sábado, 13 de abril de 2013

Marciano, vete a casa, de Fredric Brown

Luke Deveraux es un exitoso escritor de ciencia ficción que en las primeras horas de la noche del jueves 26 de marzo de 1964 se encuentra bebiendo solo en mitad de la nada, en una cabaña que le ha prestado un amigo con el fin de que tenga la tranquilidad mental como para romper el bloqueo que le impide encontrar un argumento para su nueva novela, de la cual ya prácticamente se ha comido el anticipo que le había dado su editor. Bebe de forma rutinaria, tanto para olvidarse de su agustiosa situación, como para liberar la mente y dejarla que encuentre el ansiado argumento. Se ha obligado a leer y está comenzando su segunda copa.
Y quizá porque no la perseguía, estaba mucho más cerca de la idea de un argumento de lo que lo había estado en mucho tiempo. Se hallaba vagamente pensando qué sucedería si los marcianos... Llamaron a la puerta. [...] Se repitió la llamada, más fuerte. Luke se acercó a la puerta y la abrió, mirando hacia el desierto iluminado por la luna. En el primer momento no vio a nadie; luego miró hacia abajo. «¡Oh, no!» dijo. Era un hombrecillo verde, de unos setenta y cinco centímetros de altura. «Hola, Mack» dijo el hombrecillo. «¿Es esto la Tierra?»
En efecto, los marcianos han llegado a la Tierra y son los hombrecillos verdes que pinta la ciencia ficción cutre. No sólo eso: hablan perfectamente inglés (y cualquier otra lengua del mundo), han venido por millardos, se pueden materializar instantáneamente en cualquier parte, son intangibles y su bordería no conoce límites. En pocas horas se sabe ya todo esto y algo más. Algo terrible. Los marcianos pueden ver en la oscuridad y tienen visión de rayos X, así que lo pueden ver todo. Y no sólo eso: parecen dispuestos a que nadie pueda mentir ni guardar ningún secreto.

Leen cartas y documentos confidenciales, oyen todas las conversaciones, desmienten a cualquiera que intente engañar y ponen en evidencia a cualquiera que tenga algo que ocultar. El caos que eso genera es el cuerpo central de la novela. Se produce una tremenda crisis económica que convierte a la de 1929 en una “pequeña desaceleración”. La industria audiovisual se va al carajo porque los marcianos no paran de dar por saco en las retransmisiones. Con ella se va toda la industria del espectáculo (incluidos los deportes) y la del automóvil (es prácticamente imposible conducir con marcianos tapándote el parabrisas u ocultando obstáculos en la carretera). La guerra fría se va también al guano porque todos los secretos quedan a la luz. Incluso cae la natalidad porque... ¿quién puede follar con unos marcianos alrededor comentando la jugada?

Indudablemente la novela es una comedia. Una parodia (prestigioso género al que pertenece el Quijote). Su valor se comprende mejor si uno piensa que está escrita en 1955, la Edad de Oro de la ciencia ficción, la de los grandes autores, en la que ya se habían explorado todas las formas de invasión alienígena y en la que los argumentos se estaban decantando hacia la reflexión filosófica, liderada por el gran maestro: Ray Bradbury. Eso puede explicar el gran éxito de esta novela. Cuando un género está maduro, la parodia cae como agua de mayo.

Vista desde ahora, la novela ya no tiene la frescura que debió de tener cuando se publicó. Primero, ya no se escribe ciencia ficción como en los 50, de modo que el estilo resulta arcaico. Segundo, estamos hartos de ver películas cuyos argumentos solapan en buena medida con el de esta novela (¿a nadie le han venido a la mente los gremlins?), posiblemente heredados de ella, pero lamentablemente le quitan originalidad. Tercero, la novela es un poco ingenua en su desarrollo. Le falta un punto de mala leche, de humor negro, porque el argumento lo pide. Hoy se habría escrito de otra forma.

Con todo resulta una novela entretenida, sin pretensiones y fácil de leer (es muy corta, además). Pero os prevengo: no os creáis una palabra de los que dicen haberse desternillado de risa leyéndola.