sábado, 3 de noviembre de 2012

A la caza del carnero salvaje, por Haruki Murakami

Este es el tercer libro que me leo de Murakami. Como ya dije en mis dos reseñas anteriores, me gusta Murakami. Tiene una forma de escribir peculiar y las historias son raras donde las haya. Buscando por internet, a esta novela la ponían muy bien y decidí leerla. Su argumento ya es algo rarillo:
Su contraportada: Un desencantado treintañero, superviviente de su propia juventud, tiene con un socio más o menos alcohólico una pequeña agencia de publicidad y traducciones. En una de sus campañas publicitarias ha publicado una fotografía que lo pondrá en el punto de mira de un poderosísimo grupo industrial, verdadero imperio económico y también político. Y a partir de aquí, se verá lanzado a una ardua investigación, digna de las mejores novelas policíacas americanas: antes de un mes debe encontrar el lugar donde fue hecha la fotografía y el animal que aparece en ella. Si no lo hace le convertirán en un paria en su propia sociedad. El lector, junto con el protagonista, se internará en esta búsqueda del carnero mítico que, cuando es mirado por alguien a quien él elige, posee al espectador. Un carnero que –dice la leyenda– se apoderó de Gengis Khan y que tal vez no sea más que la encarnación del poder absoluto.
Tengo que reconocer que intriga eso de buscar un carnero… y más aún en plan policíaco. Bueno, pues me puse manos a la obra. La novela se lee muy bien, engancha un montón pero lo más alucinante son los diálogos. Me recordó Pulp Fiction. Hay escenas kafkianas en el libro, con unos dialogos que te dejan con la boca abierta, y que terminas por reírte a carcajadas pues no tienen ningún sentido. Un ejemplo. Protagonista, que acaba de terminar un trabajo donde ha pasado días mirando las fotos de unas orejas, decide hablar con la chica que ha posado. Luego de algún trabajo consigue dar con ella y la invita a cenar. El dialogo parece sacado de un guión de Tarantino (aunque más bien Tarantino debe de haber copiado de Murakami, pues este libro es de 1982). El dialogo es largo (me recuerda a Vicent y Jules cuando están en el coche hablando del famoso masaje de los pies). Ahí va un trozo:
[…]
—Ahora que somos amigos, quisiera hacerte algunas preguntas —le dije.
—Pues adelante.
—En primer lugar, ¿por qué no enseñas las orejas? Y también quisiera saber si, aparte de mí, tus orejas han ejercido alguna influencia especial sobre alguna otra persona.
Ella, sin decir palabra, contempló fijamente sus manos, posadas sobre la mesa.
—Les ha pasado a varias personas —dijo con toda calma.
—¿A varias?
—Como lo oyes. Aunque, con franqueza, considero que mi verdadera personalidad es la que adopto cuando no muestro mis orejas.
—¿Quieres decirme que tu personalidad que enseña las orejas es distinta de la que no las enseña?
—Así es.
Los dos camareros retiraron los platos vacíos y nos trajeron la sopa.
—¿Querrías hablarme, por favor, de esa personalidad tuya que enseña las orejas?
—Pertenece a un pasado muy remoto, y casi no sé qué decir de ella. Piensa que desde los doce años no he enseñado ni una sola vez mis orejas.
—Bueno, pero al trabajar como modelo las enseñas, ¿no?
—Sí y no —respondió—. Resulta que ésas no son mis verdaderas orejas.
—¿No son las verdaderas?
—Ésas son orejas bloqueadas.
Tras engullir un par de cucharadas de sopa, levanté la cabeza para mirarla a la cara.
—¿Por qué no me explicas con más detalle eso de las orejas bloqueadas?
—Las orejas bloqueadas son orejas neutralizadas. Yo misma las neutralizo. Es decir, conscientemente, las dejo incomunicadas. Supongo que me entiendes, ¿no? 

Pues no la entendía.
—Hazme más preguntas, hombre —me animó.
—Lo de neutralizar a las orejas, ¿significa ensordecerlas del todo?
—No, las orejas siguen oyendo como siempre. Sin embargo, están bloqueadas. Es algo que tú también, seguramente, puedes lograr.
Dejó sobre la mesa la cuchara, enderezó la espina dorsal, alzó los hombros unos cinco centímetros, proyectó su mentón decididamente hacia adelante, y durante diez segundos, más o menos, se mantuvo en esa postura.
Acto seguido, bajó los hombros.
—Con esto mis orejas quedan neutralizadas. Prueba a hacerlo.
[…]
De más está decir que nuestro protagonista no siente ninguna desconexión de nada. Luego el dialogo sigue y sigue hasta que al final ella le enseña sus orejas y… bueno eso tendréis que leerlo vosotros mismos. Otro de los diálogos alucinantes es el que tiene el protagonista, en mitad de su búsqueda, con el Profesor Ovino… para troncharse de risa.

El final del libro no está mal, pero le sobra alguna que otra escena, aunque no desmerece. Por las charlas con algunos amigos deduzco que o te gusta Murakami o lo aborreces. Yo soy de los primeros, me lo pasé muy bien leyendo esta historia de “carneros”. Os la recomiendo.