domingo, 26 de agosto de 2012

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia

El premio Rómulo Gallegos es un prestigioso galardón que han recibido escritores como Mario Vargas Llosa, por La casa verde (1967), Gabriel García Márquez, por Cien años de soledad (1972), Carlos Fuentes, por Terra nostra (1977), Javier Marías, por Mañana en la batalla piensa en mí (1995), o Roberto Bolaño, por Los detectives salvajes (1999). Por la calidad de los autores y de las obras premiadas no cabe duda de que se trata de un premio importante que hay que tomarse en serio.

En 2011 el galardón lo recibió el argentino Ricardo Piglia, por esta “novela policiaca”. Y en efecto, no le falta de nada: crimen, detective peculiar, misterio, resolución original... Pero en esta novela el esquema policiaco no es más que la cáscara que envuelve, en realidad, una novela muy distinta, que habla de la Argentina rural, de sus viejas jerarquías basadas en la posesión de grandes haciendas, y del ascenso al poder de la clase política arribista, corrupta y sin escrúpulos, que desplazó a los terratenientes a base de especulación inmobiliaria y que terminó hundiendo el país en la miseria (suena familiar, ¿verdad?).

La novela está construida sobre personajes muy sólidos y sobre sus historias. Casi todos forman parte de o están ligados a la familia de un rico hacendado cuyo abuelo fundó el pueblo cuando fue enviado al sur de la provincia de Buenos Aires por la compañía del ferrocarril. Su pasado y sus complejas relaciones se nos desvelan poco a poco en la novela, y es en esas historias que los vinculan donde hay que buscar las claves que explican el crimen: la muerte de un forastero que ha venido al pueblo, al parecer, siguiendo a las hijas (gemelas) del hacendado. Como en el pueblo todos están al cabo de la calle, al detective no le cuesta mucho resolver el crimen (cosa que hace ni terciada la novela) y descubrir que el fiscal quiere cargarle el marrón a un chivo expiatorio. Y en efecto, halla al culpable, pero no tenemos ni idea de qué ha ocurrido realmente ni por qué, y nos quedamos sin saberlo porque el fiscal lo aparta del caso. A partir de ahí, nuestra única opción para entender lo que ha pasado (o sea, cuáles son las claves del pasado del pueblo que todo el mundo conoce y que llevan a la ejecución del crimen) es un periodista de un periódico de Buenos Aires que es enviado al pueblo a cubrir la noticia del asesinato.

En el aspecto formal destacan dos cosas: la alteración del tiempo del relato y el tratamiento de los personajes. En efecto, el tiempo de la novela es peculiar. Desde el comienzo asistimos en paralelo, por un lado, a la historia del finado, su llegada al pueblo, su asesinato, la investigación, la resolución, la llegada del periodista y lo que poco a poco va averiguando relacionándose con los principales actores del drama —es decir, la narración lineal—, y por otro lado, a una conversación clave que mantiene el periodista con una de las hijas gemelas del hacendado donde se van desvelando poco a poco claves importantes del asesinato; una conversación que, en realidad, tiene lugar casi al final del libro.

En cuanto a los personajes, están construidos con un mimo exquisito. Son profundos, distintos, cada uno con sus motivaciones, su pasado, sus relaciones con los demás... Son reales. Esta es la mejor baza de la novela. Cuando nos hablan, sus historias nos interesan por sí mismas, y no solamente por su relación con el crimen.

En definitiva, una novela de crímenes que parece “literatura seria”, o una novela seria en un envoltorio “de crímenes”. Sin duda merecedora del prestigioso premio, y ciertamente muy recomendable (tanto para tumbona como para sillón).