domingo, 14 de septiembre de 2014

El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, de Alessadro Baricco

He aquí un libro cuya genialidad empieza y termina en el título. Los alemanes no se caracterizan por su sentido del humor, pero si uno tuviera que nombrar a uno que represente al «triste» por antonomasia, ese es Hegel. Así que mezclar en una misma frase, a tres palabras de distancia, a Hegel (su alma, más bien) y a unas vacas (¡nada menos que de Wisconsin!), es un reclamo que conmigo ha funcionado. Y claro, le das la vuelta al libro. Y parece que promete:
«Según Hegel, la música “debe elevar el alma por encima de sí misma, crear una región donde, libre de toda ansiedad, pueda refugiarse sin obstáculos en el puro sentimiento de sí misma”. Sin embargo, los investigadores de la Universidad de Wisconsin poseen una idea diferente de la función que debe cumplir la música: han descubierto que la producción de leche en las vacas que escuchan música sinfónica aumenta un 7,5%.

»En este ensayo provocador, irónico y, al mismo tiempo, dotado de rigor científico, Alessandro Baricco; novelista, ensayista y crítico musical; explora el universo de la música, de Beethoven a Sting, con el fin de rastrear todos aquellos indicios que le ayuden a reencontrar la significación de la música en la sociedad actual. Para ello polemiza con la rigidez formalista de las vanguardias y sus investigaciones lingüísticas, pero también con el mercado de los grandes éxitos musicales.»
Además, Baricco me ganó del todo con Seda, así que, ¿qué más se puede pedir?

Pues para empezar, que la contraportada se ajuste al contenido. Yo esperaba un ensayo gracioso, ingenioso, donde se mezclaran argumentos más o menos rigurosos con una buena dosis de ironía. Esperaba reírme, vaya. Pues no hay nada ni parecido. Baricco se embarca en una discusión bastante seria en la que nos explica por qué cree él que la música culta, como el llama a lo que llamamos música clásica, especialmente la del siglo XX, pero no sólo, es un reducto minoritario que no conecta con el gran público, como sí lo hizo en siglos anteriores. Y como suele ocurrir con los textos que hablan de música, se instala en la metáfora y se le va la pinza, de manera que a ratos no sabes de qué cojones te está hablando. Aun así, uno acaba pillando (eso sí, sin siquiera una sonrisa, más bien con el ceño fruncido por la concentración) sus argumentos. Y como suele ocurrir en toda crítica, es mucho mejor la parte destructiva que la constructiva. Me explico.

Para empezar, sostiene que la actitud hacia la música clásica pre-siglo XX es parecida a la de una visita a un museo de arqueología. Las obras se intentan preservar lo más fieles posible al original, se las escucha con la reverencia con que uno contempla el Partenón o la Venus de Milo, y todo ello, además, ha generado en sus admiradores una actitud de superioridad cultural con respecto a otras músicas, que en absoluto tiene que ver con el contenido musical en sí (algunas de las piezas que se interpretan fueron obras populares en su época) y que los reviste de un falso —por infundado— elitismo.

Creo que hay bastante verdad en esa afirmación, que Baricco defiende con ejemplos como la obsesión por la interpretación con «instrumentos originales» y el desdén de muchos amantes de esta música hacia intérpretes como Gould, cuyas versiones distan mucho (a veces muchísimo) de la ortodoxia. Lo que ya no tengo tan claro es que la forma de salvar este obstáculo esté en la interpretación, como Baricco sostiene. Es verdad que es una manera de acercar las obras antiguas a la mentalidad moderna (por ejemplo, Bach suena muy bien al piano, y la versión de sus Variaciones Goldberg de Gould son, para mí, una obra maestra), pero discrepo de que eso vaya a conseguir cerrar la brecha que se ha abierto. Creo que los intérpretes interpretan para esa «élite», o, como en el caso de Gould, para una «metaélite» (en la que, lo quiera o no, se cuenta Baricco), pero desde luego no acercan la música al gran público un ápice. A no ser que Baricco esté yendo más allá y su afirmación incluya a Luis Cobos. No lo sé, porque como digo todo el discurso es metafórico y rara vez desciende a la tierra, pero por sus afirmaciones posteriores creo que podrían ir por ahí los tiros.

La segunda y más violenta andanada la dirige contra la música culta del siglo XX. Esa es fácil —y agradecida—. Cuenta cómo el dodecafonismo surgió de un intento de racionalizar la armonía centrándose puramente en el lenguaje musical. Según Anton Webern, abandonar por completo la tonalidad es el paso «natural» al proceso continuado de difuminarla que llevaba ocurriendo desde probablemente Beethoven. Si al espectador se le ha ido acostumbrando a aceptar cada vez más acordes fuera de la tonalidad, ¿qué hay más natural que dar el último paso y acostumbrarlo a no esperar tonalidad alguna? El problema, como dice Baricco, es que la música es un juego de espectativas satisfechas y sorpresas. Los acordes fuera de la tonalidad son tales sorpresas. Pero cuando no hay tonalidad alguna la espectativa es la distribución uniforme: todos los acordes son equiprobables, y por lo tanto nada causa sorpresa. Y entonces rompes la magia. Y es lo que ocurre con el dodecafonismo, que uno pierde interés porque no encuentra referencias ni, por tanto, sorpresas. Todo suena igual. Es verdad que los dodecafonistas usan otros elementos compositivos, como el ritmo, las repeticiones, etc., pero estás obligando al espectador a descubrir un lenguaje musical nuevo en cada audición. Como dice Baricco, eso es pedir demasiado.

Entonces, ¿por qué la atonalidad no sólo no ha sido un callejón sin salida, sino que se ha impuesto? Pues por un lado, circunstancias históricas peculiares la asociaron a un movimiento de rebeldía, revolucionario, donde se refugió la intelectualidad (no olvidéis que el nazismo se apropió de la música clásica anterior al siglo XX). Por otro lado, entre los músicos de la nueva escuela y los espectadores se ha creado una perversa relación de desprecio a la ignorancia por parte de aquéllos y culpa por ignorancia por parte de éstos, que ha conseguido que una minoría siga fielmente a una vanguardia que realmente no entiende o no le dice nada. Y ayudada por subvenciones (de otro modo habría desaparecido), la música culta —con alguna que otra excepción— se ha ido tan lejos de la realidad que al gran público le resulta, no ya marciana, sino de otra galaxia.

Claro. ¿Quién puede no estar de acuerdo con esto?

El problema aparece cuando Baricco propone lo que a él le parece que habrían sido dos caminos realmente «naturales» para que la música culta entrara en el siglo XX. Según él, estas dos propuestas son las de Puccini y Mahler, y lo sostiene porque en ambas se busca desde la música la espectacularidad, que es el nicho que ha llenado el cine en el siglo XX. Aduce en su favor que tanto las óperas de Puccini como las sinfonías de Mahler se cuentan entre la música culta con más aceptación entre el gran público, y que, de hecho, las bandas sonoras parecen continuar de forma natural la tendencia iniciada por Mahler. Pero él mismo se percata del calibre del disparate y admite que tal vez los dos son un poco demasido kitsch y que es posible que no ellos, pero tal vez otra ruta que buscara la espectacularidad habría sido posible si no se hubiese impuesto la atonalidad.

En resumen: un ensayo lejos de ser gracioso o ingenioso, difícil de leer, con críticas fáciles y propuestas débiles. Yo diría que es una lectura prescindible, quizá recomendable —y no estoy seguro— para incondicionales de Baricco.