domingo, 7 de abril de 2013

El vigilante de la salamandra, de Félix J. Palma

Este es un autor del que he hablado en varias ocasiones en este blog. De hecho, con una novela suya (El mapa del tiempo) echó a andar hace casi tres años. De cómo escribe ya he dicho cuanto había que decir en todas esas entradas. De que me gusta no cabe duda a estas alturas, dado que este es el quinto libro suyo que comento en este blog. Sólo recordaré aquí que es, fundamentalmente, un autor de cuentos. Tiene mucha imaginación y una gran habilidad para mezclar realidad y fantasía, elementos ambos que van de coña para escribirlos. Es más: sus novelas, o bien parecen cuentos largos, o bien (como El mapa del tiempo) son varios relatos entrelazados, pero en realidad independientes. A mi juicio, uno de sus libros más logrados (aparte de la mencionada novela, que lo lanzó como autor de éxito) es, precisamente, un libro de relatos: El menor espectáculo del mundo. Tiene en él cuentos memorables. El libro que traigo hoy es, también, un libro de cuentos.

Curiosamente estoy siguiendo su carrera literaria al revés. Bueno, tal vez no tan curiosamente, porque empecé por su mayor éxito y he ido tirando del hilo. Cuanto más retrocedes, más cuesta encontrar los libros. Este, en concreto, solo lo he encontrado en papel y en una librería de Malasaña que tiene libros descatalogados, ya que se trata, al parecer, del primer libro que publicó. En los cuentos que lo componen ya se aprecian los elementos que caracterizan las historias de este autor y su estilo, pero están, digamos, en un estado primitivo. Prácticamente todos los relatos tienen un elemento fantástico que altera la realidad cotidiana. Algunos son bastante originales, otros menos (y alguno hay que es francamente aburrido). Pero en ese aspecto el libro se deja leer bastante bien. Lo que he encontrado un poco cargante es el estilo. Palma tiende un tanto al barroquismo, eso ya lo sabía, pero en sus últimos trabajos eso está bastante controlado y en ocasiones resulta incluso simpático. Pero en este libro el estilo no está tan pulido y, además, probablemente adolece del defecto del principiante de querer usar toda la artillería estilística para impresionar. El resultado es francamente recargado; empalagoso en ocasiones.

Así pues, El vigilante de la salamandra no tiene la calidad que encontré en El menor espectáculo del mundo (de hecho, leyendo los dos se nota cómo el autor ha aprendido a escribir por el camino), pero aun así no carece de méritos y, aguantando un poco la respiración, se deja leer bastante bien. Está claro que seguiré posteando sobre este autor.