viernes, 20 de diciembre de 2013

Mi vida querida, de Alice Munro


La mayoría de las veces que anuncian el premio Nobel de literatura me quedo a cuadros. Probablemente es que me tengo a mí mismo como mejor lector de lo que soy, una imperdonable falta de humildad. En un porcentaje altísimo de ocasiones me ocurre que anuncian el Nobel de literatura y no me suena ni remotamente el autor premiado.  Este año me pasó exactamente esto con la premiada Alice Munro.

El siguiente paso es leerme algo del autor premiado, o al menos intentarlo. La mayoría de las veces lo que leo no me gusta. Incluso si es un autor que me gusta mucho, como Vargas Llosa, se encargan de sacar un libro malo pero que probablemente venda mucho al haber sido premiado (véase la entrada de este blog sobre El sueño del celta). A pesar de mi anterior experiencia, decidí leerme el último libro de la escritora canadiense, Mi vida querida.

Como no tenía ni idea de quién es Alice Munro busqué en la Wikipedia a ver qué encontraba. Alice Ann Munro mantiene el apellido de su primer marido James Munro, de soltera se llamaba Alice Ann Laidlaw. Nació en Wingham, Canadá en 1931. Dice la Wikipedia que «vivió [...] en una época de depresión económica; esta vida tan elemental fue decisiva como trasfondo en gran parte de sus relatos». Y es totalmente cierto que en el libro que me propongo comentar muchos de los cuentos tienen el ambiente de una gran depresión.

Todos los comentarios que he visto sobre Alice Munro tienen estos tres pasos: primero dicen que es una de las mejores narradoras en lengua inglesa; segundo hablan del tratamiento protagonista que le da a las mujeres en sus cuentos; tercero, el contexto suele ser Canadá, en el ámbito rural y en época de depresión.

Todos los cuentos de Mi vida querida están muy bien escritos y cumplen los cánones de estos tres pasos, pero sinceramente no me han divertido. Comprendo qué decir esto de la escritora que ha sido llamada «la Chéjov canadiense» debe de ser una herejía, como cuando digo que El guardián entre el centeno me aburrió soberanamente.

Entiendo que si existe un tribunal de la Santa Inquisición de Lectores seré condenado a abjurar de lo que digo. Me lo he ganado con estos comentarios. Pero juro por Tara que los cuentos no me han entretenido; es más, me han aburrido. A pesar de estar bien escritos, las situaciones me parecen insulsas. Su realismo triste no me divierte ni me provoca ninguna emoción. Muchos de mis amigos y colegas lectores dicen que es una maravilla como escritora, pero yo no le encuentra ninguna diversión. Lo siento.