miércoles, 21 de enero de 2015

El marciano, de Andy Weir

He aquí una novela de ciencia ficción a la antigua usanza: científicamente rigurosa, clara en las premisas, sin trucos ni artificios —no hay extraterrestres, ni capacidades mentales extraordinarias, ni viajes temporales...— y, sobre todo, plausible. Una historia que no ha ocurrido, que es muy improbable que ocurriera (¿qué son los grandes relatos sino historias muy improbables?), pero que podría ocurrir.

Una expedición a Marte (no la primera) pone seis astronautas sobre el planeta. Está previsto que permanezcan allí veinte días. Durante los cinco primeros todo transcurre como está previsto, pero el sexto un huracán marciano azota el campamento y tienen que abortar la misión. En la apresurada evacuación Mark Watney, el botánico del grupo, sufre un accidente, sus compañeros lo dan por muerto y lo abandonan en Marte. Pero Mark no ha muerto, y cuando se repone se encuentra solo, abandonado en un planeta hostil e incomunicado. No tiene recursos para sobrevivir más allá de un periodo limitado; sus compañeros de misión ignoran que sigue vivo (de todos modos no podrían volver para rescatarlo), y aunque pudiera establecer contacto con Houston, ninguna misión de rescate llegaría a tiempo de salvarlo.

Es un callejon sin salida. Sin embargo, Mark recurre a sus conocimientos de ingeniería, química y botánica, y con una gran dosis de ingenio idea un plan absolutamente descabellado que... podría funcionar. Así que, después de todo, ¡tal vez pueda volver a la Tierra!

A mí me llegó con esto. Y me encontré lo que esperaba: una novela a caballo entre la ciencia ficción y la aventura, un híbrido de Robinson Crusoe y Apolo XIII, que te mantiene enganchado hasta la última página. No esperéis literatura, ni personajes con caracteres complejos, ni reflexiones filosóficas; la novela es entretenimiento puro. Su punto fuerte es el propio argumento y el rigor científico. Como decía al principio, la plausibilidad es su mejor baza. Dado que se nos plantea un problema irresoluble sin recurrir a un milagro, resolverlo sin violar las leyes de la física es lo que la hace grande. Desde luego, el plan tiene infinitos puntos débiles, y si la situación se diera en la realidad yo no daría un euro por el amigo Mark. Pero esto es ficción, y no se escribe ficción con probabilidades.

También hay algún punto flojo. Por ejemplo, hay a quien le aburrirán los detalles técnicos (a mí me parecen esenciales en este relato). Tampoco es muy creíble que alguien en la situación de este hombre no pare de hacer chistes malos, ni que no pierda los nervios con frecuencia. Pero ya digo: la épica de la historia compensa las debilidades narrativas.

Un dato curioso de esta novela es que se trata de una opera prima autopublicada. Fue su gran éxito de ventas, propiciado por la difusión boca a boca, lo que atrajo (cual buitres a la carroña) a las editoriales, que han sabido reconducir una parte de ese éxito a sus bolsillos reeditándola «en plan serio». El autor es un niño prodigio, ingeniero de software desde los quince años y un friqui de la ingeniería aeroespacial y de la física —un hobby que ha sabido aplicar magistralmente a la novela.

En resumidas cuentas: si sois fans de la ciencia ficción clásica, ya estáis tardando en leerla, y si os gustan los relatos de aventuras también. Se lee del tirón y no defrauda.