lunes, 11 de abril de 2016

La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne (trad. de Javier Marías)

De la compleja relación de amor-odio que a lo largo de la historia han mantenido España e Inglaterra —y uno de cuyos más recientes episodios ha sido el «troleo» de ForoCoches— una de las cosas que tenemos que agradecerles es haber salvado para la posteridad la que unánimemente se considera nuestra mejor novela. Porque por mucho que ahora se la venere como la obra maestra de nuestra literatura, la génesis de la novela moderna, la más grande historia jamás escrita, resulta que el Quijote no tuvo en nuestras letras ninguna repercusión. Por sorprendente que nos resulte, el Quijote NO creó escuela. No en España, al menos. La novela de Cervantes empezó a ser leída con curiosidad e interés a raíz de que los románticos la rescataran, intrigados por los elogios que de ella hacían los ingleses. Pero para entonces la novela ya era otra cosa, y la tradición que recogieron nuestros novelistas venía de Francia en la forma del «realismo». Así pues, la anécdota de Borges sobre el Quijote —del que decía que era «una mala traducción» del inglés, la lengua en que lo leyó en su infancia— no carece de cierta justicia.

Quienes sí supieron entender el Quijote y asumir sus premisas fueron los ingleses (y, curiosamente, también los franceses; la tradición de Cervantes volvió al castellano muy tarde, casi en el siglo XX, y lo hizo desde el otro lado del Atlántico). Y de entre todos, el mayor exponente de la escuela cervantina inglesa es Laurence Sterne. Fue él quien entendió como nadie la propuesta lúdica que hacía el Quijote y la llevó a sus últimas consecuencias, fundando con ello las bases de toda la novelística moderna.

Laurence Stern era un párroco protestante de York del siglo XVIII, famoso por sus sermones —vaciaba la iglesia cada vez que subía al púlpito—, por su sarcasmo y por su fino sentido del humor. Había publicado sólo cosas menores cuando se embarcó en este proyecto de novela seriada en nueve volúmenes, y tras publicar los dos primeros en 1760 se convirtió en una celebridad mundial. Eso sí, su club de fans era tan grande como el de sus detractores. Porque la «novela» se las trae...

Y es que, aunque técnicamente se habla de ella como de una novela, esta obra subvierte todas las convenciones de la novelística, hasta el punto de que cuesta reconocerla como tal. Empezando por el título, el primer macguffin de la historia de la literatura. Porque «opiniones» sí, pero «vida» del caballero Tristram Shandy... Más allá del nacimiento y un viaje a Francia ya de adulto, nada más sabemos de su vida. Bajo ese título, que sugiere una autobiografía llena de aventuras, se esconde una obra que en rigor podría haberse titulado «El arte de la digresión». Al principio parece que el relato va a seguir la cronología lineal que se espera de una autobiografía (lo primero que Tristram nos empieza a contar es cómo fue concebido), pero enseguida se da uno cuenta de que aquello no va por ahí. Frase tras frase el relato se interrumpe con una digresión, que a su vez interrumpe con otra digresión, etc. El propio estilo, lleno de frases complejas, con subordinadas, acotaciones entre paréntesis, paréntesis dentro de paréntesis, etc., es digresivo. Hay, en esta forma de narrar, un intento de ridiculizar la extravagancia inglesa tan característica de este siglo. En concreto, las increíbles asociaciones que hacen aparecer las continuas digresiones son una ridiculización explícita del proceso mental por asociación de ideas que Locke expone en su Ensayo sobre el entendimiento humano (obra que aparece citada repetidas veces). Es, de hecho, una simpática asociación de ideas —de la madre de Tristram durante su concepción— lo que da comienzo al libro y a la primera de las infinitas digresiones que lo componen (y marca el tono, humorístico y lleno de referencias sexuales, que tendrá la novela).

