lunes, 30 de diciembre de 2013

Deconstruyendo a Darwin, de Javier Sampedro

Si un ensayo, aunque sea divulgativo, como éste, te da ideas nuevas, te hace pensar, te da una nueva visión de cosas que creías saber, entonces hay que admitir que es bueno. No importa que lo empezaras, como me pasó a mí, con prejuicio, ya que había leído un libro anterior de Sampedro y no me había gustado (una recopilación de artículos de su blog, en mi opinión muy poco trabajados para editarlos en forma de libro). No ayudó tampoco el título: recelo de todos los que quieren enmendarle la plana a Darwin desde tan pronto, no porque crea que Darwin dijo la última palabra en evolución (nada más lejos, su inmenso desconocimiento de los menanismos de la genética se lo impedía), sino porque tras el amarillista título se suelen esconder auténticas basuras —cuando no directamente mierda creacionista made in USA. Éste, sin embargo, es un libro honesto, y el título es justo, dada la reflexión que ofrece sobre la teoría evolutiva. Y que finalmente lo haya leído se debe a la insistencia de colegas cuyo criterio en esta materia respeto.

Digo que el libro es honesto porque da al César lo que es del César, pero admite abiertamente y sin complejos las enormes dificultades que el darwinismo clásico tiene para explicar la especiación, y en especial determinados aspectos de la misma. El debate sobre si el darwinismo, tal como lo conocemos (que en esencia es la genética de poblaciones), es o no la teoría definitiva sobre la evolución de las especies, ha estado siempre muy condicionado por la constante jodienda del creacionismo y el fundamentalismo religioso que lo alimenta, pero llevamos ya varias décadas acumulando información sobre el genoma y los mecanismos moleculares de la vida como para no plantearnos una revisión de una teoría que se sustenta básicamente sobre las leyes de Mendel. Así que Sampedro pone el dedo en la llaga sacando a la luz el gran problema de la teoría evolutiva: el adaptacionismo es demasiado lento y demasiado conservardor como para explicar ciertas cosas, y como ejemplo echa mano de uno de los problemas que ya inquietaron incluso al propio Darwin: la explosión del Cámbrico.

A Darwin le quitaba el sueño la ausencia de fósiles anteriores a la capa que se sitúa alrededor de hace 530 millones de años, porque tal ausencia apuntaba a una creación de novo que echaba por tierra su teoría. Hoy sabemos que esa era precámbrica estaba poblada de seres unicelulares e incluso de una peculiar fauna (si es que lo era) pluricelular (la fauna de Ediacara, que aparece bellamente reconstruida en la imagen adjunta). Pero el descubrimiento de que la vida no apareció en el Cámbrico de la nada arregla un problema para crear otro: ¿cómo fue que en tan solo 2 millones de años (¡2 millones!) se paso de eso a la aparición de todos los phyla que pueblan el planeta, y algunos más que se extinguieron? Y es sobre esa base sobre la que Sampedro sustenta su argumentación. Se alinea con Gould y Margulis en que hacen falta mecanismos no usuales que produzcan «saltos» innovadores. Pero no pueden ser saltos al azar, porque eso genera monstruos inviables. Y aquí la argumentación se vuelve brillante, ya que Sampedro enlaza, de forma muy convincente, la existencia de los genes Hox, unos genes que controlan el patrón corporal (el bauplan de la literatura germana) y cuyos mecanismos se desentrañaron en los 80 en (cómo no) la mosca Drosophila, con la explosión cámbrica. Lo fantástico de esos peculiares genes es que son como los interruptores que encienden y apagan toda una red regulatoria de otros muchos genes que acaba formando las distintas partes del cuerpo de los animales. Y no solo eso: todos los animales cuyos antepasados se originaron en el Cámbrico comparten los mismos 11 genes Hox, y cuando digo los mismos quiero decir los mismos, porque otra de las peculiaridades de estos genes es que son intercambiables entre especies: si se trasplanta el gen que forma la cabeza desde el genoma de un ser humano al de una mosca, primero la mosca se forma como si nada, y segundo su cabeza, cuya formación ha controlado el gen humano, es una cabeza como la de cualquier otra mosca. Así que el argumento de Sampedro se resume en que durante los dos millones de años de la explosión cámbrica se produjeron duplicaciones sucesivas de estos genes que posteriormente la selección natural tuneó de diversas formas dando lugar a los distintos phyla, los cuales, aprovechando su innovador diseño, crecieron, se multiplicaron y llenaron todos los nichos ecológicos dando lugar a los tatara-tatarabuelos de todos los animales que pueblan o han poblado alguna vez la Tierra, incluidos nosotros mismos.

No sigo para no destripar más la apasionante lectura de este libro. El ensayo cubre muchos más aspectos de la evolución, incluida la evolución humana, y lo hace de una forma tan amena que se lee como una novela y que, cuando termina, te deja con ganas de leer más cosas sobre el tema. Y se moja: baja a explicar detalles moleculares del funcionamiento de los genes, pero sin ponerse tedioso ni pedante, de una manera que combina rigor y facilidad de lectura. Es un gran libro que recomiendo a todo el que tenga interés por la evolución, y en especial a todo el que haya comprado la idea de que la evolución no es más que un cambio en el tiempo de la composición genética de las poblaciones. Tenemos aún mucho que aprender sobre la evolución y sus mecanismos. Libros como éste, como The logic of chance o como Evolution in four dimensions nos abren los ojos a contemplar posibilidades que hasta ahora no habíamos considerado, y que se vuelven factibles a medida que la genómica continúa desentrañando los secretos de la vida. Y la historia está lejos de haber acabado. Así que, como dice Sampedro con frecuencia en su libro, permanezcan atentos.