jueves, 28 de junio de 2012

Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas

El barcelonés Enrique Vila-Matas es uno de los autores que Volpi destaca de entre los más originales de la literatura en lengua castellana del siglo XX. En lo que él considera un erial de novelas convencionales, Vila-Matas es uno de los pocos autores que se atreve a hacer propuestas arriesgadas, originales e innovadoras. Y ésta, posiblemente su novela más famosa, lo es sin ningún género de dudas. Una vez escuché una entrevista a Eduardo Mendoza en la que decía que él creía que la novela estaba acabada como género, que ya se había hecho todo lo que se podía hacer en ella. Desde que di con los autores del crack he podido darme cuenta de cuán equivocado estaba Mendoza, porque desde entonces a acá he leído muchas novelas que prueban que el género aún tiene mucho de dar de sí. En general, es arriesgado emitir ese tipo de sentencias; te expones a quedar en las crónicas futuras como Lord Kelvin cuando se le cita diciendo al final del siglo XIX que la Física estaba prácticamente acabada: como un tonto. Afortunadamente para Mendoza (a quien ni de lejos tengo por tonto) hace poco lo oí retractarse diciendo lo mismo que yo: que desde que hizo aquellas desafortunadas declaraciones (que al parecer mucha gente le recuerda) ha leído multitud de novelas que le han hecho ver lo equivocado que estaba. Seguramente esta es una de ellas.

Para empezar, no se la puede llamar novela: más bien se trata de una novela-ensayo. ¿Y eso qué es?, os preguntaréis. Pues es en realidad un ensayo escrito como si fuera una novela, mezclando realidad y ficción. En este caso se trata de un ensayo sobre literatura, pero no sobre literatura convencional (eso sería lo esperable), sino sobre la literatura del No. ¿Mandé? Empieza la novela dando voz a un escritor, un personaje contrahecho y bastante friqui, que se propone realizar un proyecto un tanto peculiar. Tomando como referencia al personaje de Melville y su “preferencia por no hacer” que define su postura existencial, nuestro protagonista decide hacer un catálogo exhaustivo de todos aquellos autores que, por una razón u otra, “optaron” (en un sentido amplio) por no escribir. Es una especie de rizar el rizo, porque se trata de hacer una crítica literaria de literatura inexistente, de literatura del No. A esos autores los llama nuestro protagonista Bartlebys, y a su postura, digamos, literaria, “síndrome de Bartleby”. Pero aún hay más: para no desmerecer del propio planteamiento, lo que se propone escribir no es una obra en sí, un ensayo, una novela o lo que sea, sino las notas a pie de página de un texto que no va a existir. Y eso es Bartleby y compañía: una extensa colección de notas a pie de página de un libro inexistente.

Aparte de este simpático planteamiento autorreferente de una obra que ni siquiera tiene un género definido, la forma en que se desarrolla me toca una fibra sensible: se trata del viejo esquema del tema y sus variaciones, tan exitosamente explotado en música. No sabría decir muy bien por qué me gusta tanto esa forma musical (y sus variantes en cualquier otro contexto, valga la meta-redundancia). Qué es una variación es algo difícilmente definible; casi la mejor definición es una tautología: una variación de un tema es aquello que se percibe como una variación de un tema. Sin más. No tengo ni idea de si al principio, cuando surgió esta forma musical, la variación respondía a un esquema mejor definido (no sé, tocar el tema en otra clave, con otra voz, con otro tempo, invertido...), pero ya incluso en las Variaciones Goldberg resulta un reto reconocer las variaciones como variaciones. Y es ahí donde está la genialidad, en romper con cuantas más ligaduras del tema se pueda pero siempre de tal modo que el tema se llegue a reconocer. Es pensamiento lateral en estado puro. La base de la inteligencia. Pues así es como está planteado este libro.

La enumeración de autores empieza por los fáciles, como el caso de Juan Rulfo y su esperada (aún) segunda novela. Es un caso curioso: sólo escribió una colección de cuentos (El llano en llamas) y una novela (Pedro Páramo), y se consagró como grande entre los grandes. Y ya no volvió a escribir. Como su obra —sobre todo su novela— es difícil, los críticos se corrieron de gusto analizándola al derecho y al revés y buscándole los tres pies al gato (Volpi habla de ello en Mentiras contagiosas). Y claro, no hacían más que asediarlo tratando de sonsacarle cuándo publicaría su siguiente novela, que esperaban como agua de mayo. Pero Rulfo siempre daba excusas (la más famosa de ellas es que se le había muerto el tío Celerino, que es quien le contaba las historias, y por eso ya no tenía nada que contar). Rulfo se convirtió así en uno de los Bartlebys más famosos. Pero poco a poco la categoría Bartleby se va ampliando. Tenemos, por ejemplo, el caso de Pepín Bello, quien, pese a no haber escrito una línea, es incluido entre los integrantes de la generación del 27 de la que, al parecer, fue el catalizador. La obra de Pepín Bello forma parte íntegramente de la literatura del No. No todos los autores son reales, también los hay de ficción. Uno de los más simpáticos es Paranoico Pérez, el supuesto personaje de un joven autor santanderino que tiene un pequeño problema que le impide escribir: cada vez que se le ocurre un libro y se dispone a pasarlo al papel, Saramago se le adelanta y lo publica. Y así. Por las páginas de Bartleby y compañía discurren más autores conocidos (Salinger, el propio Melville...), desconocidos, inventados y personajes de otras obras, todos ellos unidos de algún modo por su relación con la literatura del No. Y aunque contado así pueda parecer un tanto pesado, el hecho es que resulta de lo más ameno, en ocasiones divertido, y siempre muy original. Terminas cada pie de página buscando el siguiente a ver cómo Vila-Matas da otra vuelta de tuerca a un tema que no parece que pudiera dar tanto de sí. Y entre medias, el texto está trufado de episodios de ficción que hacen de pegamento de las historias.

Un pedazo de novela (o lo que sea).