sábado, 12 de diciembre de 2015

Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia

Estoy leyendo a Ibargüengoitia al revés, y he llegado a ésta, su primera novela. Escrita en 1964, se trata de toda una declaración de principios. En aquellos años la narrativa mexicana estaba dominada por la «literatura de la Revolución», una novelística épica desarrollada por autores arropados por el régimen. El movimiento del crack, al que me he referido en este blog en varias ocasiones, fue una reacción en contra de esa forma estancada de la novela mexicana. Pero, como muestra esta novela, el fenómeno ya hastiaba en los 60. Porque (guardando las distancias) Los relámpagos de agosto son a la literatura de la Revolución lo que el Quijote a las novelas de caballería.

La Revolución mexicana es un episodio clave de la historia de México que la distancia ha convertido en un auténtico mito (mito que el cine y la literatura han magnificado). Pero visto de cerca, se trata de un periodo muy complejo, sumamente confuso y no exento de elementos grotescos. La tiránica dictadura de Porfirio Díaz dio lugar a una serie de revueltas y contrarrevueltas en las que una serie de caudillos sumieron al país en una guerra de final incierto (es hoy el día en que no se sabe asignar una fecha al fin de la Revolución) para terminar matándose entre sí. Y de aquellos polvos estos lodos, los usos adquiridos en aquel periodo han marcado la forma y los usos de la política de ese país hasta la actualidad, sin que se atisbe un final claro (más bien al contrario). Los relámpagos de agosto parodian el mito a través de unos sucesos tan ficticios como veraces, y con ello Ibargüengoitia consigue, en palabras de Carlos Fuentes, una «caricatura literaria [que] se revela como el más realista de los retratos».

En su forma, la novela se presenta como las memorias de uno de tales caudillos caído en desgracia que pretende desmentir todas las «falsedades» que se han vertido sobre su persona. La narración describe las manipulaciones, traiciones y chanchullos de los líderes revolucionarios y, en una forma muy característica de la narrativa revolucionaria, el protagonista se ensalza a sí mismo a la vez que denosta a sus ex correligionarios, presentándose como una víctima inocente (el único revolucionario puro) de sus calumnias y sus malas artes.

Aseguran que Ibargüengoitia negaba haber escrito la novela con fines satíricos, y que su única pretensión fue la de contar una historia divertida. Y humor no falta en la novela, porque la torpeza y estupidez de los líderes de la Revolución resultan de lo más cómicas. Pero la realidad es que nadie ni nada sale indemne de esta parodia, y menos que nada el propio mito y la política mexicana. He aquí, por ejemplo, una cita que revela la forma de pensar de los líderes de la Revolución:
¿Sabes a dónde nos conducirían unas elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo. Nosotros, los revolucionarios verdaderos, los que sabemos lo que necesita este México tan querido, seguimos siendo una minoría. Necesitamos un gobierno revolucionario, no elecciones libres.
O esta otra, de cuando deciden organizarse en partidos políticos y hacen una gira con el candidato que presentan a presidente:
Juan era un candidato perfecto, tenía una promesa para cada gente y nunca lo oí repetirse… ni lo vi cumplir ninguna, por cierto.
(Aunque, bien visto, esto se podría aplicar a más de uno de los candidatos que andan ahora en campaña para el 20D...)

La novela tuvo una gran acogida, recibió el premio Casa de las Américas de su año y es hoy considerada una de las novelas más emblemáticas de su autor y de la literatura mexicana (recomiendo la lectura de este análisis de la novela). Sin embargo, no le hizo nada bien a la carrera de Ibargüengoitia. Los sucesivos gobiernos del PRI, el heredero de esos líderes revolucionarios (por cierto, qué gran oxímoron de nombre: Partido Revolucionario Insitucional), uno de cuyos baluartes culturales era, precisamente, la literatura de la Revolución, no vio con demasiados buenos ojos la intrusión de un autor que venía a tocarles los cojones mostrando a las claras sus pies de barro y haciendo de ello befa, mofa y escarnio. En fin... Es el sino de los grandes.

Novela corta, simpática y fácil de leer. Una lectura recomendable aun a sabiendas de que, si no eres mexicano, te vas a perder mucha referencia cultural. Eso sí, por poner algún pero, hay que decir que el estilo de Ibargüengoitia está aún algo verde en este relato. A años luz (para mi gusto) del nivel que muestran novelas posteriores, como Las muertas.