viernes, 10 de agosto de 2012

Muerte de una heroína roja, de Qiu Xiaolong


Después de terminar Límite, de Frank Schätzing, donde el autor imaginaba una China en 2025, pero describía parte de la trayectoria de la misma —las represiones, la revolución cultural, etc.—, decidí leerme una novela ambientada en China. Entonces recordé esta novela que, por cierto, fue unas de las primeras que tuve en formato electrónico (incluso antes de comprarme el kindle). Esta es su contraportada:
Muerte de una heroína roja es mucho más que una historia de detectives. Es un elegante retrato de la verdadera vida en la China hoy, llena de contrastes y contradicciones, dividida entre las tentaciones capitalistas y la hegemonía tambaleante del Partido. Una radiografía sutil de la China de la transición, captada a través de una multitud de historias particulares, y una apasionante inmersión en la historia, la cultura, la tradición poética y gastronómica, y la vida cotidiana de la sociedad china.
La historia comienza como sigue: dos amigos que estudiaron juntos en el instituto se reúnen después de muchos años y se van a pescar como antaño. Uno es físico nuclear y el otro es capitán de un barco que patrulla el río. Este último decide buscar un sitio limpio, pues el río está asqueroso y termina en una laguna perdida (es curioso cómo decide buscar una justificación para, en caso de que los pillen, poder explicar qué hacía en un sitio lejos de su ruta de vigilancia). Estando en su charla y pescando, algo se enreda en la hélice. Cuando el capitán baja descubre una chica muerta dentro de una bolsa plástica negra. A partir de ahí comienza la historia en serio. Los personajes principales son: Chen, el inspector jefe de la sección de asuntos especiales, encargado de la investigación; Yu, su ayudante; Yu y Wang, los amigos de Chen; Li el secretario del Partido; Zhang, el comisario a punto de retirarse…

La chica en cuestión es una trabajadora modelo de rango nacional (lo que llamaban en Cuba, por ejemplo, trabajadora vanguardia nacional) de Shangai que, por supuesto, vivía y moría para el Partido, al menos de puertas afuera. De puertas adentro… mejor me lo guardo. El caso es que le asignan el caso a Chen, pues es un caso obviamente político y eso le puede ayudar en su carrera. De hecho, quien asigna los casos (vamos, quien corta el bacalao en la comisaría) es el Secretario del Partido Li y es un “reformista”, a diferencia de Zhang, que es un conservador maoísta. Hay que destacar que, desde mi punto de vista, la investigación policial es simplemente el gancho que usa el autor para contarnos otra cosa: cómo estaba cambiando China en 1990. Y en eso, dada mi propia experiencia personal, el autor lo consigue. No sé hasta que punto un joven lector de estos días pueda comprenderlo. 

El autor nos cuenta cómo el Partido Comunista Chino da un vuelco a su política económica permitiendo la aparición de empresas privadas pero manteniendo un férreo control político (un único partido, el comunista, y nada de manifestaciones). Eso llevó a todo un problema moral a la sociedad. Por un lado están los veteranos (el comisario Zhang, por ejemplo) que piensan que ello constituye una ruptura con las enseñanzas de Mao y una traición al pueblo. Por otro están los reformistas (el secretario del Partido Li, por ejemplo, que defiende a Chen cuando aparecen los primeros problemas) que ven por una vía de desarrollo y dejar la anquilosada sociedad maoísta, pero por supuesto que no quieren que se toquen sus intereses. Lo mejor es cómo lo viven los chinos de a pie. Eso lo cuenta muy bien con fantásticos personajes secundarios: el padre de Yu, la madre de Chen, por ejemplo. Otra cosa que me gustó es cómo cuenta la forma de funcionar del Partido y consiste en lo que suelo llamar “la teoría de los pequeños privilegios” que han usado en todos los países mal llamados socialistas. En Cuba y en la URSS era el pan nuestro de cada día, pero lo que cuenta Qiu Xiaolong aquí supera con creces lo de Cuba o la URSS y seguramente es cierto por una única razón: el número de habitantes en cada uno de estos países. 

Describiré algunos ejemplos, y aquéllos que conocen cómo funcionan muchas de las cosas en Cuba (aunque con la dolarización de la economía cada vez es menos) o cómo eran en la extinta URSS podrán apreciar las semejanzas. Por ejemplo, nos explica como se asignan los apartamentos, donde en el baremo lo que más pesa es obviamente los méritos políticos del candidato y por supuesto cuan bueno es su enchufe en el sistema, al margen de que el candidato en cuestión tenga mujer e hijos (como es el caso de Chen que es soltero y vive solo, y no Yu que tiene mujer e hijo y vive en una habitación de 11 metros cuadrados en casa de su padre). Otros ejemplos de los pequeños privilegios que cuenta su autor es cómo Chen consigue comprarle una tele a su madre a precio oficial, no de mercado, o cómo se las arregla para que su madre se quede con su teléfono cuando él se muda a su nuevo flamante piso de soltero. Eso me trajo no muy gratos recuerdos de mi niñez-juventud. Otra cosa que describe estupendamente es cómo viven los altos cargos del Partido, y lo que es más interesante, cómo viven sus hijos. 

La novela está bien escrita, los personajes son más que creíbles, y representan muy bien a los tipo de personas que he conocido tanto en Cuba como en la URSS, por lo que se me hacen muy creíbles. Todo ello lo salpica el autor con fragmentos de poesía china (Chen es un afamado poeta, ya que estudió Literatura y se especializó en Lengua inglesa) y descripciones gastronómicas. El final del libro es curioso y cualquier cosa que diga puede estropearlo. 

Es sin duda un buen libro, y más aún para los momentos de ocio cuando nos queremos despejar del día a día. Sin duda leeré más cosas de este autor y ya tengo en mi lista varias de las secuelas del mismo. Que lo disfrutéis.