lunes, 30 de mayo de 2016

Breve historia de Francisco Pizarro, de Roberto Barletta Villarán

Encontrar libros que hablen de la conquista de México por Hernán Cortés es fácil. Hay biografías, monografías, novelas... Por simetría, uno pensaría que la conquista del otro gran imperio americano, el Imperio Inca, debería tener una cobertura bibliográfica similar. Sin embargo no es así. Cuesta encontrar una biografía decente de Pizarro. Hay una interesante colección de divulgación histórica que la editorial Nowtilus lleva algunos años editando llamada «Breve historia». Todos sus títulos son Breve historia de [lo que sea], y están escritos por diversos autores. No son tratados profundos, sino que aspiran a divulgar de forma amena pasajes relevantes de la historia y sus protagonistas. En esta colección encontré lo que más se acercaba a lo que buscaba.

La historia de Pizarro es muy distinta de la de Hernán Cortés. Éste era un hombre culto, versado en leyes, que no se lanzó a la conquista por el oro y la gloria (al menos no al principio), sino que se vio metido en ella por un azar del destino. Tenía una fuerte obsesión por el aspecto legal de sus hazañas y supo ganarse el aprecio de los indios. Sí, acabó con el imperio azteca, desde luego, pero hay que recordar que los aztecas no caían muy simpáticos al resto de los pueblos indios por su ferocidad, su crueldad y su fuerte inclinación a comérselos. De hecho, Cortés recibió la ayuda de los tlaxcaltecas en su conquista, un pueblo al que los aztecas jamás consiguieron someter del todo y que consideró que el nuevo enemigo era más llevadero que el de siempre. Tras el sometimiento de los aztecas Cortés era una figura muy apreciada entre los indios, y fue su empeño en lanzarse de nuevo a la conquista por Centroamérica lo que hizo que nuevos gobernadores lo suplantaran y torcieran la buena relación que mantenía con ellos. Su error llevó aparejados dos problemas que nunca se resolvieron, uno global y otro personal: los indios se sublevaron ante los abusos de los nuevos colonos y su sometimiento conllevó su esclavitud, y Cortés perdió todas sus posesiones y se pasó el resto de su vida litigando en Castilla por recuperarlas.

La historia de Francisco Pizarro no puede ser más opuesta. Pizarro fue hijo bastardo de un noble, nacido y criado en la pobreza más absoluta. Pese a que su padre solía hacerse cargo de sus hijos «naturales», con él hizo una excepción y al morir no le dejó herencia alguna. Así que cuando se embarcó hacia las Indias lo hizo por pura desesperación y con el firme propósito de labrarse fortuna. De modo que en su caso fueron el oro, la plata, las joyas y la gloria sus principales motivaciones, por encima de cualquier otra consideración. La conquista de Perú fue mucho más dura que la de México. Las selvas y los Andes pusieron las cosas muy difíciles a los conquistadores, y eso hizo que su avidez por encontrar tesoros que compensaran las penurias se acrecentara y sus escrúpulos para conseguirlos —si es que alguno tenían— desaparecieran. Así que el sometimiento de los Incas y otros pueblos adyacentes fue llevado a cabo con una crueldad sin precedentes —un método que se convirtió en norma entre los sucesivos conquistadores de Sudamérica. Pero en el pecado llevaron la penitencia. Dada la calaña de los individuos que se lanzaron a las Indias a forrarse a toda costa, es comprensible que muy pronto se despertaran los recelos, las envidias y los odios entre los propios conquistadores. Con frecuencia los indios asistieron atónitos (y sospecho que sonrientes) al espectáculo de españoles matándose entre sí. De todos es sabido cómo acabó la amistad inquebrantable entre Pizarro y Almagro. La leyenda negra de la conquista empezó a forjarse allí, en las tierras del Perú.

Algo me dice que ese distinto matiz entre las hazañas de Cortés y Pizarro ha hecho que la primera se tenga por heroica y la segunda por vergonzosa, y eso podría estar detrás de la dificultad de encontrar buenas novelas sobre la conquista del Perú. Sea como fuere, el libro del tal Barletta viene a paliar la carencia.  Pese a todo, Barletta admira a Pizarro. De él destaca el afán de superación, su tesón, su fortaleza (física y anímica), y lo presenta como un gran guerrero y como un hombre tosco y duro, pero honesto. Así que de la biografía uno se puede quedar con los hechos, pero el perfil del personaje está, me temo, muy edulcorado. Cuando uno lee los problemas que lo enfrentaron a su amigo Almagro y a otros conquistadores no puede sino sospechar que ese fondo honorable que Barletta le atribuye no responde muy bien a los hechos; que esos hechos se explican mucho mejor si uno le supone a Pizarro la avidez de riqueza, la suspicacia y la bellaquería que muy probablemente compartía con sus paisanos en aquellas lindes.

Con todo la lectura es amena, y transmite muy bien el otro lado de la conquista: la fascinación por el mundo nuevo, la aventura, la sensación de leyenda hecha realidad, de que cualquier fantasía era posible, que los conquistadores debieron de sentir en aquella tierra mágica. Dice Carlos Fuentes que América no fue descubierta sino inventada. Nunca he leído un comentario más acertado y que describa mejor aquel momento. Viajar a las Indias era viajar a un paraíso fascinante y peligroso donde se podían encontrar tesoros bajo cualquier piedra, pero también donde la muerte acechaba detrás de cada arbusto, en las fauces de cada animal, en la picadura de cada insecto, en el calor insoportable o en las aguas de ríos que parecen mares. Ni las aventuras de Indiana Jones se acercan a las historias reales de aquellos castellanos desubicados.

Así que, pese al fuerte sesgo pizarrista que presenta, el libro no está nada mal. A falta de otra cosa mejor, es un buen sitio donde encontrar lo que buscaba: llenar el hueco de esta otra gesta de los españoles en las Indias. Y en buena medida se lee como una novela de aventuras. Si este es un buen ejemplo de lo que la colección «Breve historia» nos puede ofrecer, habrá que tener un ojo atento y rebuscar alguno más entre sus numerosos títulos.