sábado, 14 de marzo de 2015

El contador de historias, de Rabih Alameddine

Que la del entretenimiento esté entre las diez industrias que más dinero mueven a escala mundial (la mitad de las cuales son ilegales) sólo significa una cosa: nos gustan las historias. Nos gusta contarlas y nos gusta que nos las cuenten. Vemos cine, series, leemos libros, oímos cuentos cuando somos pequeños, contamos anécdotas en reuniones, contamos verdades y mentiras, indagamos en ruinas y cavamos la tierra para intentar rescatar historias del pasado, que luego reconstruimos, adornamos y contamos en libros, charlas, películas... Conocemos historias que proceden de la antigüedad: de Roma, de Egipto, de Mesopotamia... La guerra de Troya, la epopeya de Gilgamesh, la historia del diluvio y las demás historias de la Biblia están entre las más antiguas que nos han llegado en palabras, e incluso conocemos historias aún más antiguas que las palabras escritas, dibujadas con bisontes y caballos en las paredes de Altamira. Hasta los cráneos, los huesos y las piedras nos cuentan historias. Desde que el primer Homo sapiens se puso de pie en África (y seguramente antes) nos pasamos la vida contando y oyendo historias. Nuestra propia existencia la definimos a base de historias: nuestra infancia, nuestros amores, nuestras hazañas... Contar historias es posiblemente la actividad que mejor define al ser humano.

La manera en que se cuentan las historias se ha ido adaptando a la evolución tecnológica, pero hay un tipo de personaje que ha perdurado oficialmente hasta anteayer como quien dice, y que aún perdura aunque ya no viva del oficio: el contador de historias, el hakawati del mundo árabe, esa persona capaz de mantener absorto a un público con sus relatos (incluso durante días). De eso trata este libro: de los hakawatis y del arte de contar historias.

La novela, narrada en primera persona por Osama, un libanés druso que se marchó joven a estudiar a California huyendo de la guerra que estalló en su país en los 70, comienza cuando éste acude a Beirut a visitar a su padre, que se está muriendo en un hospital. Este es el arranque de la primera de las historias largas de este libro: la saga familiar de Osama. Pero no se narra de forma lineal, sino que a su vez se compone de múltiples subhistorias: la historia de cómo su abuelo vino al mundo o de cómo se convirtió en uno de los últimos hakawatis; la historia del negocio de su padre; la historia de su tío Yihad, el único de los hijos de su abuelo que heredó su arte; la historia de su madre, las de sus tías, la de su hermana, la de su amiga Fátima; la historia de cómo se convirtió en el intérprete más joven de oúd, y de cómo lo dejó por la guitarra eléctrica... Y en muchas de ellas los personajes cuentan a su vez otras historias, que a su vez contienen otras historias... y así varios niveles.

La segunda historia de gran escala tiene el estilo de Las mil y una noches, y trata sobre las peripecias de Fátima, la ingeniosa esclava del emir a la que éste envía a conseguir una pócima para que su mujer se preñe. Y de esta historia se desgaja, en un momento dado, la tercera de las largas: la de Baybar, el primer sultán esclavo. Y como la de su familia, también estas dos historias se componen de subhistorias que a su vez contienen otras historias... Y por supuesto, aquí y allá aparecen referencias cruzadas, a veces explícitas, a veces sutiles.

La novela va intercalando capítulos de unas y otras a la manera en que lo hacían los hakawatis para mantener a su público entregado durante meses. Según cuenta el autor al final del libro, ha usado (además del obvio ingrediente autobiográfico) material de muy diversas fuentes: «Las mil y una noches (versión no censurada), las Metamorfosis de Ovidio, el Antiguo Testamento, el Corán; Flowers from a Persian Garden, de W. A. Clouston; Cuentos italianos, de Italo Calvino; Kalila wa Dimna (versión no censurada); The Delight of Hearts, de Ahmad al-Tifashi; The Ring of the Dove, de Ibn Hazm; Stories and Scenes from Mount Lebanon, de Mahmoud Jalil Saab; la Ilíada, de Homero; The Devil’s Larder, de Jim Crace; Las cartas de Abelardo y Eloísa; Maktoob, de Ida Alamuddin; las obras de Shakespeare, numerosos sitios de internet dedicados a las leyendas populares y bastantes libros de relatos tradicionales sirios y libaneses que compré por un penique a vendedores ambulantes.» Algunas son conocidas, como la famosa historia del esclavo que vuelve asustado del mercado pidiéndole a su amo un caballo para huir a Samarra porque se ha encontrado con la muerte y ésta le ha hecho un gesto, y cuando se ha ido y el amo va al mercado y le pregunta a la muerte por qué ha asustado a su esclavo, ésta le contesta: «No lo he asustado, me he sorprendido de verlo aquí en Bagdad porque mañana tengo que ir a buscarlo a Samarra». Pero quitando ésta y alguna otra que me sonaba parecida a alguna conocida, la mayoría eran nuevas para mí.

Con todo, lo mejor del libro, sin ninguna duda y de lejos, es la saga familiar. Son personajes buenísimos, todos muy peculiares y cada uno a su manera entrañable, y todos protagonizan historias interesantes. Y hay algo que me ha sorprendido mucho leyendo esta novela: la cercanía cultural del Líbano. Muchas de las historias familiares podrían haber ocurrido en mi propia familia (los funerales, por ejemplo, me recuerdan a muchos que he visto en Andalucía). También me ha sorprendido que las mujeres tienen una libertad y una autonomía que chocan en un país musulmán (de hecho, aquello parece casi un matriarcado). Se diría que el carácter mediterráneo trasciende las religiones.

Eso sí, el libro hay que tomarlo con paciencia porque es gordo. Tanta historia y tan larga llena páginas, y si no te entusiasma la fantasía sherezadiana, puede llegar a aburrir. En cualquier caso, a mí (que soy de estos últimos) me ha parecido una buena novela.