lunes, 14 de octubre de 2013

Monsieur Pain, de Roberto Bolaño

A Bolaño hay que entrarle por los grandes.

Este blog se ha declarado bolañista en varias ocasiones. Yo lo descubrí en Los detectives salvajes (tuve ese afortunado acierto) y le dediqué un apasionado elogio (a mi edad ya no es frecuente toparse con una obra maestra, y de esa calidad). Susanna hizo una inspiradísima reseña de 2666. Y el blog le ha dedicado algunas entradas más, en casi todas las cuales Bolaño sale a hombros por la puerta grande.

Esta vez no va a ser una de ellas.

Monsieur Pain es una novela menor. Bolaño le tenía cariño (y así lo expresa en el prólogo) porque con ella obtuvo su primer sueldo literario; bueno, sus primeros sueldos, porque la presentó a dos concursos y ganó ambos. En aquél entonces la novela se llamaba La senda de los elefantes. Pero en la perspectiva de la obra de Bolaño, Monsieur Pain me parece más un ejercicio que una obra acabada. Renuncio a contar el argumento, porque no tiene ninguna relevancia. El relato sigue las vicisitudes de un mesmerista, Monsieur Pain, a quien una amiga pide ayuda para curar al marido de otra amiga, una tal Vallejo (que al parecer es el poeta César Vallejo, muerto en 1938 en París en circunstancias no muy claras). Durante toda la novela Pain se encuentra con toda suerte de tipos extraños y raras circunstancias; hay referencias a la Guerra Civil española y a la contienda mundial, y todo el relato respira un inquietante aire de novela de espionaje. Pero todo eso al final desaparece, «como lágrimas en la lluvia», y la novela queda rematada por un extraño epílogo que se limita a describir el destino final de los personajes que han pasado por ella, dejándote una sensación de «¿le faltan páginas a este libro?»

La novela, en realidad, no lo es. Es un hilván de relatos y episodios, de fuerte intensidad dramática, pero poca o nula conexión entre ellos, y sin más trascendencia que la sensación que transmiten de que algo está ocurriendo entre bastidores que tú no acabas de percibir. Desde luego en cada episodio reconoces a Bolaño: es su estilo, su forma de narrar; son sus metáforas, su poética. Pero falta la arquitectura de la novela. A lo mejor es mi ignorancia. Tal vez, conociendo la obra de César Vallejo, esas piezas de puzzle encajen y formen la imagen que yo no he visto. Si alguien tiene esas claves, por favor, que deje un comentario al respecto. Me encantaría estar equivocado y comprender que hay un propósito detrás, un leitmotiv, una verdadera novela detrás de Monsieur Pain (¿por qué carajo La senda de los elefantes?)

Lo que sí ha conseguido la lectura de la novela es hacerme reflexionar sobre Bolaño, su obra y su papel como escritor. Y creo que hoy, hablando en la comida de ello con Yuri, éste ha dado con la clave para entender, no ya ésta, sino toda su obra. Según Yuri, si Bolaño hubiera sido rico, ahora mismo ni sabríamos de su existencia. La única razón por la que existe una “obra de Bolaño” es que necesitaba dinero para vivir. Hace algún tiempo vi un documental sobre Bolaño. En él aparecía el autor y revelaba algunos aspectos de su vida y de sí mismo. Un montón de gente que lo conoció en Barcelona también hablaba de él y completaba el cuadro. Recuerdo que me pareció un tipo simpático, alguien agradable con quien te apetecería conversar delante de unas copas, hablando de cualquier cosa.

Pero lo que se me quedó más grabado de todo lo que contaba en el documental fue su forma de escribir. Bolaño escribía sin parar, todos los días y sobre todo. Llenaba cuadernos y cuadernos. Decía que era una especie de compulsión, algo que necesitaba tanto como comer o dormir. En esos cuadernos Bolaño combinaba sus experiencias cotidianas, la gente que conocía, las anécdotas que le contaban, y con ellas creaba ficción, una ficción combinatoria que, como tal, generaba cuantos cuadernos pudiera comprar. Esa es la verdadera obra de Bolaño. Algún día algún estudioso de la literatura se lo planteará, llegará a la misma conclusión y, estudiando esos cuadernos, escribirá la tesis definitiva sobre Bolaño.

A eso se refiere Yuri cuando dice que si Bolaño hubiera sido rico, hoy no sabríamos nada de él. Nadie conocería esos cuadernos porque Bolaño no tenía otro propósito con ellos que escribir para sí mismo. O tal vez sí, pero lo que desde luego no existirían son sus novelas, porque no habría tenido necesidad de escribirlas. Y en caso de hallar esos cuadernos, ¿a quién le importarían los relatos deslavazados e inconexos que presumiblemente los llenan? Pero Bolaño decidió en algún momento que podía vivir de la escritura y probablemente fue entonces cuando se planteó dar forma de novela (o más bien de novelas) a ese maremágnum de ficción. Seguramente en esos cuadernos, de forma fragmentada y desmembrada, están todas sus novelas; las que publicó y las que nunca publicó. Seguramente Monsieur Pain fue uno de sus primeros Frankensteins, y tal vez sea su proximidad a ese primigenio estado cuadernístico lo que la hace más difícil de apreciar (si mi primer acercamiento a Bolaño hubiera sido esta novela, Los detectives salvajes seguiría acumulando polvo en las estanterías). Seguramente esa es la razón de que Bolaño tenga varios libros de relatos, y de que sus novelas en el fondo sean un conjunto de relatos dotados de una metaestructura. Seguramente ese es el motivo por el que hay quien ha encontrado una supraestructura en toda la obra de Bolaño (algo de cuya existencia empiezas a percatarte a la que has leído varios de sus libros).

Bolaño es posiblemente uno de los autores modernos más importantes de la literatura, y también uno de los más difíciles, porque si Yuri y yo tenemos razón, sólo se puede llegar a él a través de sus cuadernos. Pero es obvio no se puede empezar por ahí.

Por eso, a Bolaño hay que entrarle por los grandes.