miércoles, 26 de agosto de 2015

Circo Máximo, de Santiago Posteguillo

Qué decepción. Tenía puestas muchas expectativas en esta segunda entrega de la Trilogía de Trajano, después del alto nivel de la primera, y decidí aprovechar el verano para afrontar sus más de mil páginas. Y ha resultado una lectura mala y aburrida.

Esta novela tiene un problema: los únicos hechos históricos relevantes que tienen lugar en el periodo que abarca y que se narran en ella tienen que ver con la conquista de la Dacia (Rumanía). Un enfrentamiento continuo en la frontera del Danubio con el rey Decébalo lleva a Trajano a cortar por lo sano y organizar, no una expedición de castigo, sino una conquista en toda regla y la anexión de una nueva provincia al imperio. Y todo lo relativo a la conquista (a destacar la construcción de un puente sobre el Danubio en Drobeta) está muy bien. Como en las novelas anteriores, Posteguillo confirma en ésta que la épica y la narrativa bélica la tiene muy, pero que muy bien pillada.

¿Entonces, qué ocurre? Pues que esa parte de la narración llenaría quizá unas cuatrocientas páginas, no más. El resto son tramas de relleno. No hay ningún problema en inventar ficción en una novela histórica: Posteguillo lo ha hecho en todas, y de manera magistral en la primera de esta trilogía, donde, además de rellenar «huecos» históricos, hilan perfectamente las tramas documentadas proponiendo una reconstrucción histórica plausible. Pero no es eso lo que ocurre en Circo Máximo. Aquí las tramas ficticias adquieren autonomía, son irrelevantes, malas y no parecen tener más propósito que el de llegar a las mil páginas de rigor que parecen ser ya un estándar de las novelas de Posteguillo.

En algún sitio he leído que la intención del autor es la de ilustrar con esas tramas facetas de la vida romana. Por ejemplo, las carreras en el Circo Máximo o la vida de las sacerdotisas vestales. Bien, pues mal traídas en todo caso. Me parece apropiado usar esa técnica, y en Los asesinos del emperador la emplea para describir el mundo de los gladiadores. Pero es que allí introducir a los gladiadores respondía a una necesidad narrativa que no existe en Circo Máximo. Esta novela podría haber prescindido por completo de carreras, vestales y demás psicodramas relacionados y habría ganado con ello. O bien el autor podría haberse currado una trama mucho más sutil, algo que no la hiciera parecer el guión de un culebrón televisivo.

En todo caso, quiero dejar aquí la idea de que no parece necesario ni escribir siempre trilogías, por muy de moda que estén, ni que cada volumen de ellas llene mil páginas. Creo que cada historia requiere su propio formato para ser contada (ahí tenéis a George R. R. Martin, cuya proyectada trilogía va ya por heptalogía y creciendo...), y que la autoimposición (o imposición comercial) de ciertos estándares no puede más que desgraciar un buen relato.

Mal sabor de boca, pues, y muchas dudas respecto a abordar la lectura del tercer tocho trajánico, que se prevé para este otoño.