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sábado, 25 de julio de 2015

La información: historia y realidad, de James Gleick

Cuando yo era niño, allá por los años 70, cuando muchos coches llevaban en el claxon La cucaracha, en Madrid se pitaban de una manera distinta a como se hace ahora. Ahora, cuando se te cruza un imbécil le das una pitorrada larga y cabreada, como un berrido. En aquel entonces había más sutileza. En una circunstancia parecida, mi padre daba dos pitidos cortos: pi-pi. Y por si el significado no quedaba claro lo acompañaba de la letra: «¡cabrón!». Así que cuando alguna vez lo oí lanzar colérico un pi-pi-pí-pi, así, enfatizando el tercer pi, no tuve ninguna duda de que llamaba «hijoputa» al cretino que le acababa de hacer la pirula. Mi padre no era un pionero de la retórica claxonística: pude comprobar que era una lengua que entonces todos hablaban y entendían.