morir en una de las cámaras de gas de Auschwitz. Un judío que reniega de su religión y de la comunidad que lo acoge para hacerse genuinamente cubano y que al final de su vida deberá renunciar a su cubanismo para reintegrarse en la comunidad judía, ahora afincada definitivamente en Miami.

La segunda historia cuenta la vida de un joven judío sefardí que vive en Amsterdam a mediados del siglo XVII, cuya pasión, absolutamente prohibida por su religión, es pintar, y que arriesga su vida para aprender a hacerlo de la mano del más grande pintor de Amsterdam: Rembrandt van Rijn. Una historia que Padura aprovecha para narrar los últimos años de la vida de Rembdrandt: sus desgracias familiares, sus problemas económicos y su lucha por defender su estilo transgresor frente a las exigencias más «comerciales» de la enriquecida burguesía amsterdaniense.

La tercera es la historia de una emo cubana que ha desaparecido recientemente y que una amiga suya —en realidad emparentada con el pintor que contrata a Conde en la primera historia— le pide que busque. La subcultura emo le sirve aquí a Padura para profundizar en otra clase de herejía: la de una juventud que ha crecido en la hipocresía y la mentira y que busca la evasión a través de la confusa «filosofía» emo, como alternativa a agarrar una balsa y salir de la isla a la desesperada.

Tres historias magistralmente narradas, con tres estilos distintos, hábilmente trenzadas a través del misterio del cuadro, con un habilísimo juego temporal y con unos personajes magníficamente construidos. Padura, quien al parecer no sabía nada de judíos y ha tenido que leer mucho y documentarse bien para esta novela, realiza una inmersión magistral en la cultura judía, hasta el punto de que consigue introducirse, de manera muy convincente, en la psicología, no ya de los judíos de a pie, sino incluso en la de los rabinos (que tiene mérito...). Al mismo tiempo, usa la primera historia (que arranca de un hecho real, el rechazo de Cuba al desembarco de los judíos que huían de Hitler), para hacer un retrato de la Cuba mítica: la de los años 40 y 50, y la tercera para contrastarla con la desoladora Cuba actual. Y todo ello aderezado por los toques de humor aquí y allá de los coleguitas del conde, quienes le siguen fieles en su deambular vital. Y a mí, en particular, me mola el contraste entre la narración «seria» y cuidada de los capítulos dramáticos y el habla cubana de los amigos del conde en los interludios («Coño, man, tienes tremenda cara de mierda», a pronunciar mielda).

No sé qué tal serán las novelas de la saga policial. Mi asesora y experta en estos temas me dice, tras leerse la primera, que es un estilo cutre y chungo, a lo Dashiel Hammet (lo que quiere decir que a ella no le ha gustado). Sin embargo, esta es un pedazo de novela que vale cada una de las más de 500 páginas que tiene. Me ha dejado ganas de leer más cosas de Padura.