lunes, 31 de agosto de 2015

Plata quemada, de Ricardo Piglia

Si lo que un argentino entiende por una canción de amor es un tango, imaginaos lo que sería en sus manos un guión tarantiniano. Pues eso es Plata quemada. Quítale a Tarantino el humor negro, la narración desenfadada, los diálogos surrealistas y la violencia glamurosa y cámbialos por ese sentido trágico de la existencia tan argentino. Añade, además, un poco de sordidez y tendrás una versión moderna de una tragedia griega con acento porteño. Así es esta novela.

Los hechos (reales, ocurridos en 1965): una banda de individuos de lo más tarado y chungo del lumpen bonaerense atraca el furgón de un banco sin escatimar violencia. Intentan huir al extranjero con la plata cruzando al Uruguay, pero las cosas se tuercen. La policía, al parecer implicada en el golpe, no está contenta con su parte y pone toda la carne en el asador para atrapar a la banda, y sobre todo el dinero. Al final los atracadores quedan cercados en un piso de Montevideo: como en toda tragedia, el destino de los protagonistas está sellado desde el principio de la historia.

La narración está enfocada como una crónica periodística. Esto sitúa al lector en medio de la acción, transmite realismo y a la vez pone distancia con los violentos hechos que se cuentan. Pero la falta de un narrador omnisciente dificulta ciertos pasajes. Piglia soslaya la dificultad recurriendo a ciertos subterfugios que ayudan sacar a primer plano algunas escenas, de otro modo inaccesibles a un periodista: testigos presenciales, micrófonos ocultos y cosas por el estilo.

La novela es buena, pese a que para mi gusto resulta excesivamente «tragisórdida». Además, no consigo empatizar nada con individuos que a mí me parecen unos lunáticos. Aun así, tengo que reconocer que la profundidad psicológica de los personajes, construida a base de flashbacks a sus pasados, es magistral. Lo mismo ocurría en Blanco nocturno, la otra novela de Piglia que leí hace tiempo, de modo que la «construcción de personajes» parece una marca de la casa. Eso por sí solo ya sostiene la novela.

El director argentino Marcelo Piñeyro le encontró posibilidades cinematográficas y la llevó al cine en 2000. Con muy poco acierto en mi opinión. La película realza la sordidez, desdibuja los personajes y pierde el ritmo de la novela. En suma: la convierte en un coñazo. Así que, como en muchas otras ocasiones, no sé si la novela os gustará o no, pero en todo caso no se os ocurra sustituirla por la peli.