sábado, 12 de febrero de 2011

El siglo de la ciencia, de Javier Sampedro

Es muy difícil escribir divulgación científica. Explicar la ciencia a los no entendidos es, a veces, un ejercicio de imaginación mayor que el de hacer la ciencia en sí. Pero hay dos formas de acometer el problema: la que emplea la tradición anglosajona, que ahonda en un tema, tiene enjundia e interesa incluso al científico (que normalmente es el mayor consumidor de esta literatura), y la periodística, dispersa, amarillista, más interesada en sorprender que en informar. Lamentablemente, este libro pertenece al segundo grupo.

El título, cogido por los pelos, trata de dar una imposible unidad a la dispersión temática que recoge el libro, que va desde la cosmología o la teoría de la relatividad, al genoma, la música o el lenguaje. Y todo eso y más en tan solo 200 páginas. Ya os hacéis una idea de la profundidad con que trata cada tema. En esencia, el libro es un blog con tapas. De hecho, indagando por internet he encontrado viejos blogs de Sampedro con temas muy similares a los que trata en el libro. Cada capítulo es una sucesión de conejos sacados de la chistera. Lees el "¡tachán!" entre líneas a cada paso. Y los apuntes son tan superficiales que más que información lo que sacas, fundamentalmente, son muchas dudas. Eso de los temas que desconoces; en los que conoces encuentras incluso gazapos. Por ejemplo, en el capítulo de cosmología atribuye a Copérnico la idea de que el universo debía ser mayor de lo que se pensaba porque, al girar la Tierra en torno al Sol, no se ve paralaje en las estrellas. En realidad, la idea de que las estrellas son soles, incluso mayores que el nuestro, muy alejados de nosotros, ya la tuvo Aristarco de Samos (a quien menciona como conocedor del sistema heliocéntrico). A alguien como Aristarco, que fue capaz de medir con gran precisión el radio terrestre, no se le pudo pasar por alto la falta de paralaje estelar y deducir de ahí que las estrellas están muy, muy lejos. Incluso correlacionó los tamaños con el brillo que se observa. Esto, por cierto, lo contaba Carl Sagan en Cosmos. Para colmo, el estilillo forzadamente desenfadado y guay que el autor emplea despide un tufo a El País que, personalmente, me resulta molesto.

Tal vez alguien que no tenga ni pajolera idea de qué van estas cosas encuentre el libro entretenido (yo le recomendaría que leyese blogs; los hay con contenidos mucho mejores que los de este libro). Yo no lo recomiendo. A los profanos, porque les puede crear ideas confusas; a los no profanos, porque es demasiado superficial y sacas poca información. Encima, la edición está bastante mal cuidada (ya les vale a los editores: lo poco que hacen lo hacen mal) y falta la bibliografía de dos o tres capítulos.

Tengo otro libro de Sampedro: Decostruyendo a Darwin. Ya veremos.