miércoles, 19 de septiembre de 2012

La décima sinfonía, de Joseph Gelinek

Joseph Gelinek fue un pianista checo que gozó de gran fama en la Viena de finales del XVIII, cuyo nombre ha trascendido sobre todo porque fue humillado por Beethoven en un duelo. Pero a lo que aquí nos interesa, es el pseudónimo con el que Máximo Pradera (el de Lo + plus) firma libros de intriga relacionados con la música. Y al parecer con éxito, ya que además de este tiene otro dos: Morir a los 27 y El violinista del diablo, y los dos los tengo más que vistos en las estanterías de best-sellers. Yo no tenía ni idea de que era Máximo Pradera quien se escondía tras este pseudónimo, así que la elección de La décima sinfonía como lectura “de descanso” no estuvo motivada más que por la casualidad y por mi curiosidad hacia los temas musicales. No esperaba gran cosa del libro, así que la decepción no ha sido tal. Lo elegí como “chicle mental” y ha cumplido su función dignamente. Del mismo modo que la cumplían los capítulos de El coche fantástico que tanto ayudaban a sobrellevar la modorra de las sobremesas veraniegas allá por los lejanos 80 (¡qué tiempos...!).

Os cuento de qué va la cosa. De todos es conocido que Beethoven compuso nueve sinfonías. Ante el éxito de su Novena se puso manos a la obra con la Décima, pero la muerte le sobrevino sin poder acabarla. De hecho, este “incidente” con la décima sinfonía dio origen a la llamada “maldición de la novena”, según la cual, tras componer la novena sinfonía —casi siempre una obra monumental— los músicos morían. Así, Schubert llegó a componer diez, pero dejando inacabada la séptima; Bruckner murió antes de terminar la novena; Dvořák no pasó de su famosa Sinfonía del Nuevo Mundo, que hacía el número nueve; Glazunov tomó la decisión de no acabar su novena sinfonía, y eso le aseguró 26 años más de vida (¡un crack!). Fue Mahler, que era muy supersticioso, el primero en creer en la maldición de la novena. Intentó esquivarla, para lo cual decidió no llamar sinfonía a su novena y darle en su lugar el nombre de La Canción de la Tierra. Pero pese a esta precaución, murió cuando estaba componiendo la décima. Tuvo que venir el racionalismo soviético de la mano de Shostakovich para romper la maldición definitivamente,  y por goleada, con sus 15 sinfonías.

Así que, como decía, Beethoven no acabó la Décima. Esa es, al menos, la versión oficial, porque hay gente que sostiene que la acabó antes de morir y que algún día un afortunado dará con su partitura en alguna parte, se forrará en Sotheby's y reescribirá la historia de la música. Lo que sí es un hecho es que nos han llegado fragmentos de apuntes de los dos primeros movimientos con los que ha habido algún valiente que se ha atrevido con una “reconstrucción”. Esta controversia es la que da pie al argumento de la novela. El protagonista, un musicólogo llamado Daniel Paniagua, especializado en Beethoven, es invitado a un concierto privado en la mansión de un millonario en la que un compositor británico va a presentar en primicia una reconstrucción de la Décima de Beethoven. Tras el concierto Daniel queda sobrecogido por lo que ha escuchado y, consciente de las limitaciones artísticas del presunto autor, empieza a sospechar que en realidad ha asistido al estreno de la auténtica décima sinfonía. Pero antes de conseguir ningún tipo de confirmación el compositor es brutalmente asesinado y Daniel se ve envuelto en la investigación que, para él, tiene dos fines: encontrar al asesino y localizar la partitura con la obra póstuma del grande entre los grandes.

El desarrollo de la novela sigue pautas bastante canónicas dentro de este género: aparecen enigmas que el protagonista tiene que resolver gracias a sus conocimientos musicales; hay un detective que encaja batante bien en el estereotipo que ha creado la novela negra; hay masones y otras organizaciones secretas, millonarios excéntricos, aristócratas que descienden de un hermano de Napoleón... Y, por supuesto, tiene todos los defectos de la mayoría de estas novelas: personajes planos, trama barroca, conflictos increíbles y resolución inesperada. En una novela de crímenes, que uno no vislumbre la solución puede parecer un mérito, no un defecto, y así sería de no ser porque una forma de hacer imposible la predicción es salir por peteneras, que es exactamente lo que ocurre en esta novela. Como el autor no se ha preocupado de dar a los personajes una personalidad creíble, el final resulta grotesco. Total, que la novela es bastante prescindible, aunque, insisto, como casi todas las de su género (de las que hay miles en las librerías). Su único punto a favor, al menos para mí, es que, como Máximo Pradera es un experto en música clásica (estuvo al frente durante ocho años del programa Ciclos de Sinfo Radio y ha publicado una historia de la música titulada ¿De qué me suena eso?), el relato está trufado de historias y anécdotas relacionadas con la música y con Beethoven,  y esa parte sí resulta amena.

Así que, resumiendo: ¿lo recomiendo? No, a menos que te gusten este tipo de novelas. ¿Es una mierda? Bueno, tampoco. Aunque para mí la trama no vale un carajo, el contenido musical se deja leer. Ya no es tiempo de tumbonas en la playa, pero como alternativa a hacer sudokus puede servir. A mí, como ya he explicado, me ha venido bien para “resetear” la mente.