sábado, 19 de mayo de 2012

El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza

Cuarta entrega de la saga del detective loco (cuyo nombre sigue siendo un enigma) que protagonizó El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras. Quienes hayáis leído esas novelas ya sabréis de qué va esta: un misterio más o menos absurdo es resuelto por nuestro protagonista de una manera rocambolesca creando infinidad de situaciones grotescas y ridículas e interaccionando con personajes pintorescos, extraídos normalmente de entre lo más tirado de la sociedad. Esa descripción se ajusta a cualquiera de las cuatro entregas. Lo que diferencia a las dos primeras de las dos últimas es el paso del tiempo.

Tras el rotundo éxito de la primera, que apareció en 1979, la segunda vio la luz en 1982. Pero entre esa y la tercera mediaron 19 años, y entre la tercera y este último episodio han pasado 11. Entre esas tres épocas hemos cambiado todos: Mendoza, nosotros y el mundo, y eso, necesariamente, se nota en sus novelas. Las dos últimas ya no tienen la frescura de las dos primeras, pero lo que han perdido por ahí lo han ganado en ironía y sarcasmo. No se puede decir que las novelas sean realistas, en multitud de ocasiones la realidad bordea la caricatura, pero como toda buena caricatura, es a la vez retrato y crítica. A través del desfile de personajes y situaciones reconocemos las épocas y sus problemas. Así que en esta que nos ocupa tenemos la crisis de fondo y por ella pasan bazares de chinos, estatuas vivientes, chamanes espirituales y hasta Angela Merkel.

Aunque sean caricaturas (o tal vez por eso) los personajes son muy buenos. Hay un chino, el padre del dueño del bazar de la peluquería que regenta nuestro personaje, que es mi personaje favorito. Es el viejo chocho, chino a caballo entre oriente y occidente, que se las sabe todas y le saca punta a cualquier situación. Es como un señor Miyagui, pero mucho más gracioso. Las situaciones, absurdas en todo, en su planteamiento, en su desarrollo y en su resolución, a veces son tan graciosas que me han hecho reír (cosa que raramente me ocurre con un libro). Al final, como ocurre con El gran Lebowski, la trama es lo de menos.

Una de las características más graciosas del protagonista de estas novelas es su retórica barroca. Como están narradas en primera persona, eso hace que la novela esté contada con un lenguaje absurdo, totalmente inapropiado al relato. Es uno de los mayores logros de estas novelas y uno de los elementos que las hacen más cómicas. Por ejemplo, así comienza la novela:
Llamaron. Abrí. Nunca lo hiciera. En el rellano, con la mirada fiera y el gesto intrépido adquiridos tras largos años de férreo adiestramiento bajo la férula de inhumanos sargentos, un funcionario de correos blandía una carta certificada dirigida a mi nombre y domicilio. Antes de coger el sobre, acreditar mi identidad y firmar el volante, traté de zafarme alegando que allí no vivía tal persona, que si hubiera vivido allí, ahora estaría muerta y que, por si eso fuera poco, el difunto se había ido de vacaciones la semana anterior. Ni por ésas.
Ese es el tono. En Mendoza se reúnen tres cosas: un magnífico manejo del castellano, un habilidad para la comedia poco usual (su anterior novela, Riña de gatos, es una de las más divertidas que he leído nunca) y una gran empatía con el lector. Por eso, por lo general, ninguna de sus novelas defrauda, y varias están entre las mejores novelas contemporáneas. Así que esta la tenéis que leer. Vais a pasar un buen rato.