miércoles, 11 de diciembre de 2013

El hombre en busca de sentido, de Viktor Emil Frankl

¿Cuál es el sentido de la vida? Según Viktor Frankl, el tener un propósito. ¿Cómo conseguimos encontrar el nuestro? Con la logoterapia. Y, ¿qué puñetas es la logoterapia? Pues es la alternativa de Viktor Frankl a las explicaciones basadas en la búsqueda del placer (freudianas) o del poder.

Viktor Frankl fue un joven prodigio (se carteaba en su Austria natal con Freud con sólo 16 años) interesado en la psicoterapia como herramienta de búsqueda de la felicidad. Durante sus primeros años de vida intentó unificar la psiquiatría con la filosofía buscando una terapia que ayudase a los demás a ser felices. Esa terapia, que él denominó logoterapia trataba de centrar la terapia en la búsqueda de tres elementos: la felicidad a través de las acciones (por ejemplo, soy feliz porque me encanta mi trabajo), el amor (soy feliz por la gente que me rodea en mi vida personal) o el sufrimiento (soy feliz, a pesar de que sufro, porque en mi desgracia soy capaz de encontrar un sentido positivo a mi existencia), en plan aproximación estoica a la vida.

Todo esto suena a ladrillo psicológico (a lo Freud o Lacan) si no fuera porque el propio Frankl pudo completar su «creación» intelectual durante los tres años que pasó en campos de concentración nazis (entre ellos Auschwitz).

El libro cuenta, en una primera parte su existencia (si es que, parafraseando a Primo Levi, eso es una existencia) en los campos de concentración. Allí, llegando a lo más profundo de la miseria humana, Frankl es capaz de ver valores morales en algunas personas de su entorno. Armado con la fuerza de su ideología particular, es capaz de sobrevivir (mentalmente, que es casi condición necesaria) a esa etapa y, lo que resulta muy interesante, a los primeros años que sucedieron a su internamiento (que, como él dice, fueron tan devastadores como los de internamiento). Esa parte del libro es apasionante, sobre todo por la forma en que el autor filtra la realidad con ojos optimistas y constructivos.

La segunda parte, algo más ladrillo, es una breve explicación de los elementos de su logoterapia. Después de ver las miserias de su vida en los años de la guerra, los ejemplos (mundanos, casi en todos los casos) se ven con una luz nueva, que relativizan irremediablemente los problemas.

Me ha gustado especialmente (quizá porque estoy pasando una época neo-estoica en mi vida), y se lee en dos patadas.

Muy recomendable.