sábado, 2 de junio de 2012

La encuadernadora de libros prohibidos, de Belinda Starling

Dora Damage es la mujer de un encuadernador al borde de la ruina por causa de un reúma crónico que le impide trabajar. En el Londres victoriano, tiene que luchar contra los prejuicios sociales para hacer lo que la sensatez le pide: hacerse cargo de la encuadernadora. Ocultamente al principio, pero a las claras más tarde, Dora pasa consigue remontar la empresa, a la vez que cuida tanto del marido, cada vez más inútil y del que no recibe ningún apoyo, ni físico (obviamente) ni moral (más bien al contrario), como de su hija epiléptica. Pero la decisión, que los salva de la miseria, tiene consecuencias para ella: tiene que hacerse cargo de la encuadernación de todo tipo de material pornográfico que le envían una panda de aristócratas dilentantes, obsesionados por el sexo y la crueldad, y que responden al nombre de los Nobles Salvajes. Dora se hace cómplice de esta tarea, ilegal en aquella época, a la vez que debe vencer sus prejuicios, los de su entorno y el acoso al que la someten sus peculiares clientes.

El libro pretende, por un lado, contar una historia que se presume misteriosa, intrigante e incluso en ocasiones inquietante, pero por otro es un claro manifiesto en alabanza de la mujer frente a una sociedad hostil. Pese a que no está mal escrito, el maniqueísmo es exagerado: todas las mujeres que aparecen en la novela tienen su lado positivo, humano, cuando no abiertamente generoso, altruista y bueno. Los hombres, en cambio, son o unos hijos de puta o, cuando menos, mezquinos (como su marido). Tan es así que esta regla sólo tiene dos excepciones: un exesclavo negro y un homosexual. Con todo, no es eso lo peor de la novela. Lo peor es que es aburrida. Ni intriga, ni misterio, ni chicha, ni limoná. Te hartas de pasajes intrascendentes y reflexiones coñazo. La historia avanza dando bandazos, sin norte ni guía. Y como no puede ser de otra manera en una historia mal construida, su resolución es pobre. Mucho hay que identificarse con la “heroína” para que te guste la novela. Desde mi punto de vista la novela confunde (deliberadamente o por torpeza de los editores) el target, porque parece una novela de misterio cuando en realidad su verdadero público son los (más bien las) que disfrutaron con “El pájaro espino”. Ahorráosla, hacedme caso.