martes, 26 de febrero de 2013

2666, de Roberto Bolaño

Inabarcable. He acabado de leer esta novela, o debería decir novela de novelas que no sé bien si debo repensar como historias en paralelo, secuenciales o, mejor, unas dentro de otras, y esa es la primera palabra que se me ocurre para describir mi sensación. Concluyo, no sin un buen grado de satisfacción, la lectura de la última frase —apuntaré aquí que el libro tiene 1119 páginas—, y me doy cuenta de que querría volver a empezar. Porque, debo reconocerlo, me he perdido. No es que no haya entendido, es que el camino ha sido tan largo y complejo, tan arbóreo, tan prolijo en detalles inesperados, que no recuerdo. Bolaño me ha trajinado por el tiempo, los paisajes y las sensaciones de los personajes, dentro y fuera de multitud de vidas, me ha concedido el arrebato animal para empujarme después a la reflexión que despoja a la pasión de su encanto, y al final me ha quedado el eco de una borrachera de individuos, la depresión de la realidad sin endulzar, el vértigo de un momento en una vida que puede a la vez ser niñez, adultez (que no madurez) y senectud. Y, si quisiera entender algo, comprendo que debería volver a empezar. Porque, además de todo lo anterior, 2666 acaba unos pocos días antes de su comienzo.

Es difícil decir qué es, qué representa o qué significa esta novela. Pero sí sé lo que no es: esto. 2666 no es la enumeración de las relaciones, más bien simples, entre los personajes. Que Morini vaya en silla de ruedas no es importante; sí lo es que por ello quede apartado, aparentemente, del viaje de búsqueda de los demás críticos. Que Pelletier y Espinoza acaben acostándose a la vez con Norton no es un hecho destacable; sí lo es que la interpretación que cada cual hace de sus acciones suponga un aplauso de su intelecto, de su relevancia, de la imagen que creen tener. Que Amalfitano actúe como cicerone en la visita de los críticos literarios a Santa Teresa es completamente circunstancial. Pero que el mismo personaje cuelgue libros de geometría en el tendedero va más allá de la metáfora. Y así todo. La prosa de Bolaño es, según yo la percibo, una continua desmitificación de la fachada. Su amarga ironía desviste cualquier apariencia y tenazmente insiste en que nada vale más allá de la aceptación de la mediocridad, la desdicha o la propia intrascendencia. Pero no lo dice, lo demuestra. Es un maestro en captar nuestra atención con el discurso fluido y aparentemente elaborado de cualquier personaje, solo para cerrar varias páginas más tarde con un “En realidad sólo he dicho tonterías.” Tal cual. Y uno se da cuenta de que es así, pero también de que ese discurso tonto revela una íntima complacencia que experimentamos, en distintos contextos, día tras día. Y nos obliga, en cierto modo, a estar más atentos.

Siendo que lo esencial de esta novela no es la narración, cómo empieza y cómo acaba, o quién está relacionado con quién, voy a ahorrarme una descripción detallada del argumento. Diré que la acción tiene como centro la ciudad de Santa Teresa (hermana literaria de Ciudad Juárez), y que los cientos de personajes que aparecen están vinculados a través de su relación con esta ciudad y con los asesinatos de mujeres que allí ocurren entre 1993 y 1997. Hallaréis de ellos descripciones minuciosas en las que no falta un apellido, un atuendo, una edad o una mutilación. A esas alturas Bolaño ya ha conseguido que lo bizarro, lo esperpéntico y lo violento nos acompañen sin dilatar nuestras pupilas. Si hay un protagonista, ese es Benno von Archimboldi (seudónimo de Hans Reiter), cuya naturaleza no se descubre hasta la página ochocientos y pico. Pero, como digo, mucho más importante que la historia es el círculo que dibuja, donde el desarrollo vital de unos y otros viene determinado por eventos casuales, rara vez causales. Como lector hay que disfrutar cada página sin buscar conclusiones: diría que alguien que no pueda ver nunca una película de Bergman en paz consigo mismo no está preparado para 2666. Bolaño es un escritor para lectores pacientes. No responde al “y ahora, ¿qué?” o “y esto, ¿cómo acaba?” o “a este, ¿qué le pasa?”, o al menos no nos da, nunca, una respuesta material, un final cerrado o una explicación única. Nos da claves para seguir pensando, para profundizar, según sus normas, en el sentir humano, y nos obliga siempre a una perspectiva triste, de vidas despellejadas, de apariencias sin fondo.

Algo que me impresiona profundamente de Bolaño es que cada frase, cada párrafo, parece que fuera el último. Los lugares comunes no existen, las descripciones son imágenes nunca antes escritas: “En París, contestó la baronesa, y la mujer del escritor ya no dijo nada más. Su rostro, sin embargo, se convirtió a partir de entonces en un discurso o memorándum de agravios sufridos por la ciudad de Maguncia desde su fundación hasta aquel día.” No repite, no copia. A propósito de unos paisanos jugando a los dados: “Decían: engarróteseme ahí, o metateado, o peladeaje, o combiliado, o biscornieto, o bola de pinole, o despatolado, o sin desperdicio, como si pronunciaran nombres de dioses o los pasos de un misterio que ni ellos entendían, pero que todos debían acatar.” Es un librepensador y libreasociador en las acepciones más ebrias de ambos términos. A esto añade un enciclopédico conocimiento de la literatura que me hace pensar que Bolaño primero escribe para sí mismo, y quizá luego, aunque sin tenerlo en explícita consideración, para estudiantes de tesis doctorales. Porque el interés en crear un producto de consumo es nulo. Soy consciente de haberme perdido la mayor parte de sus referencias a otros escritores, los guiños a otras obras y las críticas o las reverencias, siempre sutiles pero presentes. Un ejemplo que sí reconocí se oculta en su frase “Una ilusión óptica, sí, unas nubes extrañas con forma de puntos, ropa tendida al viento nocturno, la mosca o el mosquito de Poe. ¿Así que aquí no hay desempleo femenino?”  

Llego al final de esta reseña sabiendo que no he contado mucho. ¿Recomiendo 2666? Pues no sé qué decir. Sí sé que es Bolaño en estado puro, aunque esta fuera su obra póstuma y su factura final despertara suspicacias en un primer momento. Estamos ante un destilado, concentrado y multiplicado de Los detectives salvajes, Nocturno de Chile, El gaucho insufrible o El tercer Reich, por nombrar algunas de sus obras que ya se han reseñado en este blog. Es placer, pero también inquietud. Hay que saborearlo, pero en ocasiones desespera. Probadlo. Puede ser que, como yo, aparquéis cualquier otra lectura (en mi caso el libro que se ha reseñado antes de este) y, a pesar de la exigencia, necesitéis perseguir los dedos de Bolaño mientras teclean, aun a sabiendas de que al final, como la Reina Roja, os quedaréis plantados allí donde empezasteis, si bien, a poco que hayáis prestado atención, habréis vuelto notablemente más confundidos. Y es que el paisaje, on the eye of the beholder, habrá cambiado.