viernes, 5 de julio de 2013

Delirio, de Laura Restrepo

Un mensaje en el contestador avisa al protagonista de esta novela —a quien no conoceremos más que por su apellido, Aguilar— de que vaya a buscar a su mujer a un hotel de Bogotá, donde la encuentra en compañía de un hombre y delirando. Lo que ha ocurrido desde que se marchó de casa hace cuatro días, dejándola en plena faena de pintura del salón para arreglar el feng shui de la casa, es un completo misterio. El hombre que la acompaña desaparece sin dar una explicación; con ella, en su actual estado de locura, no puede ni siquiera hablar, y para colmo —ahora lo lamenta profundamente— nunca se ha preocupado de averiguar nada del pasado de su mujer, de cuya familia no sabe más que pertenece a la alta burguesía bogotana.

Con tan pocos datos y con la inesperada ayuda de la que un día se presenta en su casa como “tía Sofi”, supuestamente la hermana de su suegra, Aguilar se lanza a reconstruir los hechos ocurridos durante esos cuatro días con el fin, por un lado, de entender lo que ha ocurrido, y por otro, si ello es posible, de sacar a su mujer del estado en que se encuentra. Lo que Restrepo pone ante nuestros ojos es un collage por el que desfilan, sin orden aparente, una galería de personajes que van desde la burguesía bogotana a los habitantes de los barrios pobres; desde los arribistas que medran a la sombra de los narcos, al propio Escobar; desde el abuelo alemán de su mujer, a la enigmática —aunque fundamental para la historia— tía Sofi. Con una técnica narrativa magistral, unos personajes magníficamente construidos y un juego temporal que se convierte en el alma de la narración, la autora ha creado un pedazo de novela, merecedora, de largo, del premio Alfaguara con que la galardonaron y del elogio que Saramago hace de ella en el prólogo.

La novela es una compleja trama de historias entrelazadas, historias de amor, de viejos secretos de familia, hipocresías, confrontación social, corrupción, perversión y, como no, narcotráfico. Desde Cien años de soledad sabemos que Colombia es tierra caliente, tierra de excesos y grandes pasiones, pero la Bogotá de los 90 es un escenario como ningún otro para las tragedias bárbaras (como ya nos demostraba con maestría Juan Gabriel Vásquez). El trauma generacional que ha dejado la guerra del narcotráfico en la población bogotana es quizá comparable al de nuestra guerra civil, y no me cabe duda de que a la larga acabará también produciendo el mismo hastío, pero por el momento parece encontrarse en su momento de gloria.

En el aspecto formal la novela es brillante. No hay una división en capítulos, pero sí en pequeños bloques narrativos, en cada uno de los cuales saltamos de personaje, de historia y de momento temporal, y aunque desde el principio se ve que todas ellas están relacionadas, la conexión va creciendo progresivamente según la novela avanza. El perfecto encaje temporal sólo se produce al final, cuando entendemos cómo cada una de estas piezas entra en la historia fundamental, a saber la investigación que Aguilar lleva a cabo sobre esos cuatro días fatídicos.

La narración discurre en párrafos largos, mantenidos, sin apenas puntos (la herencia de García Márquez, supongo). Cada personaje narra en su registro idiomático, lo mismo si es barriobajero, narco, burgués o, como el protagonista, profesor de literatura, así que el despliegue lingüístico es impresionante. Y —el recurso que a mí más me gusta— narración y diálogos discurren sin solución de continuidad y el punto de vista salta de primera a tercera persona varias veces en el mismo párrafo, incluso a mitad de frase.

Resumiendo la novela en dos palabras: cojo-nuda.