martes, 24 de junio de 2014

Los cuerpos extraños, de Lorenzo Silva

Terminada de leer esta séptima novela de la saga Bevilacqua-Chamorro, parece un buen momento para abandonarla definitivamente, dado que está claro que no da más de sí. Esta vez la pareja (extendida, porque desde hace un par de novelas el equipo cuenta con más gente) se enfrenta a un crimen con un trasfondo de corrupción política. La trama no es ni más ni menos interesante que cualquier otro crimen novelístico (si acaso algo oportunista), pero su resolución, como viene ocurriendo en las últimas novelas, descansa sobremanera en un despliegue de «magias» tecnológicas a la manera de un capítulo del CSI, donde siempre hay un liquidito morado que detecta la pista clave. Escuchas autorizadas a tutiplén a quien sea menester; ordenadores hackeados como el que abre un bote de colacao; subalternos que curran como y cuando haga falta, y que ríete tú de los de Grissom, y colaboración local sin reservas. Razones, éstas, similares a las que hicieron que dejara de ver el CSI o a las que me hacen evitar la literatura fantástica (donde una pócima adecuada obra milagros). Sé que todo esto tiene su  público, porque vivimos una edad de oro de las historias de crímenes (series, novelas, películas...) y a mucha gente le va el rollo (a mi señora, sin ir más lejos), pero yo no me cuento entre ellos.

La memoria es muy poco fiable. Las cosas que te gustaron en algún momento y que te dejaron un buen recuerdo tienden a rodearse de cierto aire de leyenda, y no es raro que, de revivirlas, te lleves una desagradable sorpresa. Recuerdo series en mi infancia que aún hoy me parecen míticas y que dan para una buena conversación nostálgica con los colegas frente a unas copas, pero alguna vez he vuelto a ver un capítulo de alguna de ellas y se me han puesto de punta los pelos del pubis. En especial las de ciencia ficción, con naves que tenían más palancas que botones. Así que, ante la posibilidad de que las tres primeras novelas de esta saga —que yo recuerdo especiales y muy diferentes del resto— hubieran entrado en los dominios del mito, nada más acabar ésta y sin quitarme el regusto a decepción, las desempolvé las tres y empecé a leerlas sistemáticamente de la primera a la tercera, para descubrir que, al menos en este caso, mi memoria no me traicionaba.

El lejano país de los estanques, El alquimista impaciente y La niebla y la doncella son tres novelas especiales. Y no por la trama: la de Los cuerpos extraños es comparable a cualquiera de ellas, sino por los personajes. Bevilacqua es un tipo sarcástico, cínico (hasta cierto punto: tiene principios y los respeta) y, sobre todo, muy gracioso y ocurrente. Chamorro es una chica más joven que él, tímida, un poco mojigata, pero muy seria y competente. Al principio Bevilacqua se horroriza de que su comandante le encasquete una compañera sí o sí, porque él, dice, trabaja solo. Pero tarda muy poco en compenetrarse con ella. Y en descubrir que, oculta bajo el uniforme, hay un pedazo de tía. Alta, tirando a rubia y con un cuerpo que quita el hipo, Bevilacqua acaba, como no, enamorado de ella —aunque su sentido del deber le obligue a dar un paso atrás en el momento decisivo. Si a alguien le parece que exagero, no tiene más que comprobar que se pasa las dos primeras novelas comparándola con Veronica Lake. Es más: todo el despliegue de ironía, sarcasmo y humor negro; todas las absurdas teorías acerca de cualquier cosa; todo su sacar a relucir a Freud, Jung o Lacan a la menor ocasión, o su presumir de lecturas raras y sofisticadas, no es más que la cola del pavo real que despliega para enamorarla. Y lo consigue. Y la cosa no pasa a mayores de nuevo porque Chamorro también tiene un alto sentido del deber.

Explotar la tensión sexual entre los protagonistas no es nuevo; podríamos decir que hay cierta tradición: Remington Steele, Luz de luna o —sin remontarme a la noche de los tiempos— Castle. Lo que esta saga tenía de original era su sentido del humor made in Spain, su cercanía a los guiones de Azcona y los personajes de Berlanga. Y como tal, la corrección política brillaba por su ausencia. Dejadme que cite, como ejemplo, el comienzo de El lejano país de los estanques:
Perelló aspiró fuerte a través del pañuelo y sentenció:
—Vaya par de peras.
—Si usted lo dice, mi brigada —admitió Satrústegui, con disciplina pero sin énfasis, respirando cautelosamente a través de su pañuelo para que no le llegara demasiado el hedor.
—Coño, Satrústegui, encima de ser vasco tienes gaseosa en las venas. No sé cómo ni quiénes te admitieron en el Cuerpo.
—Reconozca, mi brigada, que la chica no está en su mejor momento.
—Eso es lo fuerte, Satrústegui. Imagínala en la playa, cuando se las estaba tostando. Uf.
—Si imaginación no me falta. No vaya a creerse que en todo Amurrio hubo otro chaval al que le diera por hacerse txakurra.
—De todas maneras, Satrústegui, y volviendo al asunto. Ya soñaba yo encontrarme un cuerpazo así alguna vez. Treinta años de servicio. Si tarda un poco más me pilla jubilado.
Satrústegui meneó la cabeza.
—Está muerta, mi brigada. Y mire cómo la han dejado. Es una putada. No sé cómo tiene estómago para pensar en eso.
—Todos nos morimos, Satrústegui. Hay que buscarle alicientes a la vida.
Ese era el tono... A partir de la cuarta novela todo cambió. Se perdió el humor, se perdió la incorrección política, se perdió la tensión sexual (así, sin más...), y la resolución de los casos dejó de basarse en el ingenio, el pálpito y la suerte y empezó a hacerse... ¿cómo diría yo?... más burocrática. En las novelas empiezan a tomar demasiado protagonismo los informes a los jefes, las coordinaciones con los cuerpos locales, las entrevistas con los jueces y, como ya he explicado antes, la metodología CSI. La relación entre los protagonistas se diluye en este entramado funcionarial, donde ya no tienen cabida los comentarios ácidos, las bromas, las teorías psicoanalíticas... Bevilacqua se ha vuelto un triste; los secundarios son apenas fantasmas (nadie puede hacer un perfil psicológico del guardia Arnau, y eso que esta es su tercera novela); Chamorro está, pero como si no estuviera... Y ya no comparten más que una vieja camaradería que apenas les da para alguna que otra melancólica sesión de copas.

El contraste de esta novela con la primera de la serie es, francamente, brutal. La sensación de pérdida tras leerlas seguidas es enorme. Puede ser que eso me haya hecho ser más negativo en la crítica de lo que tal vez la novela merezca, pero desde luego me ha servido para darme cuenta de que a mí esta serie ya no me interesa, y quizá sea un buen momento para dejarla. Francamente, creo que no va a remontar. Silva ha creado una complicidad personal con la Guardia Civil a partir de estas novelas que parece haberle inclinado a ser fiel a sus procedimientos. Tal vez esto le satisfaga a él, pero yo veo en ello un lastre. A mí no me interesan los procedimientos que realmente sigue la Guardia Civil en el esclarecimiento de un crimen; a mí me interesa que me cuenten historias que me gusten, como las primeras de las serie. Y por cierto, ya que sale el asunto, no me creo la imagen de buen rollo de la Guardia Civil que venden estas novelas. No cuadra con mis más recientes experiencias con miembros de la Benemérita.