martes, 21 de mayo de 2013

The hero: A study in tradition, myth, and drama, de Lord Raglan

No os exagero si os digo que llevo más de treinta años buscando este libro. No es que me costara encontrarlo, es que hasta hace poco no sabía de su existencia. ¿Nunca os habéis preguntado por qué los argumentos de las historias parecen ser siempre los mismos? ¿Por qué los mitos son unas historias tan rocambolescas? ¿O por qué los temas de los cuentos infantiles, aquí y en la China Popular, son tan parecidos y giran siempre en torno a los mismos esquemas? Borges decía que todos los argumentos pasados y futuros están ya en la Odisea. Borges era un provocador y le gustaba decir este tipo de cosas, pero cuando leí esta afirmación supe que él también se había dado cuenta. En sus últimos años se dedicó a estudiar las sagas nórdicas de forma un tanto obsesiva, y ahora, tras leer este libro, empiezo a entender por qué.

Hace mucho tiempo que me convencí de que tenía que haber una razón que explicara esta especie de universalidad. Mi idea, un tanto vaga, es que parece haber una serie de esquemas básicos y personajes tópicos que de algún modo resuenan con nuestros gustos, seguramente por razones ancestrales que nunca he sido capaz de imaginar. Por ese motivo siempre me ha saltado la alarma ante cualquier cosa que apuntara a una posible explicación. Y por eso digo que llevo años buscando este libro. En su búsqueda he leído muchas cosas, pero ninguna muy convincente. Por ejemplo, no hace mucho empecé a leer un libro titulado El héroe de las mil caras, de un tal Joseph Campbell, que resultó ser un truño lleno de patrañas psicoanalíticas intragables (además de un coñazo de leer). Y entonces un buen día supe de Raglan porque alguien, en un documental sobre las falacias del cristianismo, mencionó la “escala Raglan del héroe”. Pero antes de delatar al asesino dejadme que os diga quién es el tal Lord Raglan y de qué va el libro.

El mayor FitzRoy Richard Somerset, IV Barón Raglan, nacido en 1885 y muerto en 1964, fue, ante todo, un personaje. Militar de formación, luchó en Hong Kong, el norte de África, Palestina y Sudán, donde mostró sus dotes lingüísticas aprendiendo el idioma Lotuko, del que escribió un diccionario. Pero no estaría hablando de él de no ser porque tuvo que abandonar la carrera militar y regresar a Inglaterra a ocuparse de su herencia tras la muerte de su padre. Y allí empezó a interesarse por varios temas, entre ellos la antropología. Nunca tuvo una auténtica formación académica, pero era un individuo muy inteligente y perspicaz y un escéptico hasta la médula, y no tuvo problemas en plantarle cara a ningún “experto”, por más títulos universitarios que tuviese. En su libro hace gala de ello y, con un sarcasmo y una ironía genuinamente británicos, reparte cera a diestro y siniestro. Fue muy polémico y sus controvertidas opiniones le valieron las críticas (a veces feroces) de sus contemporáneos. Le gustaba decir que no existen las genealogías normandas, negar la historicidad de un montón de leyendas locales, afirmar que Shakespeare era en realidad un sindicato de media docena de escritores (entre los que aquél sólo escribía las partes cómicas), declarar que blancos y negros americanos se acabarían fundiendo en una raza única, o asegurar que el galés era una lengua moribunda. Pero si su fama ha trascendido es, sobre todo, porque escribió el tratado sobre la figura del héroe que traigo hoy a este blog.

La idea central del libro es que no hay nada histórico en ninguna de las leyendas sobre personajes heroicos que han llegado hasta nuestros días; que todas ellas son elaboraciones narrativas de antiguos mitos, y que estos mitos se han construido sobre primitivos rituales religiosos de diversos tipos (de iniciación, de coronación, de matrimonio, de sacrificio, de muerte...) en los que se escenificaban los hechos aludidos en el ritual.

El libro está dividio en tres partes: tradición, mito y teatro. En la primera comienza afirmando que sólo una pequeña parte de la humanidad, y sólo durante un corto periodo de tiempo, ha mostrado algún interés por la historia, y que la historia se construye en base a textos y a una perfecta cronología. De entre todas las posibles fuentes históricas, la peor, por menos fiable, es la tradición oral, especialmente mediada por gente sin interés en la historia. Lo que no queda escrito se transmite con mucho ruido y tiene una alta probabilidad de ser olvidado. Llega incluso a estimar que la ventana temporal de la memoria oral es de alrededor de 150 años, de manera que cualquier cosa escrita después de un tal lapso de tiempo carece por completo de fiabilidad.