Pero no es sólo el estilo: los personajes resultan muy cómicos por sus increíbles extravagancias. El padre de Tristram, Walter Shandy, es un tipo con una incontinente elocuencia que mantiene opiniones disparatadas sobre cualquier tema y que gusta de discutirlas usando una dialéctica típica de la escolástica (hoy día sería un «cuñado»). El tío Toby —trasunto del padre de Sterne— es un soldado herido en la ingle durante la batalla de Namur (herida cuyas «consecuencias» serán el leitmotiv de su historia de amor con la viuda Wadman en último volumen del libro) que, junto con su inseparable criado, el cabo Trim, se dedica en cuerpo y alma a recrear el arte de la fortificación militar en su propio jardín. Es un personaje también entrañable, sensible hasta la exageración y muy gracioso, a quien casi cualquier cosa le trae a la memoria algún asedio, asalto o batalla. El párroco Yorick, alter ego del propio Sterne, dotado de un espíritu práctico muy sanchopanciano; la madre de Tristram y sus peculiares cláusulas nupciales; los criados; el doctor Slop, obstetra incompetente y petulante que se jacta de estar a la última en adelantos técnicos... La galería de personajes no descuida ningún aspecto satirizable del ser humano.

Como consecuencia de la forma digresiva de narrar, la cronología de la novela es disparatada. De los nueve volúmenes que la componen (casi 1000 páginas) ¡el nacimiento de Tristram ocupa cuatro! Para cuando ha nacido queda claro que aquello no puede de ningún modo relatar la vida de Tristram Shandy (algo con lo que el propio protagonista bromea en algún momento del libro, refiriéndose a que la descripción de un solo día le lleva un año de escritura). El disparate es tal, que un volumen puede acabar en mitad de una frase de uno de los personajes (interrumpida por alguna digresión, claro), que se retoma al empezar el volumen siguiente.

El libro es autorreferente, metaliterario, dialoga con los lectores, contiene páginas en blanco, en negro, marmoladas, capítulos de una sola frase, vacíos, cambiados de orden... (por tener, tiene hasta un tema musical recurrente). Es decir, contiene todo lo que uno esperaría de una novela posmoderna del siglo XX, pero está escrita en el siglo XVIII. De ella se ha dicho que es la primera novela posmoderna, compuesta antes siquiera de que se inventara el modernismo. Esa es su característica más destacable, y con la que muchos autores del siglo XX (James Joyce, Virginia Wolf, Samuel Beckett...) están en deuda. La otra, la que más lo liga a Cervantes, a Rabelais, a Swift (a quienes cita constantemente), es su sentido del humor. Aparte de los personajes (cuya comicidad es evidente), la novela está llena de situaciones ridículas, diálogos absurdos, escenas graciosas, frases y párrafos con dobles y triples sentidos, a veces de carácter sexual, a veces dardos envenenados dirigidos contra sus detractores.

Con todo y tratándose de una obra de culto que siempre aparece en los primeros puestos de las listas de mejores novelas de todos los tiempos, es demasiado larga. Hay que entender que en su momento no apareció en forma de un solo libro (o sea que no fue concebida para ser leída de un tirón). Sterne empezó publicando dos volúmenes al año hasta el sexto. En la última entrega (y eso queda patente durante la lectura) la fórmula estaba agotada: la originalidad se había perdido, los chistes resultaban familiares, las historias estaban demasiado estiradas... La lectura del quinto y el sexto volumen se hacen cuesta arriba. En su momento, de hecho, las ventas cayeron. Consciente de ello y habiendo arreciado la tisis que padecía, Sterne se tomó un tiempo para viajar al sur de Francia a curarse. Y al volver retomó el Tristram Shandy cambiando por completo el tono, de manera que el séptimo volumen narra el viaje de Tristram a Francia componiendo una suerte de sátira de los libros de viajes. A partir de ahí la lectura remonta (las ventas también) y la obra concluye en alto en su noveno y último libro.

No quiero acabar la reseña sin hablar de la traducción. La que yo he leído (y por eso lo destaco en el título de la reseña) es la Javier Marías. Un magnífico trabajo, merecedor del premio que consiguió. Y no porque yo lo haya contrastado con el original (que no podría), sino porque, en mi opinión, ha logrado captar en castellano el ritmo y el espíritu de una novela inglesa del siglo XVIII. No me cabe duda de que la cantidad de referencias, matices y sobreentendidos que contiene la versión original hacen imposible crear una versión fiel en otra lengua (las notas constantemente dan prueba de ello), pero Javier Marías ha conseguido que al leerla no tengas la sensación de pérdida que producen otras traducciones. Y no creo que se pueda pedir más.