sábado, 19 de mayo de 2012

Imperialismo ecológico, de Alfred W. Crosby

Antes de que llenéis esta entrada de comentarios dejadme que os aclaro algo: este libro se escribió antes que el de Jared Diamond. El libro, a caballo entre la investigación histórica, ecológica y paleontológica, y con una buena dosis de darwinismo, trata de responder a una pregunta: ¿por qué el mundo está plagado de lo que el autor llama "Nuevas Europas"? Es decir, lugares alejados geográficamente de Europa pero, por latitud y clima similares al Viejo Continente, y cuya población y biota es mayoritariamente de origen europeo. El autor se refiere a Norteamérica casi hasta el Trópico de Cáncer, al Cono Sur dede prácticamente el Trópico de Capricornio, a Australia, Nueva Zelanda y algunas islas o archipiélagos dispersos, como Islandia, Madeira o las Canarias.

La mayor capacidad tecnológica, aunque proporcionó —qué duda cabe— algo de ayuda, no es determinante, como el autor se encarga de aclarar desde el principio, contando los fallidos intentos de colonización en torno al año 1000, a saber, el de los vikingos en Canadá (la Vinland de las sagas) o el de las Cruzadas en Palestina, o los fracasados intentos de colonizar (esto es, establecer una población permanente de colonos) África —con la posible excepción de Sudáfrica—, o de establecer colonias en Asia. Para el autor la clave está en la revolución Neolítica, según él la mayor revolución que ha conocido la especie humana y de la que la aparición de las Nuevas Europas no es más que uno de sus últimos efectos. Porque en verdad estas Nuevas Europas se han convertido en la reserva alimenticia del mundo, alterando las relaciones geopolíticas radical y definitivamente; hasta tal punto, nos dice el autor al final del libro, que cualquier catástrofe que ocurra en ellas tendrá repercusiones dramáticas a escala planetaria.

Todo este planteamiento queda expuesto en el capítulo introductorio, cuyo colofón es esta frase, que lo resume todo y que cito aquí porque me ha encantado:
Hace unos 3.000 años, milenio más o menos, «supermán», el hombre civilizado de Oriente Medio, había hecho su aparición sobre la faz de la tierra. No era un ser de músculos potentes, y ni siquiera era potente su cabeza. Sabía cómo conseguir excedentes de alimentos y de fibras; sabía cómo domesticar y explotar diversas especies animales; sabía cómo utilizar la rueda para hilar una hebra, fabricar una olla o trasladar cargas apartosas; sus campos estaban plagados de cardos y sus graneros de roedores; sentía punzadas en los senos cuando el tiempo era húmedo, tenía problemas repetidamente con la disentería, una enervante legión de gusanos, una impresionante variedad de mecanismos genéticos de adaptación a enfermedades antiguamente endémicas en las civilizaciones del Viejo Mundo, y un sistema inmunológico de una tal sofisticación, que le convertía en el modelo a seguir por todos los seres humanos que se vieran tentados u obligados a proseguir el camino abierto por él hace 8.000 o 10.000 años.
Este es el personaje que, tras los intentos fallidos ya mencionados, en el siglo XV, tecnología naval mediante y empujado por la presión demográfica y las desigualdades económicas del Viejo Mundo, se lanza a cruzar las enormes simas que fraccionaron la antigua Pangea y a plantar la semilla de las que se convertirían, en algunos casos en menos de un siglo, en Nuevas Europas.

En este punto el libro se centra en los aspectos históricos. Hace primero un relato de los fracasos de vikingos y cruzados y de sus causas (en el caso de los vikingos, éstos eran una pobre versión de hombres neolíticos; en el caso de los cruzados, se movieron en dirección contraria: hacia la cuna del Neolítico), y después se centra en los primeros éxitos colonizadores: Madeira y las Canarias. En ellos se describen las pautas de la invasión, no solo humana, sino del ecosistema europeo (de eso va el libro). Habla de cómo la vegetación se transforma, conducida por cultivos y sus malas hierbas, ayudadas éstas, además, por el pastoreo de los animales de granja (cerdos, vacas, cabras, ovejas, caballos, burros...). Y, cómo no, describe cómo los microorganismos actúan sobre las poblaciones indígenas como si se tratase de armas bacteriológicas. Ahí residen las claves del éxito de las invasiones europeas, mucho más que en su superior armamento o tecnología, que a menudo tardaron poco en ser adoptadas por los indígenas.

En los siguientes capítulos el autor nos cuenta, primero, cómo aprendieron los europeos a cruzar las simas de Pangea (un capítulo sobre los vientos en los océanos y su uso en la navegación que me ha resultado de lo más revelador), y después, cómo se produjeron las sucesivas invasiones, esta vez sin centrarse en concreto en ninguna, excepto en Nueva Zelanda, que por ser la más tardía es de la que hay más datos. Estos capítulos son los más tediosos, porque el autor, como buen historiador, documenta cada afirmación que hace con todos los ejemplos que conoce que la apoyan, de manera que hay pasajes en los que uno, ya convencido del argumento, está deseando que termine la prolija enumeración de casos y que pase a otra cosa.

Termina el libro con un capítulo de reflexión de las causas de las invasiones descritas y la "europaformación" de los nuevos territorios. Es uno de los más interesantes, porque, como a lo largo de todo el libro nos va dejando claro, el misterio que dejan todas estas invasiones (misterio que llamó la atención del propio Darwin) es que el intercambio con las colonias no supuso un intercambio en los dos sentidos, sino que invariablemente hubo trasvase de Europa hacia afuera pero no a la inversa. Frente a la facilidad con que se propagaron las malas hierbas europeas por otros continentes, choca que apenas hubiese invasiones de malas hierbas foráneas en Europa. Frente a la continua difusión de epidemias por las poblaciones indígenas, resulta llamativo los pocos gérmenes extranjeros que llegaron a Europa. O las pocas plagas de insectos o ratas y alimañas extranjeras que se asentaron en el Viejo Continente (las pocas que lo hicieron vienen más bien de zonas tropicales). La solución al misterio tiene que ver con la forma en que las poblaciones indígenas llegaron a los lugares que ocupan las acuales Nuevas Europas y el aislamiento en que vivieron hasta la llegada de esta segunda oleada. No os revelo más (aunque tampoco es difícil de imaginar el resto) para que el libro tenga cierto suspense, si lo queréis leer. Y si no, tendréis que preguntarme la próxima vez que nos veamos ante unas cervezas.