Con estos argumentos en mano arremete una a una contra todas las leyendas a las que se atribuye cierto grado de historicidad. Demuestra que son hasta tal punto inconsistentes que (fenómenos sobrenaturales aparte) no pueden estar referidas a hechos históricos. Y fuera de esas narraciones, ninguna evidencia genuinamente histórica (documental, arqueológica, etc.) las apoya. Así que no queda más remedio que concluir con él que, en efecto, ni de Robin Hood, ni del Rey Arturo, ni de Cuchulainn, ni de tantos otros héroes legendarios  que conocemos por relatos existe nada que apoye que tuvieran una existencia histórica real. Pero (y esto resulta más impactante) tampoco de Troya, ni de las sagas nórdicas. Es decir, según Raglan, ni hubo una guerra que enfrentara a los griegos contra un pueblo de la costa de Asia Menor, ni los vikingos llegaron jamás a América. En el caso de Troya la única evidencia arqueológica es la que encontró Schliemann. Pero, ¿qué encontró realmente Schliemann? Una ciudad enterrada en la costa de Asia Menor (una de las regiones del planeta por las que más trasiego humano ha tenido lugar) cerca de unos ríos. Pero, ¿Troya? ¿La Troya homérica? A saber. Con los vikingos, en cambio, hoy sabemos que se equivocó y que Vinland no es la tierra mitológica de la que habla Raglan, sino América. En su favor hay que decir que la evidencia arqueológica de los asentamientos vikingos no existía cuando escribió el libro y que sin ella, afirmar la historicidad de unos hechos a partir de leyendas es, como mínimo, osado.

En la segunda parte Raglan pasa a analizar la figura del héroe mitológico. Aquí es donde se sale, porque hace algo que es inusual en un texto “de letras”: busca una forma de cuantificar su hipótesis para poder falsarla (¡el método científico en estado puro!). Y así concibe la famosa escala Raglan del héroe. Lo que hace es fijarse en unos cuantos héroes mitológicos griegos y extraer de sus leyendas una serie de elementos que son comunes a varios de ellos. Así identifica las 22 características siguientes:
  1. La madre del héroe es una virgen real,
  2. su padre es un rey y
  3. a menudo un pariente cercano de la madre, pero
  4. las circunstancias de su concepción son inusuales.
  5. Él héroe también tiene la reputación de ser el hijo de un dios.
  6. En el momento su nacimiento alguien—por lo general su padre o su abuelo materno—intenta matarlo, pero
  7. consigue escapar, y
  8. es criados por padres adoptivos en un país lejano.
  9. No se nos dice nada de su infancia, pero
  10. al llegar a la madurez regresa, o va a su futuro reino.
  11. Después de una victoria sobre el rey o un gigante o un dragón u otra bestia salvaje
  12. contrae matrimonio con una princesa, que con frecuencia es la hija de su predecesor y
  13. se convierte en Rey.
  14. Durante un tiempo reina tranquilamente.
  15. Prescribe leyes.
  16. Más tarde pierde el favor de los dioses y/o de su pueblo y
  17. es expulsado del trono de la ciudad, después de lo cual
  18. se encuentra con una misteriosa muerte,
  19. a menudo en la cima de una colina.
  20. Sus hijos, si los hubiere, no logran sucederle.
  21. Su cuerpo no es enterrado, pero sin embargo
  22. tiene uno o más santos sepulcros.
Y a continuación empieza a puntuar héroes famosos de distintas mitologías, con los siguientes resultados: Edipo, 21 puntos; Teseo, 20; Moisés, 20; Arturo, 19; Dionisos, 19; Rómulo, 18; Perseo, 18; Watu Gunung (Java), 18; Herakles, 17; Llew Llaw Gyffes (celta), 17; Belerofonte, 16; Zeus, 15; Jasón, 15; Nyikang (Alto Nilo), 14; Robin Hood, 13; Pélope, 13; Asclepios, 12; José, 12; Apolo, 11; Sigfrido, 11; Elías, 9. Pero hace más: aplica la escala a héroes cuya existencia histórica está contrastada y encuentra que todos puntúan como mucho 6, con la excepción de Alejandro Magno, que puntúa 7. Raglan no calculó un p-valor para rechazar la hipótesis “el héroe X es histórico” porque seguramente no sabía estadística, pero vamos, lo tenía a huevo. Y, por cierto, os habéis dado cuenta vosotros también, ¿no? Falta uno. Una ausencia clamorosa, ya que al leer la lista de Raglan es el primero que me vino a la mente. Pues también a Raglan, al parecer—y puntúa 19 puntos al menos—, pero su editor le obligó a quitarlo de la lista.

