domingo, 18 de enero de 2015

El sentido de un final, de Julian Barnes

Ya he contado en varias ocasiones lo mucho que me gusta este escritor. Esta es su última novela (y espero que sólo en un sentido). Llevaba años detrás del Booker, el premio más prestigioso de habla inglesa, y por fin lo ha conseguido con esta ella.

Y se lo ha ganado.

De un tiempo a esta parte sus novelas parecen orbitar en torno a la complejidad de las relaciones humanas, en especial las relaciones de pareja. Esta novela también va de eso. Y en un sentido, como ocurría con Hablando del asunto o Amor, etcétera, trata de un triángulo, sólo que esta vez no es un triángulo al uso.


Grosso modo, la historia, narrada por su protagonista, Anthony (Tony), se remonta a la época en que él y otros dos colegas conocen a Adrian, un chico particularmente brillante y profundo. A pesar de que les une una amistad intensa, como sólo las hay en la adolescencia, Adrian en cierto modo desentona un poco en el grupo. Años más tarde, cuando ya sus vidas han divergido, Tony recibe la noticia de que Adrian se ha suicidado. Cuando nos empieza a contar la historia, ya siendo un jubilado, Tony por fin ha entendido los motivos, y de eso va la novela. La clave de todo está en Veronica, una chica de clase alta con la que Tony estuvo saliendo un tiempo hasta que decidió abandonarla de una forma «un tanto brusca» por considerarla una arpía. Resulta que al poco de dejarla Adrian empezó a salir con ella, algo que Tony no encaja muy bien. Años más tarde recibe una extraña herencia de la madre de Veronica, a la que no había visto más que una vez un fin de semana que pasó en casa de su exnovia: una pequeña cantidad de dinero y el diario de Adrian. Pero aunque el dinero sí, Tony no recibe el diario porque Veronica se ha apoderado de él y se niega a dárselo.

Como se puede ver, la historia parece un triángulo, y así se lee hasta casi al final, cuando descubres, en un inesperado giro argumental que hace que te replantees todo desde el principio, que la novela no va de eso, sino de la memoria. «Y hasta ahí puedo leer».

La novela es brillante por muchas razones. No sólo tiene ese estilo narrativo tan aparentemente fácil y simple de las novelas de Barnes; no sólo tiene personajes complejos, llenos de sombras, luces y dobleces; no sólo los secundarios están tan trabajados como los protagonistas; es que, además de todo eso, que lo podemos encontrar en casi cualquiera de sus novelas, el final transforma una historia de complicadas relaciones de pareja en una profunda reflexión filosófica. Sólo recuerdo una sensación parecida al terminar de ver Memento por primera vez (pero ojo, aunque la película también trata sobre la memoria y sobre cómo nos define como personas, esa es toda la relación que comparten; la novela no trata sobre ninguna forma de amnesia). Además, el equilibrio narrativo de la novela es perfecto: cómo se va dosificando la información; cómo combina los distintos planos temporales; cómo juega con la psicología del lector, llevándote por el camino adecuado para que no te puedas imaginar el final, y cómo pequeños detalles, ciertos comentarios aparentemente banales, que no parecían tener importancia, se vuelven absolutamente reveladores de que desde el principio Tony está siendo honesto contigo y te está dando claves para que entiendas el final.

Muy recomendable, de verdad.