martes, 14 de marzo de 2017

Los humanos, de Matt Haig

Es curioso eso de las coincidencias. Hace un par de semanas por alguna razón difícil de elucidar me vino a la cabeza la famosa hipótesis de Riemann que establece que «la parte real de todo cero no trivial de la función zeta de Riemann es 1/2» (véase la wikipedia, por ejemplo). En realidad de lo que me había dado cuenta es que en todos los libros y charlas divulgativas que había leido o escuchado siempre hablaban de la importancia que tendría su prueba y las consecuencias para nuestra vida cotidiana pero no daban ningún ejemplo concreto. La verdad es que, si soy sincero, he de decir que no se qué consecuencias puede tener a día de hoy, pero como bien dijo el matemático ruso del siglo XIX Lovachevsky «No hay rama de la matemática, por abstracta que sea, que no pueda aplicarse algún día a los fenómenos del mundo real». Y os preguntaréis ¿a qué viene todo esto de las coincidencias? Bueno pues hace unos días estaba corriendo por los arrozales de Coria del Río con dos amigos matemáticos y justo uno de ellos, Enrique, preguntó si sabíamos algo sobre las posibles aplicaciones «al mundo real» del problema de Riemann. Tanto yo como el tercer corredor, Antonio, dijimos que no. Bueno, Antonio dijo más, nos contó que lo que a él le sonaba de haber leído o escuchado es que la relación entre la hipótesis de Riemman con los números primos podía tener consecuencia en los sistemas criptográficos basados en los números primos, pero en concreto nada. Enrique nos comentó entonces que había leído en un blog que en el libro que nos ocupa hablaban de ello y nos preguntó si lo habíamos leído. La respuesta de ambos fue que no. Como me quedé intrigado busqué la novela y me la leí. Hay una reseña de la misma en este link hecha por otro matemático, Manuel de León.

Esta es su contraportada:
El profesor Andrew Martin de la Universidad de Cambridge, uno de los genios matemáticos de nuestro tiempo, acaba de descubrir el secreto de los números primos, encontrando al mismo tiempo la clave que dará respuesta a los misterios del universo y que garantizará el fin de la enfermedad y la muerte. Alertados de esta situación y convencidos de que los secretos de los números primos no pueden dejarse en manos de una especie tan violenta y primitiva como los humanos, los vonadorianos, una civilización mucho más evolucionada, envían a un emisario para hacer desaparecer a Martin y todo rastro de su descubrimiento.

Y así es como un vonadoriano con el aspecto externo de Martin pero completamente desnudo aparece en medio de una carretera y se pasea sin entender nada de lo que le rodea por el campus de la universidad. Su misión es matar a la esposa, al hijo y al mejor amigo del profesor, pero no puede dejar de sentirse fascinado por esa fea especie, sus costumbres incomprensibles, su alimentación insípida, su necesidad de contacto, aprobación, afecto, sus secretos y mentiras, su sonrisa y sus lágrimas.

En esta novela hilarante, Haig ha conseguido situarse en el papel de un observador externo que juzga el comportamiento de los humanos con el frío ojo de aquel que no conoce los matices del comportamiento de las personas. Lo que no sabe el extraterrestre es que ser humano es contagioso…
Prometedora ¿no? Bueno, pues no sé. Quizá será que lo que iba buscando era algo sobre la Hipótesis de Riemann y desde luego en el libro no hay nada serio sobre ello. De hecho lo único que encontramos en toda la novela son un par de frases. En la primera el protagonista, que es un extraterrestre, nos dice:
Como es por todos sabido, la demostración de la hipótesis de Riemann
es el problema sin resolver más importante de la ciencia matemática.
Resolverlo supondría una revolución en la aplicación del análisis matemático en miles de maneras desconocidas que transformarían nuestras vidas y las de las generaciones futuras.
Y más adelante nos cuenta lo que significó para su raza probar la hipótesis de Riemann:
Y empecé a pensar en lo fundamental que había sido para nosotros nuestro hallazgo matemático equivalente, que con el tiempo se llamó la Segunda Teoría Básica de los Números Primos, y en todo lo que nos
había permitido hacer: desde viajar por el universo, habitar otros mundos o transformarnos en otros cuerpos hasta vivir todo lo queríamos o leer la mente o los sueños de los demás. Ni más ni menos. Otros acertijos matemáticos se resolvieron a su debido tiempo —como el último teorema de Fermat o la conjetura de Poincaré—, dejando así la hipótesis del alemán como el último y el mayor problema por resolver. El que equivaldría a distinguir los átomos de una molécula o a identificar los elementos químicos de la tabla periódica; el que, en última instancia, habría de ponerles en bandeja a los humanos los superordenadores, las explicaciones sobre la física cuántica y el transporte interestelar.
Está claro que, como nos dijo Antonio unos días después de leer el libro, si estabas buscando las presuntas utilidades reales de la hipótesis de Riemann aquí no las vas a encontrar. No obstante, en favor del autor he de decir que el objetivo del libro no era ese. Tal y como él mismo nos lo cuenta en unas notas finales su objetivo era otro: 
Se me ocurrió escribir esta historia en el año 2000, cuando me encontraba presa de un trastorno de pánico. Por entonces la vida humana se me antojaba tan extraña como lo es para el narrador sin nombre de este libro. [...] En mi recuperación la lectura tuvo un papel importante, al igual que la escritura. Y por eso mismo me hice escritor: descubrí que las palabras y las historias pueden ser una especie de mapa, una forma de encontrar el camino de vuelta a uno mismo. Creo fervientemente en el poder de la ficción para salvar vidas y mentes. Bien es cierto, sin embargo, que me ha llevado muchos libros llegar a este, a la primera historia que quise contar: una que aspira a dar una visión sobre lo extraño y a menudo pavorosamente hermoso que supone ser humano.
Resumiendo, personalmente el libro no me gustó demasiado (y eso que era de ciencia ficción), seguramente por lo que mencioné antes y tampoco me pareció gracioso. No obstante a Manuel de León sí que le gustó pero, como he dicho muchas veces, para gusto los colores.