martes, 25 de septiembre de 2012

Mediohombre, de Alber Vázquez

En 2005 Inglaterra celebraba el 200º aniversario de la victoria de Trafalgar sobre Francia y España, y con tal motivo organizó un desfile naval al que invitó a sus actuales aliados, entre los que se encontraban, claro, los vencidos en aquella batalla. Ante el papel de gilipollas que les tocaba hacer, España decidió mandar al desfile, junto al portaaviones Príncipe de Asturias, a la fragata Blas de Lezo. Muy poca gente supo el significado de aquel gesto, una sutil patada en los cojones al orgullo patrio inglés.

Blas de Lezo fue un marino vasco al que apodaban Mediohombre porque a lo largo de su vida se había dejado prácticamente la mitad del cuerpo en las numerosas batallas en que participó. Tuerto, manco de un brazo y con una pierna de madera —solo le faltaba el loro en el hombro—, Blas de Lezo daba más el perfil del perfecto pirata que el de almirante de la flota de Cartagena de Indias, cargo que ostentaba cuando ocurrió el “sucedido” con los ingleses.

En 1741 el rey George II the Inglaterra envió al almirante Edward Vernon con la siguiente encomienda: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Así, con un par. Bueno, con un par, con 186 barcos, con más de 23.000 soldados ingleses y con un refuerzo de 4.000 soldados americanos al mando del general Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente americano. La mayor flota enviada (60 barcos por encima de la Armada Invencible) a un desembarco, no superada hasta el de Normandía.

Con tales pertrechos Vernon tomó Panamá en un paseo militar y se dirigió a la conquista de Cartagena de Indias, puerta del Imperio Español. Para la defensa de Cartagena Lezo contaba con 6 navíos de guerra con sus tripulaciones, 3.000 soldados de infantería y 600 indios flecheros. O sea, una mierda frente al mostruoso poderío militar que ostentaba la pérfida Albión. Y sin embargo un mes más tarde Vernon retrocedía hacia Jamaica habiendo encajado la derrota más humillante de toda la historia militar del Imperio Británico.

A tal derrota contribuyeron, por igual, la pertinacia de Lezo en defender Cartagena a cualquier precio (debía de ser un tipo bastante pirado y fanático, a juzgar por el calamitoso estado al que le habían conducido su arrojo y temeridad), y una serie de errores tácticos del tal Vernon —posiblemente más arrogante que inteligente, a juzgar por el despliegue de medios de que hacía ostentación—, entre ellos lanzar el ataque al comienzo de la temporada de lluvias y llevar escalas demasiado cortas en el asedio al castillo-fortaleza de San Felipe. La humillación fue mucho mayor porque, no dudando de su victoria, Vernon había enviado noticias de que Cartagena ya había sido tomada y en Inglaterra se acuñaron monedas conmemorativas. Cuando George II se enteró del desastre hizo algo muy propio de la actitud pragmática inglesa: prohibió que se mencionara jamás el suceso, bajo pena de muerte (a comparar con la estúpida mentalidad judeocristiana de expiación de culpa que gastamos por estos lares). Y así sucedió que, entre la táctica orwelliana del rey británico y la consabida mala baba española que, lejos de premiar a sus héroes presta sus oídos a la maledicencia de sus muchos —y generalmente poderosos— enemigos, la batalla por la defensa de Cartagena de Indias, verdadera “Armada Invencible” del Imperio Británico, fue expurgada de la Historia.

El libro que traigo a este blog es una versión novelada de estos hechos. Aunque en líneas generales los sucesos parecen ajustarse a la verdadera historia, resultan más que evidentes los numerosos añadidos de ficción que convierten la narración en una novela de aventuras. Se nos pinta un Blas de Lezo que se parece un montón al Sargento de Hierro que interpretó el bueno de Clint; lanza juramentos que parecen sacados de las películas de Jack Sparrow; incluso se muestra muy poco religioso —cuando en la realidad parece que era todo lo contrario, o al menos así se desprende de la arenga que lanzó a sus tropas antes del primer ataque inglés y que se puede leer en internet. Por otro lado, las estratagemas que emplea en la novela no sé si responden a la realidad, o más bien tuvo la fortuna (y el valor, todo hay que decirlo) de su lado. Pero hay que reconocer que dan un toque holywoodiense a la historia que la hace más molona.

En líneas generales la novela es entretenida; no es gran cosa pero se deja leer. Eso sí, el estilo es excesivamente enfático y en ocasiones resulta cargante porque da la sensación de que el autor hace “la goma” para rellenar texto. Tampoco el final está muy logrado.

El episodio de Cartagena de Indias da pie a todo tipo de exaltaciones patrioteras, como uno comprueba cuando busca en la web datos sobre este episodio (aconsejo tomar una Biodramina antes de embarcarse en semejante actividad y estar preparado para todo: si uno se descuida puede acabar en el blog de Pío Moa). Afortunadamente en esta novela no hay nada de eso, y su título no engaña: el foco de interés es el personaje de Mediohombre. Así que se puede leer sin temor a tener pesadillas con la Enciclopedia Álvarez (perdón a los más jóvenes por tan viejuna referencia).