jueves, 14 de marzo de 2013

El amigo de Galileo, de Isaia Iannaccone


Hará unos cinco años me hice socio de la FNAC recién abierta en Sevilla. En aquellos tiempos (hoy día no lo sé) te daban como oferta de bienvenida un 3x4 en libros, discos y pelis. Yo me puse las botas y llegué a la caja con 16 cds, 16 dvds y 16 libros. Me dijo la chica que me cobró que era la primera vez que se usaba así el pack de bienvenida (el máximo era de 16 cosas, por eso no me llevé más). De más está decir que aproveché esa oferta para comprar unos pocos de libros que quería desde hacía años (clásicos indiscutibles como Crimen y Castigo, Farenheit 451, etc). Pero 16 libros son muchos, así que de mi larga lista fallaron unos pocos que hube de completar como pude. Justo fue en ese momento que cayó en mis manos (por suerte, he de decir) este libro que reseño en esta entrada del blog (en esa época me dio por comprar libros de divulgación, algunos resultaron buenos, como este, y otros una gran bazofia). Lo tenía en tareas pendientes desde hace año, pues mi mujer, Niurka, lo leyó y le encantó (de hecho se lo contaba a nuestro hijo pequeño que por entonces tendría unos 4 años).

Esta es su contraportada:
Roma, principios del siglo XVII. La Ciencia moderna se debate por nacer en un permanente enfrentamiento con la Iglesia y su Inquisición, deseosas de detener aquella revolución imparable. Persecuciones, procesos y condenas —a veces a muerte— aguardan a quienes se esfuerzan en estudiar el universo y la naturaleza, atreviéndose a poner en duda las leyes divinas.

 El palacio del príncipe Federico Cesi acoge las reuniones clandestinas de la Academia de los Lincei, frecuentadas por el astrónomo Galileo Galilei, que escruta el cielo con su diabólico telescopio, o el médico alemán Johann Schreck “Terrentius”, que efectúa en secreto autopsias para ahondar en los secretos del cuerpo humano, según las enseñanzas del maestro Vesalio: “Palpad, sentid con vuestras manos, y confiad en ellas”. En el curso de una estas autopsias, escapa de una emboscada, y hasta el propio Galileo se verá obligado a refugiarse en la campiña de la Toscana.

Tendrán entonces noticias de un país lejano, China, donde el poder está precisamente en manos de los sabios. Y la decisión de Terrentius de viajar hasta allí ni siquiera se verá frenada por la necesidad de integrarse en una misión de los jesuitas, únicos occidentales que han entrado en aquel remoto país. Terrentius toma los votos y se embarca pertrechado con sus instrumentos quirúrgicos, un gran herbolario y muchos libros. Y Galileo, que envidia su audaz decisión, promete enviarle los nuevos descubrimientos, para que pueda mostrárselos al emperador.

Entre tempestades y epidemias, la expedición pone rumbo a China. Pero lo que turba a Terrentius no son los peligros del viaje, sino la sospecha de que entre sus compañeros jesuitas está escondido un emisario de la Inquisición, quizás dispuesto a matar con tal de detenerlo…
El autor, Isaia Iannaccone, es químico y experto en la historia de la ciencia y la técnica de China. El libro cuenta esencialmente el viaje del médico alemán Johann_Schreck, conocido como el Dr. Terrentius. De hecho unos de los personajes nos cuenta el origen del nombre latino Terrentius:
… luego con un tono más educado y disuasivo le explicó que en alemán schreck significa fantasma, pesadilla, y schrecken, terror—. Así que, dándose el nombre de Terrentius, nuestro amigo Johann ha querido latinizar su apellido alemán.
El libro comienza con la descripción pormenorizada de la ejecución de un discípulo de Giordano Bruno por parte de la Inquisición. Y es del todo adecuada pues nuestro “héroe” es un médico que no se asusta por utilizar su instrumental quirúrgico para practicar autopsias y estudiar la anatomía humana, algo totalmente prohibido por la Iglesia y que conllevaba la pena de muerte (por hereje).

El libro está escrito de forma muy amena. El primer cuarto del libro nos cuenta los últimos años de Schreck en Europa (en Roma concretamente, donde se codeaba con los grandes científicos de la época (Galileo entre ellos). Cuenta cómo se hace miembro de la prestigiosa Accademia dei Lincei (la primera academia de ciencia de Italia que ha perdurado hasta nuestros días) fundada por el príncipe Federico Cesi (que era sobrino del poderoso cardenal Bartolomeo Cesi… y, bueno, eso lo mantenía a salvo). Terrentius está admirado por China (se decía que era un país donde los que gobernaban respetaban el conocimiento… como aquí, vamos) así que está dispuesto a todo… incluso a hacerse jesuita (nuestro nuevo flamante papa, recién elegido estaría orgulloso) —se dice que Galileo al enterarse exclamó “Qué gran pérdida”; si es verdad o solo leyenda, no creo que lo sepamos—.

Así que comienza un viaje a China. El viaje y las peripecias de los misioneros están contados de forma magistral, una auténtica novela de aventuras al mejor estilo clásico. Hay intriga, pues a Schreck empiezan a robarle sus cosas, a sabotearle las investigaciones, etc. En Goa es llamado ante el inquisidor… para acojonarlo un poco. El autor nos va contando costumbres de la china del siglo XVII a la par que nos cuenta cosas de la revolución científica que se está llevando a cabo en Europa. Algunas discusiones teológicas son dignas de Richard Dawkins. En fin, el libro es una joya.

Lo que más me ha gustado es que el autor no ha abusado de la intriga. Desde el principio del viaje Schreck descubre que hay un dominico entre ellos (los frailes dominicanos eran los aliados de la Inquisición) y él sabe muy bien que desde hace años la Inquisición le persigue para acusarle por sus heréticas prácticas. Bueno, pues esa investigación va saliendo a cuenta gotas, y desde mi punto de vista, en los momentos justos.

El libro no aburre nada, es delicioso de leer. Después de varias lecturas estándard me ha resultado una novela de lo más estimulante. Os la recomiendo a todos.