miércoles, 10 de junio de 2015

Lisario o el placer infinito de las mujeres, de Antonella Cilento

Esto es lo que vende la contraportada:
Nápoles, siglo XVII. Lisario Morales es una joven súbdita de noble cuna del Virreinato español que lee a escondidas a Cervantes y escribe cartas a la Virgen para aliviar su soledad. Cuando, siendo aún casi una niña, sus padres deciden casarla con un anciano, finge dormirse y no despertar. Tras meses de oraciones, la familia Morales busca la ayuda del médico catalán Avicente Iguelmano, quien gracias a una terapia tan ilícita como secreta, cura a Lisario. En agradecimiento, los padres se la entregan como esposa, pero una vez despertado el deseo de Lisario posee una incontrolable energía liberadora, y el amor del joven médico deriva en una perturbadora obsesión por el misterio del voluptuoso placer femenino. Una gran novela histórica y erótica, finalista del prestigioso Premio Strega.
No tiene mala pinta, ¿verdad? Con este argumento me imaginaba algún tipo de variación sobre la novela de Andahazi El anatomista, que a mí me gustó mucho. Además, como habéis leído, fue finalista del Premio Strega, del que yo no sabía nada pero del que he averiguado que es el premio de narrativa más imporante de la lengua italiana, un premio que ganó El nombre de la rosa

Bueno, pues una decepción. Nada que ver con El anatomista. Nada que ver con el resumen de la contraportada, de hecho. Lo que ahí se narra ocurre en los primeros capítulos y es un macguffin como el robo que la protagonista de Psicosis hace al empezar la película: la historia que viene luego no tiene nada que ver.

Pese a todo podría haber sido una buena novela histórica: el lugar y la época se prestan. Pero la historia pierde enseguida el rumbo, termina convertida en un folletín y ninguno de los personajes vale un carajo. No empatizas con la protagonista, que a mí al menos me resulta bastante estúpida; desde luego no con el médico, que claramente se encasilla en el papel de malo cutre; tampoco con otros secundarios, a cual más ridículo. Total, una pérdida de tiempo.

Viendo esto uno se cuestiona el asunto de los premios. Vale, no ha ganado el Strega, ha quedado finalista, pero aun así, uno esperaría más calidad en un finalista. Claro que si uno compara con premios en lengua española como el Planeta o el Nadal, que en su momento tuvieron prestigio, la cosa adquiere cierta perspectiva: de los dos he leído verdaderos truños (dejando a un lado la polémica sobre los Planeta preconcedidos). Además, independientemente de la idiosincrasia del premio, no todos los años son iguales. No todos los años se escribe El nombre de la rosa. A lo mejor esta fue de hecho la segunda novela de su año, habría que ver las demás... Lo que parece claro es que los premios no son garantía de nada.