
Eduardo Mendoza tiene dos facetas: una seria y otra cómica. En aquélla ha demostrado ser un novelista genial, uno de los mejores en nuestra lengua, pero curiosamente, según avanza su edad, parece irse decantando más por está. Incluso los libros que, como
Riña de gatos, no deberían, por su temática, ser humorísticos, lo son (y mucho). ¿Será que ha decidido que la realidad es tan absurda y ridícula que sólo tiene sentido acercarse a ella a través del esperpento? No lo sé; ahí lo dejo para los críticos sesudos. En todo caso, esta novela se alinea con las del detective innombrado (el de la cripta embrujada y
demás), con
Sin noticias de Gurb o con
El asombroso viaje de Pomponio Flato. Y quizá sea la más absurda de todas, porque ni pretende ser una crítica (el
Gurb lo es, y con muy mala leche) ni hace ninguna concesión al realismo (real o imaginado). Se podría decir que es de «ciencia ficción» si
La guía del autoestopista galáctico (a la que recuerda mucho) se considera ciencia ficción; pero puestos a buscar referencias, su planteamiento me recuerda a
Los viajes de Gulliver y también le encuentro conexiones con
Ciberíada.