viernes, 29 de enero de 2016

El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano

Una novela de intriga. Unos antropólogos japoneses se aventuran a unas montañas del interior de Papúa-Nueva Guinea para estudiar una tribu muy primitiva que vive allí. Al cabo de unos días, y tras comer un pescado mal cocinado, la única antropóloga del grupo enferma. La cosa se pone muy chunga, hasta que una mujer de la tribu la ve, se alarma y le prepara rápidamente una infusión de una planta local. Milagrosamente la antropóloga se cura. La misteriosa enfermedad y su sorprendente curación van a cambiar el mundo.

Con esta reseña, el dato de que la novela quedó finalista del Premio Herralde (el que ganó Bolaño en su día con Los detectives salvajes) y la promesa de estar narrada a través de documentos de distinta naturaleza (fragmentos de diarios, noticias, cartas, entrevistas grabadas...) me pareció que podría estar bien. Cómo engañan las apariencias...

La historia es de una simpleza que no te puedes creer. En cuanto conoces la naturaleza del asunto, todo resulta predecible. El argumento da apenas para una peli de domingo al mediodía, de esas que ves de reojillo con la tripa llena, entre cabezada y cabezada. Y la «metanarrativa», que podría haberla salvado, resulta que la empeora. Lejos de darle a la novela un aire sofisticado, la mata. Leída a base de noticias, emails, cartas, etc., se pierde por completo la tensión, por no hablar de que los personajes parecen, no ya planos, sino a veces gilipollas. No es nada fácil narrar bien de este modo, aunque se puede hacer (ahí está Pantaleón y las visitadoras para demostrarlo), pero no es el caso de esta novela.

Francamente no me puedo creer que esta fuese la aspirante al Herralde. No ganó, bien es verdad, pero está «a mil jodidas millas» de cualquier cosa que merezca un premio. Ahorráosla.