He de admitir que con esta escala Raglan lo clava: primero, demuestra que los héroes mitológicos encajan en un mismo patrón, con pequeñas variaciones, y segundo, da un método cuantitativo para detectar el grado de fiabilidad histórica de una leyenda. Cuidado que no afirma ni niega la historicidad de los personajes, simplemente dice que, sin tener otra evidencia independiente, su historicidad es totalmente cuestionable.
La última parte del libro es la más especulativa. Ahí es donde Raglan intenta encontrar la fuente de los mitos, y su idea es que son una narrativa que describe un antiguo ritual, una “performance” que reyes y sacerdotes debían de realizar ante la multitud escenificando determinados ritos de iniciación, de sacrificio, de matrimonio, etc. Y son esos ritos los que pasan a formar parte de las historias mitológicas que encarnan los héroes. Por eso son tan raras. Por eso no nos hablan nunca de hechos “normales”. Como él dice, un héroe no se enfrenta al enemigo con tácticas militares, no ataca por sorpresa, ni pide refuerzos, ni hace nada de lo que se consideraría lógico en una batalla. El héroe avanza a encontrarse con su destino enfrentándose con otro héroe a quien debe matar, o a manos de quien ha de morir. Y el resto del ejército, si lo hay, no hace más que contemplar el duelo. Cualquiera que haya leído la Iliada sabe de lo que hablo.

Raglan va aún más allá y afirma que los cuentos populares son otra versión de la misma película. Francamente no tienen nada de popular: no hablan del campo, ni de cosechas, ni de amores sencillos, ni de fiestas; hablan de reyes, de animales parlantes, de hadas, de hechizos... En definitiva, de cosas que difícilmente andan en la mente de un campesino. De nuevo atribuye todos estos elementos a narrativas de rituales.

Uno puede, o no, estar de acuerdo con la teoría de Raglan del origen del mito, pero hay que reconocer que la idea de que los ritos antiguos, cuya escenificación fue parte de la vida cotidiana de los hombres primitivos, hayan pasado a formar parte de las narraciones que conforman las historias “populares” y los mitos, es una idea muy sugerente. Y el libro es sorprendente en más de un aspecto. Además del capítulo “El héroe”, donde da la escala y mide la “mitologicidad” de héroes famosos, hay otro pasaje que me dejó con la boca abierta. Hablando de los cuentos populares Raglan pone un ejemplo de una narrativa típica: «Un joven encuentra de algún modo el camino a la casa de un gigante o un ogro, que vive en una remota parte del mundo o en el cielo. El ogro tiene una hermosa hija, y ella y el joven se enamoran. El ogro encuentra al joven y le impone una serie de tareas imposibles, tales como vaciar un gran lago con un cubo o limpiar un establo augiano, pero la hija del ogro puede hacer magia, y por medio de ella el joven consigue realizar las tareas, para gran disgusto del ogro. El joven y la chica deciden fugarse; el ogro los persigue, pero es demorado por obstáculos mágicos que la chica interpone en su camino hasta que alcanzan un río que permite cruzar a los amantes, pero ahoga al ogro.» El cuento, afirma Raglan, lo cuentan los griegos, los malgaches, los escoceses, los celtas, los rusos, los italianos, los algonquinos, los fineses y los samoanos, y muchos de sus incidentes suceden en historias que cuentan los zulús, los bosquimanos, los japoneses, los esquimales y los samoyedos. Bueno pues, ¡este cuento me lo contaba mi abuelo cuando era pequeño bajo el título de Blancaflor! ¿No es notable que mi abuelo fuera depositario y transmisor de un elemento cultural cuyo origen se remonta a la noche de los tiempos?