viernes, 12 de septiembre de 2014

Memorias de un merodeador estelar, de Carlos Saiz Cidoncha

Allá para primeros de año dio por caer en mis manos la novela de Mendoza El último trayecto de Horacio Dos. Comoquiera que lo ignorara todo de la susodicha dediquéme, como tengo por costumbre hacer ante la tesitura de leer (o no) otras ignotas novelas o escritos de cualquier naturaleza, a navegar por el proceloso ciberoceáno a la búsqueda de alguna referencia o comentario que me animaran a o previnieran de leer esta novelita del maestro. Entre muchas opiniones a favor y en contra (más de las últimas que de las primeras, me temo) topéme con un blogero en cuya crónica la comparaba con otra llamada Memorias de un merodeador estelar, de un tal Carlos Saiz Cidoncha, a quien llamaba «el buen doctor», y aseguraba que la comparación en nada favorecía a la de Mendoza, siendo la de Cidoncha —afirmaba— mucho mejor novela y mucho más divertida. Quedéme pues con la copla, aunque decidíme, pese a todo, a leer el Horacio Dos, pues me dije a mí mismo que qué sabrá un bloguero para poner a Mendoza a la altura de un desconocido, ¡y que era Mendoza, qué carajo! El resto ya lo sabéis por este blog, y me alegra decir que discrepé de tanta opinión adversa.

Mas púseme al acabar a la búsqueda de la críptica referencia, y en un rato averigüé lo que os voy a contar. Carlos Saiz Cidoncha nació en Ciudad Real el año que acabó la guerra, y siendo un jovenzuelo se vino para Madrid a estudiar Físicas en la Complutense. No bastándole, al parecer, con las leyes de Kepler, Newton, de Faraday y compañía decidió estudiar Derecho y, como al parecer debía de venir muy bien desayunado de su ciudad natal, no le bastó con eso y terminó también Periodismo. Mas al parecer no había carreras bastantes para calmar las energías de este chaval, así que habiendo ganado una plaza de meteorólogo, decidió pedir destino en Guinea Ecuatorial. Vivió allí colonización y descolonización, y aún hubo de permanecer un par de años más hasta que lo largaron (como a todos los españoles que quedaban por aquellos barrios) con cajas destempladas. Vuelto a Madrid empezó a dedicarse en cuerpo y alma a lo que al parecer era su afición favorita, ya por entonces pasión: la ciencia ficción. Y siendo la fuerza de la naturaleza que al parecer era, empezó a asistir a tertulias, a colaborar con revistas, a fundar asociaciones, y andando el año de nuestro señor de 1978 (año convulso en que el país andaba reinventándose, como recordaréis mis coetáneos) publicó su primera novela en Espasa Calpe. Desde entonces no ha parado de publicar, repartiendo su al parecer inagotable energía entre la ciencia ficción y la escritura de sesudos tratados de Historia. En 1993 sus fans le otorgaron el premio Ignotus por toda su carrera, y aún es venerado con el apodo con el que a él se refería el mencionado bloguero.

Aun estando en activo, como al parecer sigue, casi todas sus novelas han desaparecido de la faz de las librerías, y tan sólo el ciberespacio ha conseguido preservar algunas del ostracismo editorial. En concreto ésta, para muchos su novela más conseguida. Trátase en ella de las peripecias vitales de un desvergonzado, trapacero y cobarde antihéroe, de cómo su vida deambula de planeta en planeta, al albur de los avatares con que se va topando, desde que una invasión de caníbales megaros visitó su planeta, siendo él niño, y lo condenó a una nueva edad media. Aun tratándose de una novela de ciencia ficción por el contenido (pues hay planetas, naves, imperios galácticos y razas alienígenas), asimílala su forma a la novela picaresca, de la que podría decirse ser la más postrera contribución al extinto género. Cual Buscón o Lazarillo, el protagonista es un pícaro que se sirve de su ingenio y su desvergüenza para salir airoso (o cuando menos no demasiado perjudicado) de los trances a los que le somete su vida aventurera, una vida a la que se ve arrastrado en su intento perpetuo de escapar siempre del embrollo anterior. Su deambular está lleno de ascensos y caídas, de éxitos y fracasos, de gozos y pesares, y en no pocas ocasiones el azar hace pasar por heroicidades sus peores traiciones.

Novela, pues, de aventuras llena de humor (al que no es ajeno el estilo arcaizante con el que el autor imita a los clásicos) y sumamente entretenida, que principié a leer con escepticismo, continué con interés y acabé con pesar de que no parezca haber la continuación que de sus aventuras el protagonista nos promete al acabar la novela. Ignoro por qué esta novela no se reedita una y otra vez para deleite de nuevos lectores. Acaso sea porque el público joven carece ya de familiaridad con la novela picaresca, viejuna ella, y no vea en el estilo de ésta la parodia que en realidad es, sino una forma de narrar extraña y poco molona, más parecida a libros para viejos que apropiada para hazañas galácticas. Puede que la razón sea más prosaica y esté más cerca de las tiránicas leyes de la oferta y la demanda que han condenado no pocas obras maestras (y no estoy diciendo que esta lo sea). Menos mal que nos queda internet. Vale.