sábado, 30 de enero de 2016

Siete casas vacías, de Samanta Schweblin

Leer un cuento de Samanta Schweblin no es como entrar en el mar desde la playa, poco a poco; más bien te obliga a coger aire y a zambullirte de golpe en mar abierto. Sin preámbulos. Sin resolución. Si el cuento debe transmitir una emoción, Schweblin ha decidido que todo lo demás sobra, y te pone de sopetón en el epicentro del desasosiego. Porque, sobre todo, es desasosiego lo que transmiten sus cuentos. Entras en la historia sin saber nada y todo es inquietante. Por comentarios al vuelo aquí y allá reconstruyes la situación, sumergido en pleno conflicto. Y cuando tu mente espera y desea un desenlace, el cuento acaba. Si el objetivo es transmitir la emoción, lo demás sobra. No hace falta planteamiento, dado que está implícito en el desarrollo, y no hace falta desenlace, porque fuera este el que fuera, la esencia del cuento está narrada. Añade tú el que quieras. El cuento no va a cambiar por el desenlace. ¿Cabe mayor economía de medios?

Sólo he leído otro libro de cuentos de esta autora y me pareció muy bueno, pero os voy a explicar por qué este me parece mejor. Decía en aquella reseña que el estilo de Schweblin me recordaba a Cortázar o a Kafka. Aquellos cuentos usaban el absurdo, el surrealismo, para conseguir inquietarte a la manera de «Casa tomada». En Siete casas vacías Samanta Schweblin ha encontrado definitivamente su voz. Ya no hay reminiscencias de esos autores —o se han vuelto mucho más sutiles—, y ha dado un paso más allá, despojándose del surrealismo para conseguir el mismo efecto con historias realistas. Lo que resulta aún más inquietante...

De los siete cuentos que componen el volumen yo destacaría «La respiración cavernaria». Es la narración en primera persona de una mujer con alzhéimer o algún tipo de demencia equivalente. Bernlef trató el mismo tema en su novela Entre brumas. La leí. Es buena, pero este cuento la supera. En mucho menos espacio produce mucho más desasosiego, porque no solo vemos el drama de la mujer, sino la tragedia de sus consecuencias en los demás, que atisbamos a través de su mente rota.

Samanta Schweblin ganó con este libro el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. Merecido sin duda.